Tomás la llevó en junio.
En la sierra de Veracruz, junio engaña bonito. Todo se ve verde, vivo, recién lavado por la lluvia. Los árboles parecen tocar el cielo, el aire huele a tierra húmeda y café, y una muchacha de Ciudad de México puede creer fácilmente que acaba de llegar al lugar más romántico del mundo.
Cuando Mariana bajó de la camioneta en el entronque, abrió los ojos como niña.
— Tomás, está precioso. Parece de película.
Él cargaba las maletas y sonreía con pena. La amaba. La había conocido en la capital, donde trabajaba como albañil, mientras ella estudiaba para maestra. Él era de rancho, callado, de manos duras y corazón guardado. Ella era rápida, alegre, de esas personas que llenan cualquier silencio con palabras, planes o risa.
Se casaron sin fiesta grande. Después Tomás le dijo:
— Vente conmigo al rancho. Mi mamá está sola, la casa es grande, hay animales. Nos ahorramos renta y luego vemos.
Mariana pensó en café de olla, gallinas, cielo estrellado, niños de escuela rural corriendo entre árboles.
— Va — dijo. — Me gusta la idea.
No sabía que una idea bonita puede doler cuando se vuelve rutina sin aviso.
Del entronque a la casa caminaron casi una hora. El camino era lodo seco, piedras, mosquitos y calor pegado a la espalda. Mariana trató de no quejarse. Pero cuando llegaron al caserío, se quedó callada. No había plaza pintoresca ni calles lindas. Había casas viejas, cercas torcidas, perros echados bajo la sombra, un silencio espeso.
— ¿Aquí? — preguntó.
— Aquí — dijo Tomás. — Nuestra casa está arriba, donde está el mango.
La casa era de adobe y lámina, firme pero sencilla. La madre de Tomás, doña Elvira, los esperaba con delantal oscuro y cara de pocos amigos.
— Esta es Mariana, mamá. Mi esposa.
Doña Elvira la miró de arriba abajo.
— Pasa.
No hubo abrazo.
El primer día Mariana intentó ser amable. Ayudó con los platos, preguntó por los árboles, dijo que el aire era limpio. Luego quiso bañarse.
— ¿Dónde está el baño?
Tomás se rascó la nuca.
— Para bañarse calentamos agua. La letrina está atrás.
La letrina era una caseta de madera al fondo, cerca de unas matas altas.
Mariana volvió con la cara pálida.
— Tomás, no puedo.
— Te acostumbras.
Esa frase se le metió como espina.
En la noche no durmió. Zancudos, ruidos en el techo, gallos antes del amanecer, calor, oscuridad. En la mañana pidió café. Doña Elvira le sirvió atole.
— El café es para los que trabajan temprano — dijo.
Mariana entendió que no era una frase sobre café.
El segundo día llovió. La señal del celular desapareció. El camino se volvió lodo. El único lugar donde agarraba una rayita era una piedra detrás del corral. Mariana estuvo ahí con el teléfono en alto hasta que empezó a llorar.
Tomás la encontró.
— ¿Qué tienes?
— No puedo — dijo ella. — No puedo vivir sin baño, sin señal, sin trabajo, sin alguien que me hable bonito. Tu mamá me mira como si yo hubiera venido a robarle la casa.
— Mi mamá es seria. Vas a acostumbrarte.
— ¿Y si no quiero acostumbrarme a estar triste?
Tomás no supo qué decir.
Al tercer amanecer, Mariana se fue. Dejó una nota junto al jarro de agua.
„Perdóname. No puedo. Mariana.“
Tomás la leyó cuando ella ya iba camino al entronque. Doña Elvira dijo:
— Te lo dije. Las de ciudad no aguantan.
Tomás apretó el papel.
— Tal vez no tenía que aguantar.
Fue lo primero que dijo contra su madre en años.
El año pasó raro. Mariana volvió a la ciudad, terminó sus prácticas y trabajó en una guardería. Le decía a todos que estaba bien. Pero había noches en que extrañaba a Tomás tanto que le dolían las manos. No extrañaba la letrina ni los zancudos. Extrañaba su manera de mirarla cuando creía que ella no veía.
Tomás también cambió. Se fue a trabajar a Xalapa, ahorró y regresaba los fines de semana con materiales. Hizo un baño pequeño junto a la cocina. Puso regadera, tinaco, mosquiteros. Compró un módem rural. Arregló el techo.
Doña Elvira reclamaba:
— ¿Para quién tanto lujo?
— Para que la casa sea casa, no prueba de resistencia.
— No va a volver.
— Entonces que al menos no vuelva a irse otra.
Un día doña Elvira compró café molido en el pueblo y lo guardó sin decir nada.
Al siguiente junio, Mariana bajó otra vez en el entronque. Esta vez llevaba botas, mochila y una caja con libros para niños.
Tomás la vio desde el camino.
No corrió. No gritó. Solo se quedó quieto, como si moverse pudiera romperla.
— ¿Puedo pasar? — preguntó ella al llegar.
— Sí.
Doña Elvira estaba en la cocina. Miró a Mariana largo. Luego puso agua a hervir.
— Hay café.
Mariana sintió que se le apretaba la garganta.
— Gracias.
Había baño. Había mosquiteros. Había señal. Pero, sobre todo, había una diferencia en Tomás: ya no decía „te acostumbras“. Preguntaba.
— ¿Qué necesitas para quedarte sin apagarte?
Mariana respondió:
— Que esto sea de los dos. Que no me pidan demostrar amor sufriendo.
Tomás asintió.
— Aprendí tarde. Pero aprendí.
Mariana consiguió trabajo en una escuela comunitaria. Abrió un pequeño rincón de lectura. Los niños llegaban por las tardes con cuadernos doblados y curiosidad enorme. Doña Elvira empezó a hacerles gorditas „porque estudian con hambre“.
No todo fue fácil. La lluvia seguía cortando caminos. Los zancudos seguían siendo tercos. Mariana lloró algunas veces. Tomás se equivocó muchas. Pero ahora hablaban. Ahora construían.
Un año después, la gente del rancho decía:
— La maestra de Tomás volvió y trajo movimiento.
Mariana sabía que no volvió porque se hizo fuerte para aguantar.
Volvió porque el hombre que amaba dejó de pedirle que se adaptara al abandono y empezó a construirle un lugar.
