Doña Mercedes se registró en una aplicación de „ayuda por hora“ después de que su hijo le dijera:
— Mamá, te aburres mucho.
Ella dejó la taza de café sobre la mesa.
— No me aburro, Arturo. Me ofende.
— ¿Qué cosa?
— Que me llames cada domingo para preguntarme si me aburro, como si fuera canario tapado con una manta.
Arturo se rió y le mandó un enlace.
— Ahí puedes hacer encargos chiquitos. Recoger paquetes, regar plantas, pasear perros. Tú eres muy movida.
„Movida“ tampoco le gustó. Sonaba a comercial de vitaminas para adultos mayores. Pero abrió la aplicación.
En su perfil puso: „Puntual, responsable, ordenada“. Quiso agregar: „No resuelvo pleitos familiares“, pero sintió que era demasiado pronto para espantar clientes. Escribió: „Ayuda práctica, tareas claras“.
Su primer encargo fue regar plantas en un departamento de la colonia Del Valle. La dueña había salido de viaje. Había veintiocho macetas y una lista.
„Monstera: medio vaso. Ficus: poquito. Orquídeas: sumergir. Suculentas no tocar, están sensibles“.
Doña Mercedes se puso los lentes.
— Ay, criatura — le dijo a una suculenta —, antes sensibles éramos las nueras.
Llamó a la dueña.
— Oiga, ¿y cómo sé si la suculenta ya está emocionalmente disponible?
La muchacha se rio tanto que le dejó cinco estrellas: „Doña Mercedes cuida hasta el ánimo de las plantas“.
A ella le gustó. No por presumida. Sino porque alguien agradecía un trabajo concreto, no un sacrificio invisible.
Luego paseó a un perrito llamado Conde. Blanco, pequeño y con actitud de licenciado. Conde no caminaba. Se sentó en la banqueta.
— Mire, joven — dijo Mercedes —, a mí me pagan por hora, pero tampoco abuse.
Terminó cargándolo hasta el parque. Conde ladró a una paloma, se asustó de su propio ladrido y se escondió detrás de ella. La dueña escribió: „Conde regresó pensativo. Excelente“.
Otro encargo fue de un programador que había perdido el control remoto.
— Estoy en junta, pero debe estar por ahí — dijo.
Su departamento era una mezcla de cables, tazas y ropa limpia sin doblar. Doña Mercedes encontró el control en el congelador, junto a unas milanesas.
— ¿Cómo llegó ahí? — preguntó él.
— Eso ya no es búsqueda. Es investigación. Y la investigación cuesta más.
Le dio propina.
Poco a poco se acostumbró. Recogía paquetes, alimentaba peces, revisaba que el gas estuviera cerrado, llevaba documentos, acompañaba a un perico que solo decía „SAT“ y „Roberto“.
Lo que más le gustaba era el límite. Llegaba, hacía, cobraba, se iba. Nadie podía decirle: „Ya que estás aquí, quédate con el niño“ o „Tú que eres mamá, dile a mi esposa“.
Hasta que llegó un encargo extraño.
„Acompañar a mi mamá dos horas. Está sola, pero es difícil. Usted, como señora madura, sabrá tratarla“.
Aceptó por curiosidad.
Doña Amparo tenía setenta años, cabello corto, uñas rojas y mirada de quien ya había peleado con medio mundo antes del desayuno.
— ¿Mi hijo me rentó amiga? — dijo.
— Ayuda por hora.
— ¿Y en qué ayudas?
— Depende de lo que no implique milagros.
Se sentaron en la cocina. Amparo habló del hijo: que no llamaba, que la nuera era seca, que el nieto saludaba como cajero de banco. Mercedes escuchó. Primero tranquila. Luego sintió la trampa. Iba a convertirse otra vez en esa mujer que traduce dolores, justifica hijos y carga emociones ajenas porque „usted entiende“.
— Dígale usted — pidió Amparo. — Ya que él le paga, capaz y la escucha. Dígale que una madre no se cubre con dos horas de aplicación.
Mercedes respiró.
— Doña Amparo, puedo tomar café con usted. Puedo ir por medicinas. Puedo ayudarle con el celular. Pero no voy a hablar con su hijo por usted.
— Qué cómoda.
— No. Cómoda era cuando decía que sí a todo.
— Entonces, ¿para qué vino?
— Para acompañarla dos horas sin mentirle que le voy a arreglar la familia.
Amparo la miró largo. Luego se rio.
— Al menos no vienes con frases de psicóloga.
— No, señora. Yo busco controles remotos.
— Mi hijo perdió el de la vergüenza.
— Eso ya es investigación profunda.
El hijo dejó tres estrellas: „No cumplió la parte emocional“.
Mercedes se enojó. Cambió su perfil:
„Riego plantas, recojo paquetes, paseo perros y busco controles, siempre que no sean metáforas familiares. No educo adultos. No reconcilio parientes“.
Arturo llamó.
— Mamá, vas a espantar clientes.
— A los incorrectos.
Y así fue.
Un día le llegó un encargo de Arturo:
„Ayuda para ordenar clóset. Ejecutora preferida: Mercedes“.
Ella marcó de inmediato.
— ¿Me estás vacilando?
— No. Si te lo pido como hijo, me mandas a volar. Si te contrato, vienes.
— Tarifa doble.
— ¿Por un clóset?
— Por criar al cliente.
Fue el sábado. El clóset tenía diplomas viejos, cables, un paraguas roto y una caja de fotos. En una, Arturo niño estaba sentado en sus piernas con un gorrito de fiesta.
— Me acuerdo — dijo.
— No te acuerdas, tenías cuatro.
— Me acuerdo de que me lo contaste.
No tiró la foto. La puso en la mesa.
Después ofreció café.
— ¿Eso entra en el servicio? — preguntó ella.
— No. Eso es nomás porque sí.
Mercedes guardó el teléfono cuando sonó una nueva solicitud urgente.
— ¿No vas? — preguntó Arturo.
— No. Hoy el encargo importante ya está atendido.
La reseña de Arturo fue: „Discute, cobra caro, se burla, pero deja el clóset impecable. Recomendable para familiares con cuidado“.
Mercedes le puso cinco estrellas.
En puntualidad, cuatro.
