Me llamo Rosa Elena Villalobos, tengo cuarenta y seis años, y vivo en Corona, Queens, a tres cuadras de la Roosevelt Avenue, donde el tren 7 pasa tan cerca de mi ventana que después de veinte años ya ni lo escucho. Trabajo cortando el cabello en un salón de la calle 103 desde que llegué de Puebla con veinticuatro años y una maleta que pesaba menos que mis ganas de salir adelante. Y hoy, con el delantal todavía puesto y olor a keratina en las manos, decidí que ya no voy a pedir perdón por ser quien soy.
Me casé con Refugio a los veintisiete, en una iglesia de Puebla, con un vestido prestado de mi prima. Le di dos hijos. Le sostuve el negocio de tacos en el food truck que estacionábamos frente al Home Depot de Junction Boulevard los sábados, oliendo a cebolla asada hasta las once de la noche. Y cuando él se fue con la que le llevaba las cuentas —una mujer diez años menor, de risa fácil y sin varices— yo me quedé con la renta de mil ochocientos dólares al mes, con los dos muchachos y con un cuerpo que ya no reconocía en el espejo del baño.
Tengo estrías. Tengo una cicatriz de la cesárea de mi hijo menor, que se hizo de emergencia un domingo de agosto, con el aire acondicionado del Elmhurst Hospital descompuesto y treinta y ocho grados afuera. Tengo canas que ya no me tiño porque salen cuarenta dólares cada mes y preferí usar ese dinero en las clases de karate de mi hija. Cada marca tiene una historia. Unas las escribió la maternidad. Otras el desamor. Otras esas noches en que doblé ropa a la una de la madrugada, mientras por la tele pasaban reposiciones de un noticiero en español que ni siquiera escuchaba, solo para no pensar en la casa vacía del otro lado de la cama.
Lloré por hombres que no merecieron ni una de mis lágrimas. Sonreí en las posadas de diciembre mientras por dentro se me estaba cayendo todo. Confié, me decepcionaron, me traicionaron. Pero me negué a dejar que eso me convirtiera en alguien que ya no sabe amar. El error nunca fue querer. El error fue entregarle mi corazón a quien no supo cuidarlo.
Durante años creí que tenía que ser menos yo para que fuera más fácil quererme. Callar lo que sentía. Pedir menos. Esperar menos. Hacerme pequeña para que alguien más se sintiera cómodo a mi lado. Tengo mis costumbres raras ahora —como tomarme el café solo en el fire escape a las seis de la mañana, antes de que despierten los muchachos, mirando el edificio de enfrente donde el señor Nguyen saca a pasear a su perro cojo, el mismo perro, la misma hora, desde hace años. También tengo mis conversaciones eternas con mi comadre Yolanda por teléfono hasta que se nos quema el arroz, y mi gusto por comerme un elote con todo en la esquina de la 111 nada más porque se me antojó, sin dar explicaciones a nadie.
La primera prueba de que ya no era la misma mujer llegó un jueves, tres semanas antes de que Refugio tocara mi puerta. Me llamó al salón, entre un corte y otro, para preguntarme si podía pasar el fin de semana con los muchachos "como antes", quedarse a dormir en el sofá porque el cuarto que rentaba en Corona le quedaba lejos del trabajo. Le contesté con las tijeras todavía en la mano, mirándome en el espejo de la estación: "Los muchachos te ven cuando tú organices algo con ellos directamente. Pero aquí ya no hay sofá para ti." Colgué antes de que alcanzara a decir algo más, y seguí cortando el fleco de la señora Ramírez como si nada.
Refugio volvió en persona hace ocho meses, un martes por la noche. Tocó el timbre del apartamento —el mismo apartamento donde ahora el nombre en el buzón dice solamente "Villalobos", sin su apellido pegado al mío como estuvo veintitrés años. Venía con las manos en los bolsillos de una chamarra que yo le había regalado en una Navidad pasada, diciendo que la mujer de las cuentas lo había dejado, que extrañaba a los muchachos, que extrañaba "cómo eran las cosas antes".
Lo escuché parada en el marco de la puerta, sin dejarlo pasar. Cuando terminó de hablar, saqué del bolsillo del delantal —porque venía llegando del salón— el sobre que llevaba cargando tres semanas sin abrir, y se lo entregué ahí mismo, en el pasillo, frente al departamento 4B, donde la vecina siempre deja la puerta entreabierta para escuchar todo. Eran los papeles del divorcio, ya firmados de mi parte, con la fecha de la corte de Queens marcada para el 3 de noviembre. Adentro también iba una copia del contrato de renta del apartamento, renovado hace dos meses a mi nombre y solo al mío, después de que yo sola junté los mil ochocientos dólares del depósito trabajando sábados dobles en el salón.
—Firma donde están las banderitas amarillas —le dije—. Y déjame el sobre en el buzón cuando termines, no necesito que subas.
Él se quedó ahí, con el sobre en la mano, mirando el nombre en el buzón. No dijo nada. Bajó las escaleras despacio, y desde la ventana lo vi cruzar la Roosevelt justo cuando pasaba el tren, con esa sacudida de metal que ya ni oigo, pero que esa noche, por alguna razón, sí escuché completa.
Cerré la ventana, me serví un café aunque ya eran más de las nueve de la noche, y subí el volumen de la cumbia que sonaba bajito en la cocina desde que había llegado del salón.
