El olor a perfume barato me golpeó antes de que terminara de girar la llave. Dulce, empalagoso, pegado a las cortinas como si llevara ahí una semana. Me quedé parada en la entrada de mi apartamento en Silver Spring, Maryland, con el maletín de trabajo todavía colgando de la mano derecha —el que llevo al laboratorio de virología del Instituto Nacional de Salud, con los precintos de bioseguridad que jamás dejo tirados por ahí.
El piso de vinilo especial, el mismo que pedí instalar porque resiste la lejía y los químicos que a veces se me pegan en las botas del trabajo, tenía manchas grises de barro reseco. Sobre la mesita de la entrada —donde solo dejo mis toallitas desinfectantes y el pase magnético del edificio federal— habían alineado una fila de frascos rosados, de vidrio, con etiquetas de una marca de maquillaje que ni reconocía. Una bolsa de cosméticos abierta dejaba caer esponjas manchadas de base.
—¡Ah, llegaste! —la voz de Yolanda salió del pasillo, aguda y sin vergüenza.
Salió de mi propia recámara envuelta en la bata de toalla que compré hace dos meses en el Costco de Wheaton, jalándose el cinturón como si fuera suya. Traía un palillo de dientes entre los labios.
—Deja la bolsa en el piso, Diana —dijo, sin molestarse en recoger sus frascos—. ¿No ves que estamos acomodando? Tengo los botecitos en orden, no me los muevas.
No me moví. Con el pulgar giré tres veces la esfera de mi reloj inteligente, el gesto que hago cuando cuento hasta diez antes de hablar en el laboratorio. La pantalla marcó mi pulso: setenta y dos.
—¿Qué hace tu ropa en mi recámara, Yolanda? —pregunté. La voz me salió pareja, sin un solo temblor.
—¿Y dónde más iba a estar? —Ramón apareció desde la cocina con mis pants de entrecasa puestos, los que le quedaban cortos de los tobillos—. Mi hermana se vino a vivir aquí. Para quedarse.
—¿A un apartamento de vivienda asignada por el gobierno? —lo miré fijo, y después a ella—. ¿Sin pasar por la oficina de asignaciones?
Ramón puso los ojos en blanco, agitando la mano como espantando una mosca.
—Ya empezamos. Con tus palabritas de siempre —se acercó y le dio una patadita a mi maletín para correrlo—. Deja el numerito. Ya lo hablamos todo sin ti. Y mi mamá también está aquí. En la cocina, tomando café.
—¿Norma también vino?
—¿Cómo crees que no? —Yolanda se cruzó de brazos, apoyando el codo en la mesita—. Mi mamá vino a ayudarme a instalarme. La recámara ahora es mía. Tiene cama king, nos cabemos bien Mateo y yo. A ti Ramón te va a armar el sillón-cama en el balcón. O te tiende algo en la sala cuando llegues de tu turno.
—¿Qué balcón?
—El cerrado, el que tiene calefacción —contestó Norma desde la puerta de la cocina, con mi taza de porcelana con borde dorado en la mano—. No te hagas la víctima, Diana. Ya estás grandecita, aguántate. Yolanita necesita un lugar después del divorcio, trae los nervios destrozados. Y tú de todos modos vives metida en tu laboratorio, ni falta que te hace este departamento.
Miré a mi suegra. Le dio un trago a mi taza sin ninguna prisa, dejando una marca grasosa de labial en la porcelana blanca.
—Esto no es un departamento cualquiera, Norma. Es vivienda asignada por el instituto federal donde trabajo. Categoría restringida.
—¡Pues como se llame! —soltó Ramón, dando un paso hacia mí—. Ya deja de hacerte la jefa. Estás en tu casa, no en tu laboratorio. ¿Eres mi esposa o qué? ¡Mi hermana se quedó en la calle! Su ex se agarró el condominio por las deudas, no tiene adónde ir. ¿Eso lo entiendes con esos sesos que tienes ahí resecos?
—Entiendo que tu mamá tiene un departamento de dos recámaras en Hyattsville —respondí—. Y que Yolanda está empadronada ahí.
