Mamá, hoy encontré la libreta de recetas que me diste el año que me casé, la de las tapas de cuero que ya se está despegando por las esquinas. Y ahí, metida entre la página del arroz con gandules y la del flan, estaba esa notita que me escribiste un domingo cualquiera, antes de que te fueras. La leí sentada en el piso de la cocina, con el café frío al lado, y me quedé ahí como una hora sin moverme.
No sé ni por dónde empezar, porque todavía tengo tantas cosas que decirte. Tantas ideas que nunca alcancé a convertir en palabras mientras estabas aquí, en esta casa, en esta cocina donde ahora vivo yo con mis hijos. Ahora las cargo por dentro, y a veces me sorprendo armando conversaciones enteras contigo, como si todavía me fueras a contestar.
Te extraño más de lo que puedo explicarle a nadie. No solo en Acción de Gracias, cuando toda la familia se junta y tu silla en la mesa del comedor sigue vacía. No solo en tu cumpleaños, cuando veo el ramo de girasoles en el supermercado y se me hace un nudo en la garganta. Te extraño más en lo ordinario, en lo que nadie más nota. Cuando pasa algo bueno —conseguí el aumento, mamá, el que tanto quería— y lo primero que pienso es "tengo que llamarla". Cuando el día se pone pesado y solo quiero oír tu voz al otro lado del teléfono, esa forma tuya de contestar diciendo "dime, mija" antes de que yo dijera nada. Cuando necesito un consejo, o que alguien me entienda sin que tenga que explicar nada. Así eras tú. Y cuando te fuiste, no perdí solo a mi madre. Se fue contigo algo más: esa sensación de que había un lugar en el mundo donde siempre podía volver y, aunque fuera por un rato, dejar de ser la adulta que tiene que resolverlo todo.
Si me dieran una tarde más contigo, me sentaría en esa mecedora del porche que todavía guardo en el garaje y te diría todo lo que en su momento no dije lo suficiente. Cuánto significaste para mí. Cuánto te debo. Cómo me acuerdo de cada cosa que hiciste por mí, aunque en ese momento no siempre supe agradecerlo como merecías. Te daría las gracias por el cuidado, la paciencia, el sacrificio, por ese amor de todos los días que uno solo aprende a valorar del todo cuando ya no está.
Espero que dondequiera que estés ya lo sepas. Que sabes cuánto te sigo queriendo. Cuánto te extraño. Y cuánto te sigo necesitando, más seguido de lo que admito en voz alta. Porque aunque ya no pueda verte ni abrazarte, te sigo llevando conmigo a todos lados. En mis recuerdos. En la forma en que quiero a mis hijos, que es idéntica a la tuya, hasta en los regaños. En las frases que se me salen sin pensar y que son tuyas, palabra por palabra. En esa parte de mí que siempre te va a pertenecer.
Esta mañana, antes de que amaneciera, hice justo lo que hacías tú cada domingo: puse a colar el café bien temprano y me llevé mi taza al patio a ver salir el sol, aunque hiciera frío. El perro del vecino ladró, como siempre le ladra al cartero. La cafetera vieja hizo ese ruido que tanto te molestaba y que nunca quisiste que arreglara, porque decías que así sabías que ya estaba lista. Me tomé el café despacio, viendo cómo se iba aclarando el cielo sobre los techos de la cuadra.
Después entré, saqué del clóset la caja de zapatos donde guardo tus cosas: tu anillo, la foto de la boda, y esa libreta de recetas. Abrí la libreta otra vez en la página donde estaba la nota, y la leí una vez más, aunque ya me la sabía de memoria: "Mija, si algún día no estoy para decírtelo yo misma: lo hiciste bien. Cuida a tus hijos como te cuidé a ti, y no te olvides de colar el café bien temprano los domingos. Te quiero más de lo que te dije nunca. — Mami."
Se me aguaron los ojos leyendo lo del café, porque hasta eso lo pensaste. Doblé la notita con cuidado, con los dedos temblándome un poco, y en vez de guardarla otra vez entre las páginas, la puse en un marquito que había comprado ayer en la farmacia de la esquina. Busqué el martillo en la gaveta de la cocina, medí con la mano la altura del reloj que tanto te gustaba, y clavé el clavo en la pared de al lado. El golpe seco del martillo fue el único ruido en toda la casa.
Colgué el marco. Quedó un poco torcido, así que lo enderecé con dos dedos hasta que las manecillas del reloj y el borde de la notita quedaron a la misma altura. Me quedé un rato mirando los dos juntos en la pared: el reloj marcando las siete y cuarto de un domingo cualquiera, y tu letra, esa letra tuya con las íes sin puntear, ahí para siempre al lado.
