— ¿Quiere té? — preguntó la revisora, ofreciéndome un vaso caliente.
Viajaba de Madrid a Galicia en un tren nocturno. Fuera, las estaciones pequeñas pasaban como luces sueltas. Dentro olía a café, bocadillos y mantas usadas. La gente empezaba a acomodarse para dormir.
En León subió una pareja joven.
Ella llevaba un vestido arrugado y los ojos rojos. Él cargaba dos bolsas y un transportín de tela. De dentro salió un claro:
— Miau.
La revisora, doña Teresa, se acercó.
— ¿Qué llevan ahí?
— Cosas personales — dijo el chico.
— Las cosas personales no maúllan.
La chica abrazó el transportín.
— Es nuestro gato, Naranjito. Nos echaron del piso. La casera dijo que o se iba el gato o nos íbamos todos. Vamos a casa de mi abuela en Lugo.
— Sin autorización no puedo permitirlo.
— Por favor — dijo ella. — No tenemos dónde pasar la noche.
El vagón se llenó de murmullos. Una señora protestó. Un hombre joven dijo:
— No los va a dejar en una estación por un gato.
Yo recordé una vez en que una desconocida me ayudó a viajar con mi perra enferma. Hay gestos que una no olvida.
— Tal vez puedan pagar un suplemento — propuse. — Si el gato va cerrado, no molestará.
Pero entonces la cremallera cedió.
Una cabeza naranja salió del transportín. Luego una pata. Luego el gato saltó.
— ¡Naranjito!
Corrió bajo los asientos, tiró una botella, hizo reír a un niño y enfadó a media fila. Finalmente saltó a la litera de arriba, junto a un hombre que no había hablado en todo el viaje.
El hombre se giró despacio. Tenía la cara cansada y una tristeza vieja en los ojos.
El gato se sentó junto a él.
— Lo recojo ahora — dijo el chico.
— Déjelo — respondió el hombre.
Acarició al gato.
— Mi mujer tenía uno igual. Se llamaba Sol. Murió ella y el gato desapareció. Pensé que los animales no entendían la muerte. Ahora ya no estoy tan seguro.
El vagón quedó en silencio.
El hombre miró a la revisora.
— Pago lo que haga falta. Pero no los baje de noche.
Doña Teresa respiró hondo.
— Yo no soy mala. Solo tengo normas.
La señora que protestaba sacó un poco de jamón york.
— Pues que coma y se esté quieto.
Alguien ofreció una bufanda para cerrar el transportín. Una madre dio toallitas. En pocos minutos, el vagón dejó de ser un grupo de desconocidos y se convirtió en una pequeña conspiración de bondad.
Naranjito durmió con el hombre hasta la mañana, ronroneando sobre su manta.
Antes de bajar, él dio su número a la pareja.
— Si la abuela no puede tenerlo, llamadme. Mi casa está demasiado vacía.
La chica lloró.
— Creo que él lo eligió a usted.
El hombre sonrió.
Cuando el tren siguió, la revisora pasó recogiendo vasos.
— La próxima vez, con papeles — dijo seria.
Luego miró el transportín y añadió:
— Pero el gato sabe dónde sentarse.
Aquella noche entendimos que un tren puede llevar algo más que pasajeros.
También puede llevar una oportunidad para demostrar si seguimos siendo humanos.