—¡Ahí está apretado! —interrumpió Norma—. Ahí yo necesito mi paz, tomo pastillas para la presión. Y aquí hay un departamento grande y bonito. Además, Diana, tú deberías comportarte como mujer. Ramón es el que manda en esta casa. Si él decidió que su hermana se queda con ustedes, se queda con ustedes.
—No se va a quedar aquí —contesté.
Yolanda resopló y le dio un trago directo de la botella, sin usar el vaso.
—Já. A ver cómo me sacas. Ya tengo mi ropa en el clóset. Guardé tus cositas en cajas y las saqué al balcón. Así que acostúmbrate, cuñada. Ahora la que manda aquí soy yo.
Pasé a la cocina sin quitarme el abrigo del trabajo. Dejé el maletín sobre el mueble de acero inoxidable, el único rincón libre de polvo. Sobre la mesa había una botella de champán —del bueno, francés— destapada. La misma que me habían regalado en el comité científico del instituto junto con el reconocimiento por cerrar una investigación sobre una cepa viral de alto riesgo. Al lado, el papel aluminio arrugado y el corcho tirado.
—Abrieron la botella sin preguntar —dije.
—Ay, ¡un vinito! —Yolanda entró detrás de mí y se sentó en mi silla sin más, cruzando las piernas—. Estamos celebrando que nos mudamos. Tenemos derecho. Ramón dijo que ni siquiera la pagaste tú, que te la regalaron en el trabajo.
—Es una botella de colección, Yolanda. Y estaba guardada en la caja fuerte con clave.
—¿Y eso qué? —Ramón se paró junto a su hermana y se sirvió un vaso normal, de esos que se guardan en el escurridor—. Le vi la combinación hace tiempo. La marcabas siempre delante de mí. Es una botella, no hagas drama.
—¿Abriste la caja fuerte?
—¡Pues la abrí! —terció Norma, sentándose también y acomodándose una servilleta sobre las piernas—. Deja de interrogar a tu esposo, Diana. Mejor escucha lo que te dice la gente con cabeza. Mañana pides el día y vas a la oficina de vivienda federal.
—¿Para qué?
—¿Cómo que para qué? —Norma frunció el ceño, golpeteando el vaso con la uña—. Para empadronar a Yolanda. Y al niño también. Para que entre a la escuela de por aquí. En nuestro rumbo las listas de espera están larguísimas, y aquí en Silver Spring las escuelas son buenas.
—No puedo empadronar a Yolanda aquí —dije, con voz pareja—. Ni a ella ni al niño.
—¿Y por qué no? —chilló Yolanda, parándose con las manos en la cintura—. ¿Qué, te da coraje compartir? ¿Te da lástima el lugar para la hermana de tu esposo?
—Porque esta vivienda solo se asigna a través de recursos humanos del instituto y de la agencia federal —dije, mirando a Ramón—. Te lo dije, Ramón. Hace tres años, cuando firmamos el contrato de uso.
Ramón volteó hacia su madre, suspirando con cara de mártir.
—¿Oyes, mamá? Otra vez con lo mismo. Se le metió esa idea en la cabeza y ahí se queda.
—Ramón —di un paso hacia él—. No es una idea. Tú estás empadronado aquí de forma temporal, como cónyuge de empleada federal. Sin derecho a disponer del inmueble ni a meter a nadie más.
—¡Diana! —Ramón golpeó el vaso contra la mesa, salpicando vino sobre la superficie de acero—. ¡Ya deja de hacerte la jefa! ¡Estás en tu casa, no en tu laboratorio! ¿Eres mi esposa o no? ¡Mi hermana no tiene adónde ir! ¿Eso no te cabe en esos sesos resecos que tienes?
Se acercó tanto que sentí el vino agrio en su aliento. Bajó la voz, como si fuera un secreto solo para mí.
—Y no se te ocurra llamar a nadie del gobierno, Diana. Yo sé cosas de tu trabajo que a tus jefes no les gustaría oír. Tú decides.
