Cuando volví de mi segundo turno en el taller, la casa olía a frijoles refritos. Mi suegra estaba sentada en la cocina, con un sobre abierto del banco y la escritura de la casa en la mesa. Me vio entrar y no dijo nada. Solo empujó el sobre hacia mí con dos dedos, como quien mueve un insecto muerto.
—¿Quieres explicarme esto, Edmundo?
El sobre era de Wells Fargo. El estado de cuenta de la cuenta mancomunada que abrí con mi esposa hacía once años. La cuenta de la que ella no sabía nada. La que no le importó cuando su hija y yo vivíamos en el apartamento de una recámara en el Este de Los Ángeles.
Saqué el papel. Sesenta y tres mil dólares. Ahorrados de a cinco y de a diez por semana, desde que trabajábamos en el lavado de autos de la Olympic Boulevard. Y ahora estaban programados para transferencia. A una constructora en Texas.
—Es una inversión —dije.
Mi suegra se echó hacia atrás en la silla de plástico verde que yo mismo compré en el Home Depot. En la radio sonaba algo de Los Temerarios, bajito, porque a ella no le gusta el ruido.
—¿Una inversión? ¿Sin decirle a mi hija? ¿Sin decirme a mí?
No contesté. No había nada que contestar. El trato estaba hecho. Eduardo, mi cuñado, me presentó al desarrollador. Una torre de departamentos en El Paso. Retorno en nueve meses. Dieciocho por ciento garantizado. La única condición era juntar la lana ya.
Ella me vio guardar el sobre en la mochila. Y entonces vino lo que siempre viene: la lista. Los tres mil para la fianza de mi primo. Los seis meses que viví en la casa de la abuela en Bell Gardens sin pagar renta. El dinero del viaje a Zacatecas cuando se enfermó mi papá.
—No digo que no pagues, hijo. Digo que estás poniendo la casa de mi hija como garantía. Y yo tengo derecho a saber.
Me mordí la lengua. Los once años de rentas puntuales no existían. Los meses en que yo pagaba el seguro del carro de ella tampoco. Solo existía la deuda.
En el taller, mi amigo Rafa me preguntó por qué no le había dicho a mi esposa. Me encogí de hombros. Y no le dije la verdad: porque ella me habría dicho que no. Y yo ya no pedía permiso.
Mi esposa todavía no había firmado el papel de la transferencia. Sin su firma, el banco no movía un centavo. El lunes vencía el plazo del desarrollador.
Esa noche, mi suegra cenó con nosotros. No me dirigió la palabra. Cuando lavé los platos, ella hablaba con su hija en la sala, muy quedo. Escuché mi nombre una sola vez, y fue suficiente.
El sábado, mi esposa encontró el sobre en la mochila. Lo encontró porque su mamá le dijo exactamente dónde buscarlo. Yo estaba en el patio fumando y la vi por la ventana de la cocina. Abrió el papel con la misma calma con que se abren los estados de cuenta cuando ya no importan. Luego lo dobló y lo dejó sobre la mesa.
—Mi mamá dice que te lo llevaste del banco —dijo desde la puerta.
—Tu mamá dice más de la cuenta —le contesté.
No era un ataque. Era la misma respuesta que yo llevaba años callando, y que por fin me salía.
Mi esposa se sentó en la silla de madera del patio, la que yo reparé con un alambre porque a su papá le gustaba y a ella le costaba tirarla.
—¿Y yo cuándo me entero, Edmundo?
Volteé. Y por fin se lo dije, con el humo en la cara y el cigarro apretado entre los dedos:
—La casa es nuestra, no de tu mamá. Y si no quieres firmar, está bien. Pero entonces no me vuelvas a preguntar por qué trabajo doce horas.
Ella me sostuvo la vista un momento largo. Luego agarró su teléfono y le marcó a su hermano.
—Eduardo, ¿por cuánto es la torre? —preguntó.
Silencio. Yo apagué el cigarro contra la maceta de la bugambilia.
—Sí, ya sé que es en El Paso —dijo ella—. Lo sé porque mi esposo me lo acaba de decir. ¿O creías que no me iba a enterar?
Colgó. Luego me habló a mí:
—Eduardo no está en ninguna constructora. Ese dinero es para el negocio de su suegro. El gimnasio que quería poner en El Paso. Te usó para juntar el capital porque el banco no le presta. Y tú lo sabías.
La bugambilia se movió con el viento. No dije nada porque no tenía nada que decir.
