Al principio, Migajas no entendía nada. Dos semanas atrás, alguien lo había dejado dentro de una caja de zapatos, justo al lado del contenedor de basura del viejo edificio en San Antonio. El contenedor apestaba a fruta podrida y meados de gato; el calor pegajoso de la mañana ya se sentía. El minino, de apenas unas semanas y con unas orejas desproporcionadas, creía que era un juego nuevo. Seguro que su dueño iba a volver pronto. Así que decidió esperar.
Esperar y comer lo que encontrara. En el patio, doña Carmen y don Felipe echaban migas de pan a las palomas cada mañana, a eso de las siete, cuando el sol ya pegaba. Migajas, que era chiquito y flaco, se metía entre las aves y lamía lo que caía al suelo, pegando la tripa al pavimento caliente. Las palomas al principio se asustaban, pero luego lo aceptaron. «Será una paloma rara», parecían pensar. Él las empujaba con el hocico, con el rabo tieso como un palito, y recibía algún picotazo cuando pisaba una pata. Pero no se quejaba; ronroneaba más fuerte y se volvía a meter. Luego, al mediodía, compartía sobras con los gatos callejeros detrás de los botes de la tienda El Amigo. Ellos le tiraban manotazos, pero él se arrimaba igual, ronroneando como un motorcito, y al final los gatos terminaban dejándole un hueco entre las latas vacías de Sardina de la Costeña.
Pero el amigo que eligió Migajas era de los que hacían temblar al barrio entero.
Cada mañana, al salir el sol, el gatito salía de debajo de un banco y corría hacia el centro del patio, donde un perro enorme, negro como la noche y con el hocico lleno de cicatrices, vigilaba sentado. Le llamaban Diablo. Y no era para menos. Diablo no tenía dueño, pero tampoco le hacía falta. Era el rey del lugar. Los otros perros se apartaban cuando él pasaba. Los gatos se escondían. Hasta las ratas se cambiaban de alcantarilla.
Migajas, en cambio, lo veía y se le alborotaba todo: corría hacia él, maullando, y se lanzaba contra su pecho. Diablo alzaba la cabeza al cielo, como preguntándole al ángel de los perros qué había hecho para merecer ese tormento. Soltaba un gruñido, mostraba los dientes y levantaba una pata enorme, lista para espantar al bicho. Pero el gatito, no se sabe cómo, siempre esquivaba los zarpazos y terminaba aplastándose contra su barriga, calentito y ronroneando, mientras lo lamía debajo del mentón.
Los gatos del patio, escondidos detrás de los botes, se quedaban con el hocico abierto. «¿Cómo puede ser que Diablo no lo muela a mordiscos?», se decían entre bufidos.
Un martes llegó un vecino nuevo con un dóberman al que llamaban Trueno. El perro, musculoso y con una correa de cadena, entró al patio como si fuera a tomar posesión. Lo primero que hizo fue espantar a las palomas, ladrar a los gatos y luego, al ver a Diablo sentado, se lanzó contra él. Abrió las fauces, babeando, dispuesto a demostrar quién mandaba allí.
Diablo ni se movió. Solo levantó la mirada, y el dóberman se encontró con dos ojos amarillos, fríos como el acero. Algo en esa mirada debió de ver, porque Trueno frenó en seco. Bajó las orejas, escondió el rabo entre las patas y soltó un charco de miedo. Se fue gimiendo y no volvió a acercarse.
Pero a la mañana siguiente, Migajas estaba otra vez con las palomas, comiendo migas. Trueno, el dóberman, lo vio y se le despertó el instinto. Se agazapó, gruñó quedo y empezó a avanzar despacio, calculando la distancia. El gatito no se dio cuenta. El dóberman ya se relamía, cuando una sombra negra se interpuso.
Diablo se plantó delante de Migajas. Acercó su hocico lleno de cicatrices al del dóberman. No gruñó. No enseñó los dientes. Solo lo miró. Y en esa mirada había algo más que rabia: había una advertencia tan antigua que Trueno sintió que las patas le temblaban. Esta vez no hubo charco, pero sí un gemido. El dóberman se tumbó en el suelo y se arrastró hacia atrás, gimiendo como un cachorro, hasta desaparecer.
Entonces Diablo se giró, empujó a Migajas con el hocico, lo tumbó panza arriba y luego salió corriendo. El gatito, chillando, lo persiguió hasta alcanzarlo, y se armó la de siempre: lametazos, manotazos al aire y un perro que alzó el hocico al cielo y soltó un resoplido que parecía un rezo a su santo patrono.
Esa misma tarde, cuando el calor apretaba, una muchacha llamó desde la calle. Se llamaba Valentina. Llevaba una semana buscando a su gato. Alguien le había dicho que lo vieron por allí. Se asomó al patio con timidez y gritó: «¡Lunito! ¿Lunito?». El gatito, al oír su nombre (porque Migajas en realidad se llamaba Lunito), salió disparado de debajo del banco y saltó a sus brazos. Valentina se echó a llorar, lo abrazaba y le daba besos. «Pensé que te había perdido para siempre, mi vida», sollozaba.
Pero Lunito no se quedó quieto. Forcejeó, se soltó y corrió de vuelta al interior del patio. Valentina lo siguió, y se encontró con una escena que la dejó helada: su pequeño gato estaba encima de un perro enorme y negro, restregándose contra su cuello y lamiéndole las cicatrices. El perro alzó la cabeza y la miró con sus ojos serios.
Valentina se quedó quieta. Se limpió las manos en el pantalón, tragó saliva. Dio un paso atrás sin darse cuenta. Pero no sintió miedo del todo, sino una cosa rara. Se mordió el labio, y luego dio un paso adelante y dijo en voz baja:
—Oye, amigo… ¿quieres venir con nosotros? Te prometo que no te va a faltar nada. Hay un sofá viejo que puedes destrozar, y un patio pequeño, y latas de comida que sobran.
Diablo no se movió. No frunció el hocico. Bajó la cabeza y soltó un suspiro ronco, uno de esos que salen del fondo del pecho. Se quedó mirando al suelo, a una mancha de aceite.
Valentina se agachó despacio. La mano le temblaba un poquito. Le acarició detrás de la oreja rota. El perro, por primera vez en años, apoyó la cabeza en su mano y cerró los ojos un segundo.
—Vamos —dijo ella en un susurro, y fue hacia la camioneta gris, una Ford Ranger con placas de Texas, que había estacionado en la entrada.
Abrió la puerta de atrás. Subió al gato. Y luego, Diablo se quedó mirando la puerta abierta, con una pata en el estribo. Soltó un bufido corto y saltó adentro. Se acomodó con cuidado en el asiento. Lunito se lanzó sobre su lomo y empezó a lamerle la cabeza, mientras el perro soltaba un gruñido y alzaba el hocico hacia el techo de la camioneta, como si le reclamara al mismísmo ángel de los perros por qué otra vez. Valentina miró por el retrovisor, vio al gato y al perro enredados, y arrancó. La camioneta tosió una nube de humo negro y se alejó por la calle. Adentro, Lunito no paraba de ronronear, amasando con las patitas el lomo caliente del Diablo.