Me quedé mirándolo un segundo de más, calculando lo que acababa de decir, si era un farol o algo real. No tenía forma de saberlo ahí mismo, y no iba a quedarme a averiguarlo. Me di la vuelta, saqué el celular del bolsillo del abrigo y marqué un número que tenía guardado desde hacía tres años, uno que nunca había necesitado usar: la línea directa de la oficina de vivienda del instituto, atención de emergencias fuera de horario. Me temblaron los dedos sobre la pantalla al buscar el contacto; tuve que borrar y volver a marcar.
—Buenas noches, habla la doctora Diana Rosales, empleado número 4471. Necesito reportar una ocupación no autorizada de una vivienda categoría restringida. Sí, esta noche. Sí, ahora mismo.
Ramón se quedó con el vaso a medio camino de la boca.
—¿A quién le estás hablando?
No le contesté. Colgué, guardé el celular y fui a mi recámara. Saqué del clóset una carpeta azul que Yolanda había empujado hasta el fondo, detrás de sus vestidos: el contrato de uso de vivienda, firmado por los tres —Ramón incluido— hacía tres años, con una cláusula subrayada en amarillo que decía, en inglés y en español, que cualquier tercero no autorizado sería motivo de cancelación inmediata del contrato para el titular y su cónyuge.
Veinte minutos después tocaron el timbre. Dos oficiales de la policía del campus federal, acompañados por el supervisor de vivienda de guardia, un hombre alto de bigote gris que ya me conocía de las juntas trimestrales.
—Doctora Rosales, nos llegó su reporte. ¿Estas son las personas no autorizadas?
—Sí —dije, entregándole la carpeta abierta en la página con la cláusula marcada.
Norma se puso pálida y dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco.
—Espere, esto es un malentendido de familia, oficial, nosotros somos…
—Señora, el contrato es claro —dijo el supervisor, sin levantar la vista de la hoja—. Esta vivienda pertenece al gobierno federal y está asignada exclusivamente a la doctora Rosales y su cónyuge autorizado. Terceros deben abandonar el inmueble esta noche.
Ramón intentó protestar, dio dos pasos hacia el oficial más cercano con el vaso todavía en la mano, y el oficial simplemente levantó una palma abierta.
—Señor, baje la voz o vamos a tener que documentar esto de otra forma.
Yolanda se plantó frente a la puerta con los brazos cruzados y no se movió, como si quedarse inmóvil fuera suficiente para cambiar la orden.
—Yo no salgo de aquí sin mis cosas. Todo lo mío está en esa recámara.
—Señora, puede empacar, pero con uno de nosotros presente —dijo el oficial más joven, ya de pie junto a la puerta de la recámara—. Tiene diez minutos.
Norma empezó a recoger sus cosas de la cocina con las manos temblorosas, murmurando algo sobre "después de todo lo que hicimos por esta familia". El supervisor se quedó cronometrando en su tablet mientras Yolanda metía su ropa a jalones en una maleta que no cerraba bien, y tuvo que sentarse encima para trabar el cierre.
Me quedé parada junto a la puerta de mi recámara mientras cargaban las maletas hacia el pasillo. No ayudé. Tampoco les dije nada cruel. Miré el reloj: las once y cuarenta de la noche, pulso en sesenta y ocho. Más bajo que cuando había llegado.
Cuando la puerta se cerró detrás de los tres, Ramón se quedó parado en medio de la sala, todavía con mis pants puestos, mirando la carpeta azul que yo había dejado sobre la mesa de la cocina.
—Firmaste esto tú también —le dije—. Hace tres años. Con tu nombre.
No contestó. Se sentó en el sillón donde antes había estado su hermana, con la cabeza entre las manos.
Al día siguiente fui a la oficina legal del instituto y firmé la solicitud para retirar a Ramón como cónyuge autorizado del contrato. Esa tarde cambié la clave de la caja fuerte, esta vez sin decírsela a nadie.
Ramón llamó cuatro veces esa noche. No contesté ninguna. A la quinta, mandó un mensaje pidiendo pasar por sus cosas. Le respondí con la dirección de la oficina de vivienda y el horario de atención, de nueve a cinco, de lunes a viernes. Las cajas con su ropa las dejé abajo, en la recepción del edificio, con su nombre escrito en cinta adhesiva.