—De los sesenta y tres mil, cincuenta y dos son míos —dije por fin—. Todos mis turnos dobles, mis vales, mis horas extra. Los otros once son de tu hermano, por sus aportes. Ese dinero no se toca.
Ella se puso de pie. Su mamá estaba del otro lado de la puerta, con las manos en el delantal y la radio ya apagada.
—Vas a cancelar la transferencia mañana —dijo mi esposa.
—La cancelo si tu hermano nos devuelve los seis mil que le prestamos para la troca.
Mi suegra no aguantó. Salió de la cocina y me apuntó con el dedo.
—¡Tú no le prestaste nada! ¡Eso era de la familia!
—Señora —le dije—, la familia también lleva cuentas.
Ella se quedó callada. No tuvo lista.
Al día siguiente fuimos los tres al banco. Mi esposa no canceló la transferencia. La movió. De la cuenta mancomunada a una cuenta nueva, de la que su mamá no era titular, de la que Eduardo no sabía el número y de la que yo no tenía la tarjeta.
Me dio el número en un papelito doblado, del bloc de recibos del taller.
—De los cincuenta y dos que son tuyos, cuarenta van para la casa —dijo—. Los otros doce, para lo que tú quieras. Pero yo firmo.
Firmó la solicitud. Yo firmé la solicitud. La de su mamá no hizo falta.
Esa noche, mi suegra se fue a la casa de su hermana en Huntington Park. Se llevó la silla de plástico verde en la cajuela de su Honda. No me pidió nada. No me amenazó. Solo se fue.
Mi esposa y yo volvimos a encender la radio. Los Temerarios otra vez, pero ya no me molestaban.
El lunes vencía el plazo del desarrollador. Llamé a Eduardo a las ocho de la mañana y le dije que podía ir por su dinero. Lo cité en el taller.
Cuando llegó, con su camisa de domingo y la troca recién lavada, lo estaba esperando Rafa con un sobre de manila. Se lo di.
—Son los once mil que te tocan —le dije—. Y aparte, los seis que nos debes de la troca ya quedaron descontados. Ahí adentro hay cinco.
—¿Cinco? Necesito los once completos para el gimnasio. Y esos seis no eran ahorita, Edmundo.
—Pues los seis eran de antes, y de antes se cobran primero. Junta el resto con tu suegro.
Me dio con la puerta de la troca. Rafa se quedó con las manos en la franela. Yo cerré la caja registradora y guardé el resto del sobre.
Dejé el taller a las once. En la cocina, mi esposa estaba friendo morisqueta. Su mamá no había regresado.
—¿Y la señora? —pregunté.
—Está con tu tía. Dijo que va a hacer la cena de Navidad en tu casa.
—¿Y por qué en mi casa?
—Porque en la de ella no caben los primos.
Serví dos platos. Saqué la sal y la puse en la mesa. Ella me pasó el número de la cuenta otra vez, como si me lo diera por primera vez.
—Cuarenta para la casa, doce para lo que quieras —dije—. Ya quedamos.
Me miró. Luego le echó limón a su morisqueta.
—Nomás no le digas nada a mi mamá.
No le dije nada.
La transferencia se aplicó el martes. Ya no al gimnasio de nadie. A una casa en Downey que habíamos visto por internet, con un limonero en el patio y un portón que daba a la calle. La escritura salió a nombre de los dos. Los dos solos.
Mi suegra volvió el sábado. Entró con sus llaves, como siempre. En la cocina encontró el nuevo contrato del taller, la póliza del seguro y un recibo de la escuela de la niña. Nada de eso le importó.
Solo vio la maceta nueva del limonero. Y la bugambilia.
No dijo nada.
Agarró su silla de plástico verde, la acomodó en el patio y se sentó.
Cuando serví el café, me pasó el azúcar sin que se la pidiera.
Y no me preguntó cuánto le debía.
Se fue a las seis. Yo me quedé afuera, regando la bugambilia con la manguera que compré en Home Depot, la misma que ella odiaba porque gotea. Esa noche no goteó. Yo la había arreglado temprano.
El lunes, con el taller abierto y Rafa en la llanta del Mustang, llegó Eduardo de vuelta. Traía los seis mil en billetes, con el hule y el escapulario de la buena suerte encima.
—Aquí están —dijo, sin verme a los ojos—. Y ya hablé con mi suegro. Vamos a meter menos capital, pero vamos a meter.
Los conté dos veces. Seis mil. Los metí en la caja registradora junto con el resto de los once que ya le había dado, y anoté la cuenta saldada en la libreta.
Luego me fui a la casa de Downey a ver el limonero, y a morder un limón que todavía no estaba listo.
