Llevaba cuarenta minutos parada frente al montón de troncos, el hacha clavada en el tocón, cuando por fin se sentó en el escalón de atrás de su casa rodante en las afueras de Alamogordo, Nuevo México.
—No entiendo qué hago mal —le dijo a su hijo Braulio, que a sus diecinueve años seguía dormido a esa hora, la una y media de la tarde, con el ventilador zumbando en su cuarto porque el aire acondicionado llevaba dos veranos descompuesto.
La leña la traía cada quince días una camioneta del condado, parte de un programa para familias de bajos recursos que calientan sus casas con estufa de leña en vez de gas propano, porque el propano a nueve dólares el galón no les alcanzaba desde que a Rosalba le redujeron las horas en la lavandería del hospital. El chofer, un señor que todos llamaban Nardo, descargaba los troncos sin partir junto al alambrado y seguía su ruta.
Rosalba llevaba viuda seis años. Su esposo, Teodoro, murió de un infarto arreglando el techo de la iglesia del barrio, y desde entonces ella había aprendido a cambiar el filtro de la troca, a destapar el drenaje, a discutir con el de la aseguranza. Pero partir leña era distinto. El hacha se le resbalaba, el tronco brincaba, y una vez el filo se le fue tan cerca del pie que se quitó las chanclas y no se las volvió a poner en tres días, como si andar descalza fuera un castigo que se merecía.
—Ni que hubiera comido puro atole toda mi vida —se quejaba, tallándose los nudillos, unas manos que doblaban sábanas de hospital ocho horas diarias pero no sabían partir un tronco de dos pies.
Al otro lado del alambrado vivía su comadre Herminia, con su esposo Cuco, que tenía taller de mecánica en la Highway 54. Cuco partía su leña en veinte minutos, silbando una canción de Vicente Fernández, y de vez en cuando se asomaba por encima de las tablas.
—¿Todavía con eso, Rosalba? Te vengo y te la parto en un rato.
—No, gracias, Cuco. Esto lo resuelvo yo.
No era orgullo nada más. Era que aceptar esa ayuda significaba aceptar, otra vez, que sola no podía. Y llevaba seis años probándose lo contrario, tronco por tronco.
El problema se resolvió, aunque no como ella esperaba, un martes de octubre cuando llegó del trabajo y encontró a Braulio sentado en el porche con el hacha entre las piernas, la camisa empapada de sudor, y un montón considerable de leña ya partida junto a la estufa.
—¿Y esto?
—Nomás la agarré derecho, amá. Usted le pega de ladito, por eso rebota. Hay que pegarle recto, al centro de la veta.
Rosalba se quedó viendo el tronco partido en dos mitades limpias, casi avergonzada de no haberlo notado en seis años.
—¿Y por qué nunca me dijiste?
—Porque nunca me lo pidió. Usted siempre dice que lo resuelve sola.
Esa noche, mientras cenaban frijoles con tortillas de harina que Rosalba compraba en el Walmart de la Highway 70, ella entendió que el problema nunca había sido el hacha ni la leña ni la fuerza de sus brazos. El problema era que llevaba seis años cargando sola cosas que ya no tenía por qué cargar sola, porque su hijo había crecido y ella seguía tratándolo como si todavía necesitara que ella resolviera todo.
Al día siguiente sacó de la gaveta de la cocina el sobre con los papeles de la troca de Teodoro, una Ford F-150 del 2009 que llevaba registrada a su nombre desde la viudez, aunque quien la manejaba casi siempre era Braulio para ir al trabajo en la ferretería de Alamogordo. Llamó al Departamento de Vehículos Motorizados de Nuevo México y pidió una cita para transferir el título a nombre de su hijo. Trescientos dólares le habían cotizado por hacerlo, pero decidió que el dinero no era el punto.
—¿Está segura, señora? —le preguntó el empleado en la ventanilla, dos semanas después, viendo que la troca todavía tenía como seis años de vida útil.
—Segura. Ya es hora de que las cosas de esta casa tengan el nombre de quien de verdad las usa y las cuida.
Firmó, le entregó las llaves originales a Braulio esa tarde —se había quedado con una copia, nomás por si acaso— y él se quedó apretándolas en el puño, como si de repente pesaran más de lo normal.
—¿Y usted, amá?
—Yo sigo aquí. Nomás que ya no voy a partir la leña sola, ni voy a resolver todo sola. Para eso te críe, para que un día me ayudaras tú a mí, y no al revés.
Esa tarde partieron juntos el resto del montón, ella sosteniendo los troncos parados y él dando el golpe, hasta que la pila junto a la estufa alcanzó para todo noviembre. Cuco los vio desde su lado del alambrado y no dijo nada, solo levantó la mano en un saludo que Rosalba le devolvió sin soltar el hacha que ya no necesitaba usar sola.
