Zinaida Petrovna, por cortesía, le preguntó si se sentía bien.
—Un poco mareada, hija —respondió la mujer, intentando sonreír—. La presión. Mi hija me dijo que no viniera sola, pero ¿para qué molestarla otra vez?
Zinaida Petrovna asintió con comprensión. Las dos mujeres se quedaron un rato en silencio, escuchando cómo en recepción llamaban apellidos y cómo alguien discutía por una receta mal sellada.
—¿Tiene hijos? —preguntó la mujer de pronto.
Zinaida Petrovna apretó el bolso sobre las rodillas.
—Un hijo.
—Entonces es usted rica —dijo la desconocida con una tristeza suave—. Yo tengo una hija. Lena. Buena chica. Demasiado buena. Todo lo carga sola.
Zinaida Petrovna se tensó.
—¿Lena?
La mujer no notó el cambio en su rostro.
—Sí. Elena Andréievna. Vive al otro lado de la ciudad. Se casó con un hombre muy decente. Andréi se llama. Imagínese, no es hijo mío, pero estas últimas semanas ha venido cada domingo. Me trae comida, arregló el grifo, me llevó al hospital dos veces. Y siempre dice: “No le diga nada a mamá. Ella se preocuparía”.
Zinaida Petrovna dejó de respirar.
El pasillo siguió sonando igual: pasos, puertas, papeles. Pero dentro de ella algo se detuvo.
—¿Andréi? —preguntó apenas.
La mujer sonrió cansada.
—Sí. Alto, moreno, con una cicatriz pequeña cerca de la ceja. Muy atento. Mi Lena tuvo que guardar reposo. Está esperando un bebé, pero el médico dijo que no podía estresarse. Ella lloraba porque él no iba a ver a su madre. Y él le decía: “Primero saco a tu madre adelante, luego se lo explicaré a la mía. Mamá me va a entender”.
Zinaida Petrovna sintió que el bolso se le resbalaba de las manos.
Un bebé.
Reposo.
Hospitales.
Domingos.
No era Lena alejándolo.
Era su hijo corriendo entre dos mujeres que necesitaban ayuda, intentando no asustar a ninguna.
La llamaron por su apellido, pero ella no se levantó enseguida. La vergüenza la clavó a aquella silla dura.
Esa tarde volvió a casa despacio. Tamara la encontró en el portal.
—¿Y qué, Zina? ¿Otra vez tu hijo no llamó? Ya te dije yo, las nueras…
—Cállate, Tamara —dijo Zinaida Petrovna.
No lo dijo fuerte. Pero lo dijo de tal manera que Tamara se quedó con la boca abierta.
En casa, Zinaida Petrovna no se quitó ni el abrigo. Fue directa a la cocina, sacó harina, huevos, patatas, carne. Sus manos temblaban, pero trabajaban solas, como en los viejos tiempos.
Hizo pasteles.
Hizo caldo.
Hizo las empanadillas que a Andréi le gustaban desde niño.
Luego se sentó junto al teléfono.
Marcó el número de su hijo.
Él contestó al tercer tono.
—Mamá, ¿todo bien?
La voz de Zinaida se quebró en la primera palabra.
—Andriusha…
Al otro lado hubo silencio.
—Mamá, ¿qué pasa?
Ella miró la foto de Nikolái en la pared. Su marido parecía observarla con esos ojos tranquilos de antes, cuando sabía esperar a que ella dejara de enfadarse.
—Perdóname —dijo Zinaida Petrovna.
Andréi no respondió.
—¿Por qué?
—Porque durante seis domingos pensé mal de tu esposa. Pensé mal de ti. Y ni siquiera te pregunté la verdad. Me senté aquí, ofendida, como si el mundo me debiera explicaciones, y tú… tú estabas ayudando.
Oyó cómo él exhalaba, cansado.
—No quería preocuparte, mamá. Lena estuvo mal. Su madre también. Yo pensé que podría con todo.
—¿Y conmigo también pensaste que podías callarlo todo?
—Pensé que eras fuerte.
Zinaida Petrovna cerró los ojos.
—Ser fuerte no significa que no duela.
Esa frase quedó entre ellos como una mesa puesta después de muchos días de hambre.
Andréi dijo en voz baja:
—Mamá, perdóname tú también.
Al día siguiente, Zinaida Petrovna tomó dos bolsas grandes y cruzó media ciudad en autobús. En una llevaba comida. En la otra, una manta de bebé que había tejido hacía años sin saber para quién.
Lena abrió la puerta pálida, con una bata gris y el pelo recogido de cualquier manera.
Al verla, se asustó.
—Zinaida Petrovna…
La anciana entró sin ceremonia, dejó las bolsas en la cocina y miró a su nuera.
Durante unos segundos ninguna de las dos supo qué decir.
Entonces Zinaida Petrovna sacó la manta.
—No sé si será niño o niña —dijo—. Pero en nuestra familia nadie debe nacer sin algo hecho por las manos de una abuela.
Lena se llevó una mano a la boca.
—Yo quería decírselo… pero Andréi decía que usted se preocuparía.
—Claro que me preocuparía —respondió Zinaida Petrovna—. Para eso estamos las madres. Para preocuparnos, cocinar de más y meternos donde no nos llaman.
Lena soltó una risa pequeña, mezclada con lágrimas.
Desde el dormitorio apareció Andréi.
Se quedó en el pasillo, mirando a las dos mujeres.
—Mamá…
Zinaida Petrovna lo vio más delgado. Más cansado. Más adulto de lo que ella quería aceptar.
Y de pronto entendió algo terrible y sencillo: el hijo que no venía los domingos no la había abandonado. Solo había crecido hasta tener más de una casa donde lo necesitaban.
Ella abrió los brazos.
Andréi se acercó y la abrazó con esa fuerza de niño grande que aún recuerda dónde empezó su vida.
—El domingo vienes —dijo ella contra su hombro.
—Vendré, mamá.
—Pero no solo. Traes a Lena. Y después iremos a ver a su madre. Si ya somos familia, lo seremos como corresponde.
Él asintió.
Muchos meses después, un domingo de primavera, el pequeño piso del tercer piso volvió a oler a masa caliente, caldo y carne al horno.
Solo que esta vez la mesa estaba más llena.
Andréi cortaba pan.
Lena sostenía al bebé envuelto en la manta.
La madre de Lena tomaba té en la silla junto a la ventana.
Y Zinaida Petrovna, mientras servía otra ración aunque nadie la hubiera pedido, miró la foto de Nikolái en la pared.
—¿Ves, Kolia? —susurró casi sin mover los labios—. No lo criamos para una familia ajena.
Sonrió.
—Lo criamos para que hiciera la nuestra más grande.
Y por primera vez en mucho tiempo, el domingo no dolió.
