**Los duraznos del abuelo Tomás**

Siempre supe que el verano empezaba de verdad cuando el aire de la carretera empezaba a oler a tierra mojada y a estiércol de caballo. Mi papá manejaba la Suburban con una mano, la otra colgando por la ventana, y atrás íbamos mi hermana y yo rebotando como frijoles en un costal. Habíamos salido de Dallas a las cinco de la mañana para llegar al rancho de mis abuelos en Uvalde antes del mediodía.

—Ya mero —decía mi papá cada veinte minutos, y mi hermana gritaba que eso lo había dicho hacía una hora.

A mí no me importaba. Yo iba pegado al vidrio, contando las vacas que se veían desde la carretera, esperando la primera fila de nogales que anunciaba la entrada al pueblo.

La casa de mis abuelos estaba al final de un camino de terracería, detrás de un portón de fierro que siempre rechinaba igual, como si también a él le diera gusto vernos llegar. El abuelo Tomás se paraba debajo del mezquite grande, con el sombrero en la mano y una sonrisa que le arrugaba hasta las orejas. La abuela Chayo salía con el delantal puesto, secándose las manos, y ya se le veía que traía algo en el comal.

Nadie se ponía de acuerdo en quién saludaba primero. Nosotros brincábamos de la camioneta antes de que mi papá apagara el motor. La abuela nos agarraba la cara con las dos manos y decía que estábamos flacos, que en una semana nos componía.

A mí lo que me jalaba era el huerto. El abuelo tenía cuarenta y siete durazneros sembrados en fila, y para principios de junio ya estaban cargados. No había nada mejor que meterse entre las ramas, con el sol en la nuca, y bajar un durazno que todavía estaba caliente del calor de la tarde. Le dabas una mordida y el jugo te escurría por la barbilla, por el cuello, hasta el codo.

Mi papá descargaba las maletas y mi mamá guardaba el mandado, pero a mí me valía. Yo ya iba descalzo rumbo a los árboles, con mi hermana atrás, gritándome que la esperara.

El primer verano que recuerdo con claridad fue el de mis ocho años. Llegamos un sábado y el abuelo me dijo que ese año me iba a enseñar a podar los durazneros.

—¿Para qué? —le pregunté.

Se quitó el sombrero, se rascó la cabeza y me dijo:

—Porque un árbol bien cuidado da fruta más dulce. Y porque alguien tiene que saber hacerlo cuando yo ya no esté.

No le entendí bien entonces. Para mí el abuelo iba a estar siempre, parado junto al mezquite, esperándonos con el sombrero en la mano.

Esa noche comimos pollo en mole, arroz rojo y tortillas recién hechas. Mi hermana se quedó dormida en la sala, con el plato todavía en las piernas. La abuela la cargó como si no pesara nada y la acostó en el cuarto que daba al corral. Yo me quedé afuera, en la mecedora, viendo las luciérnagas.

—¿Sabes cuántos veranos llevas viniendo? —me preguntó el abuelo, sentándose a mi lado.

—¿Cuántos?

—Ocho. Desde que tenías tres meses. Tu mamá te trajo envuelto en una cobija amarilla. Llovió toda la noche y no hubo luz. Tu abuela te arrulló a la luz de una vela.

Yo no sabía esa historia. Me quedé callado, viendo el cerro que se alcanzaba a distinguir contra el cielo morado.

—Por eso esta tierra es tuya también —dijo el abuelo, y me palmeó la rodilla—. Algún día vas a traer a tus hijos.

No dije nada. Solo me quedé viendo las luciérnagas, que parpadeaban como si el monte estuviera vivo.

A la mañana siguiente, el abuelo cumplió su palabra. Me llevó al huerto con una podadora, unas tijeras de mango largo y un par de guantes que me quedaban enormes.

—Mira —dijo, señalando una rama que se cruzaba con otra—. Esto hay que quitarlo. Si la dejas, le roba la fuerza al árbol. Todo lo que no sirve, le estorba a lo que va a dar fruta.

Pasó la podadora por la rama y el corte quedó limpio, blancuzco, con una gotita de savia brillando al sol.

—Ahora tú.

Me dio las tijeras y me señaló una rama delgada, quebradiza, que apuntaba hacia abajo.

—Esa ya se secó. Córtala.

