La clínica del tercer piso, el cuarto sin ventana

—Dime la verdad —dijo Deysi Ortega—. Cuánto tiempo le queda.

Michelle Rivas no respondió de inmediato. Se quedó viendo la carpeta azul que sostenía sobre las piernas, las hojas arrugadas en las esquinas de todas las veces que la propia Deysi las había hojeado de noche en su casa. Dieciocho años lleva Michelle trabajando como trabajadora social en el Hospital Metodista de Houston, y aun así esa frase siempre se le atora en la garganta cada vez que tiene que decirla.

—Las próximas dos semanas van a decir mucho —contestó por fin—. Pero no puedo prometerle nada.

Deysi no llorό. Sacó de su bolsa una bolsita con conchas de un panadería mexicana, partió una a la mitad y le dio la otra parte a Michelle sin preguntarle si quería. —¿Sabe en qué pienso desde esta mañana? —dijo—. No en la enfermedad. Pienso en aquella vez que se le olvidó nuestro aniversario, y yo estuve enojada con él toda una semana. Ahora me parece tan tonto haberme enojado por algo tan pequeño. —Masticó el pan despacio, como quien mastica algo para no tener que decir otra palabra.

El teléfono de Michelle vibró en la bolsa de la bata. Miró la pantalla —un número de su hermana— y lo volvió a guardar sin contestar. Todavía no.

Más tarde ese día atendió a Karen Delgado, de treinta y un años, del sur de Houston, recién divorciada, que llegó con su bebé a una revisión después de un parto prematuro. Karen se sentó con el teléfono abierto sobre las piernas, deslizando el dedo hacia adelante y atrás sobre la misma foto: la bebé con un tubito de oxígeno diminuto en la nariz. No levantó la vista mientras hablaba. —Lloro todas las noches del miedo de que no vaya a sobrevivir —dijo, y luego volteó el teléfono para que Michelle viera—. Pero mire cómo mira a la cámara. Veo esta foto cien veces al día.

Michelle firmó los papeles, programó la siguiente cita de seguimiento, y al salir del cuarto vio a Karen todavía sentada ahí, sin moverse, deslizando el dedo sobre la pantalla otra vez.

Bajó al sótano, a un cuartito de café sin ventana que todos en el hospital llaman "el cuarto del personal". Ahí estaba sentado Rubén Casillas, paramédico de la Cruz Roja del condado de Harris desde hace nueve años, dando vueltas a un vaso de café negro ya frío sin tomárselo. No levantó los ojos cuando habló.

—Nos llamaron por un accidente en la 610 a las cinco de la mañana. Muchacho de veintidós años, se volcó con el carro. Le hicimos RCP en el camino. Llegó vivo. —Se quedó callado, puso el vaso en la mesa, lo volvió a levantar sin tomar. —Hace dos años yo ya hubiera dado ese caso por perdido en mi mente. Hubiera pensado, otro más que no la hace. —No terminó la frase. Se levantó, tiró el café frío en el fregadero, y salió sin decir más.

Michelle se quedó sola en el cuarto. El teléfono volvió a vibrar: su hermana otra vez. Esta vez contestó.

—Michelle. —La voz de su hermana era plana, como preparándose para algo—. Deysi Ortega, estuvo contigo hoy, ¿verdad? Su familia llamó al piso. Él falleció hace una hora.

Michelle se quedó de pie con el teléfono en la oreja, mirando el vaso de café vacío que Rubén había dejado en la mesa. No dijo nada. Después de colgar se quedó un minuto más en el sótano, sola, hasta que entró el señor de la limpieza a vaciar el bote de basura y ella se levantó.

Esa noche regresó a su casa en el barrio de Magnolia Park, a un apartamento en la calle 75. Pasó por la tiendita de don Efrén, compró leche que no necesitaba, y en el camino escuchó a unos niños jugando fútbol en el estacionamiento. Entró al apartamento, dejó la bolsa sobre la mesa sin abrirla, y se quedó parada ahí un rato largo.

Después fue al closet, y debajo de una pila de sábanas sacó un cuaderno viejo de su mamá: letra apretada, sin pasta dura, un cuaderno normal de los que venden en la farmacia, donde su mamá escribía cada noche antes de morir, hace cinco años, en el segundo piso de ese mismo hospital.

Abrió en la última página que su mamá había escrito, dos semanas antes de morir: "Gracias por esta mañana, por el café que se enfrió antes de que pudiera tomarlo, por mi hijo que llamó y no supo qué decir, y simplemente se quedó en la línea."

Michelle pasó una página hacia atrás, y otra, buscando la voz de su mamá entre las líneas, hasta que llegó a una página en blanco. Se sentó en la silla de la cocina, tomó una pluma del cajón, y escribió arriba de la página: 29 de septiembre.

Debajo de la fecha escribió: "Deysi me contó hoy del aniversario que él olvidó. Él falleció esta noche." La pluma se detuvo. Se quedó viendo las palabras, borró una línea pequeña debajo de "esta noche", y no escribió más esa noche. El cuaderno se quedó abierto sobre la mesa, junto a la taza de té que se enfrió sin que llegara a tocarla.

Like this post? Please share to your friends:
Odissea
Leave a Reply

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!: