Todavía, once años después, marco los primeros cinco dígitos de tu número antes de acordarme. Se me queda el pulgar suspendido sobre la pantalla del teléfono, como si el cuerpo supiera algo que la cabeza todavía no acepta. "Mira, Ma, esto te iba a encantar" —pienso, parada en el pasillo del Publix de la Calle Ocho, con una lata de café La Llave en la mano porque me recordó tu cocina—. Y ahí llega, puntual, ese bajón que ya conozco de memoria: tú ya no estás para que te cuente nada.
No es un dolor que grite. Es de los que se sientan a vivir adentro, calladitos, y ya no se van. Extraño que me escucharas contar tonterías del trabajo como si fueran lo más importante del mundo. Extraño tus manos, siempre metidas en algo —picando cilantro, doblando ropa, arreglando lo que fuera— capaces de hacer un hogar de la nada. Tenías ese don de convertir un martes cualquiera en algo que valía la pena recordar, solo con estar ahí.
Te veo en cosas chiquitas ahora. En una cobija bien doblada al pie de la cama. En el olor a pan dulce cuando pasa alguien horneando cerca. En las matas de albahaca que sembrabas en macetas de lata reciclada en el balcón del apartamento de Hialeah. Son esas costumbres tuyas, tan simples, las que me pegan más fuerte que cualquier discurso.
Con los años la pena bajó de volumen. Ya no me tumba entera como al principio, pero sigue ahí, de fondo, como el zumbido del aire acondicionado que uno deja de notar hasta que se apaga. Y a veces vuelve sin avisar. Manejando por la I-95. Con una canción de Juan Gabriel que sonaba en tu cocina los domingos. Con un olor a café colado. Con una frase suelta que alguien dice sin querer. Y de repente estoy llorando antes de entender por qué. Ya dejé de pelear contra eso. Esas lágrimas también son parte de quererte.
Mamá, te sentirías orgullosa de esta familia. Te nombramos seguido. Nos reímos recordando esas frases tuyas que repetías sin parar, esas mañas que tenías, contamos historias de ti una y otra vez. Hasta mis hijos, los que nunca llegaron a conocerte, saben cómo eras. Quiero que te conozcan así: por lo que contamos, por las fotos pegadas en la nevera, por todo lo que dejaste sembrado en cada uno de nosotros.
Todavía nos enseñas cosas, Ma. Sigues viva en cómo decidimos, en el carácter que sacamos, en esas costumbres que repetimos sin darnos cuenta, igualito a como tú las hacías. Te extraño muchísimo. Y no solo a ti: extraño también cómo se sentía la vida contigo cerca. Más suave. Más tranquila. Más segura. El mundo sin ti ya nunca va a ser el mismo. Pero es un mundo mejor por haberte tenido en él.
Fue justo pensando en eso que decidí no dejar tu delantal metido en una caja del clóset, juntando polvo como si fuera una reliquia intocable. Ese delantal de flores amarillas que usabas para todo —para cocinar, para limpiar, para cargar aguacates del patio— llevaba un año colgado detrás de la puerta de mi cuarto, y cada vez que lo veía se me apretaba algo por dentro de una forma que ya no quería sentir.
Un sábado de marzo lo descolgué. Lo lavé a mano, despacio, con el jabón Zote que tú usabas, y até el listón que se había deshilachado en la esquina. Después llamé a mi hija Camila, que en agosto cumple diecinueve y se va para la Universidad de Florida a estudiar enfermería, igual que quisiste ser tú antes de que la vida te llevara por otro camino.
Se lo entregué en la cocina, doblado, con la receta de tus tamales escrita a mano en una tarjeta metida en el bolsillo del delantal. "Esto es tuyo ahora" —le dije—. "No para guardarlo. Para usarlo." Ella lo miró, se lo puso ahí mismo sobre la camiseta de la universidad, y empezó a picar cebolla para la cena de esa noche, torpe todavía, cortándose más grande de lo que tú cortabas.
No lloré cuando se lo puse. Solo até bien el nudo detrás de su espalda y le dije que apretara menos, que las manos se aprenden solas con el tiempo.
Cuando Camila se fue a Gainesville en agosto, el delantal se fue con ella, doblado en la maleta junto a los libros de anatomía. Me mandó una foto en octubre: ella en la cocina de su apartamento, con el delantal puesto, haciendo tamales para sus compañeras de cuarto que nunca habían probado uno. Debajo escribió: "Salieron feos pero saben como los de la abuela."
Guardé esa foto. No en una caja, mamá. En el fondo de pantalla del teléfono, donde la veo cada vez que se me va el dedo buscando tu número.