Yo dudé. No quería lastimar al árbol. Entonces el abuelo me puso la mano en el hombro y me dijo:

—No le estás haciendo daño. Le estás haciendo un favor. Para que el año que entra cargue más.

Corté la rama. Sonó como un chasquido seco. El abuelo se cruzó de brazos y me dijo que ya era todo un ranchero.

Esa noche, mientras cenábamos, la abuela contó que mi papá, de niño, se había subido a un duraznero y se había quebrado el brazo. Mi papá se defendió diciendo que el abuelo le había dicho que no se subiera, pero que él quería bajar el durazno más grande del árbol.

—Y por eso terminaste enyesado todo el verano —dijo la abuela, sirviéndole más mole—. Ni al río fuiste.

Mi hermana se rió con la boca llena y mi papá le lanzó una tortilla enrollada. El abuelo solo movió la cabeza, sonriendo.

Así eran los veranos. Sin horarios, sin lista de actividades. Uno se levantaba y no sabía si iba a ir al río, a ayudar a ordeñar, a subirse al tractor o a quedarse tirado en el pasto viendo las nubes. Y cualquiera de esas cosas estaba bien.

El último verano que pasé completo en el rancho fue el de mis quince años. Ya no éramos niños. Mi hermana se la pasaba en el teléfono, subiendo fotos al Instagram, y yo andaba en una etapa de no querer hacer nada. Me molestaba hasta el canto de los gallos a las cinco de la mañana.

—¿Por qué no mejor nos quedamos en Dallas? —le dije a mi mamá una noche, una semana antes de irnos.

Ella me contestó sin dejar de doblar la ropa:

—Porque tu abuelo no te va a esperar toda la vida.

No entendí lo que quiso decir hasta que llegamos al rancho y vi al abuelo más delgado, con unas manchas oscuras en las manos, pero con la misma sonrisa de siempre, parado debajo del mezquite.

—¿Ya mero aprendiste a podar? —me preguntó.

—Ya mero —dije yo, y los dos nos reímos.

Ese domingo llovió en la noche. Me desperté con el ruido del agua en el techo de lámina, como si alguien estuviera echando puños de frijol sobre la casa. Me asomé por la ventana y vi al abuelo en el porche, sentado en una silla de madera, viendo la lluvia caer.

Salí sin pensar. Me senté a su lado.

—¿No tiene sueño? —le pregunté.

—A mi edad se duerme poco —dijo—. Y la lluvia me recuerda otras noches. Cuando tu abuela y yo llegamos aquí, no había ni casa. Solo un jacal de láminas. Y llovió tan fuerte la primera noche que nos mojamos los dos, parados, abrazados debajo de una lona.

Se quedó callado un momento, escuchando el agua correr por las canales.

—Todo esto —dijo, moviendo la mano hacia el huerto, hacia el corral, hacia la casa— lo hicimos juntos. Cada árbol, cada poste de la cerca. Tu abuela cargaba piedras cuando yo no podía.

No supe qué decirle. Entonces él me habló en un tono distinto, más serio:

—Cuando yo ya no esté, esto te toca a ti. No a tu papá. A ti.

—¿Por qué a mí?

—Porque tú eres el que nunca ha dejado de venir. El que se sabe el nombre de cada árbol.

No era cierto que me supiera el nombre de cada árbol. Pero él parecía creerlo.

—Quiero que lo cuides —siguió—. Que no lo vendas. Que traigas a tus hijos a comer duraznos.

Miré la lluvia, que destellaba con los relámpagos lejanos, y le dije que sí. Que lo iba a cuidar.

El abuelo murió en octubre, dos meses después de que empezara mi último año de prepa. Yo estaba en clase de química cuando entraron a avisarme. Mi papá me esperaba afuera, en la Suburban, con los vidrios empañados. No nos dijimos nada en todo el camino a Uvalde.

El rancho no se sentía vacío. Se sentía como si el abuelo hubiera salido al huerto y fuera a regresar en cualquier momento. La abuela estaba sentada en la cocina, con las manos cruzadas sobre el delantal, mirando hacia la ventana. Mi papá se arrodilló frente a ella. Mi hermana lloraba en la sala. Yo salí al huerto.

Ahí estaba. Cuarenta y siete durazneros. Todavía con unas ramas que el abuelo no había alcanzado a podar.

Agarré una fruta y le di una mordida. El jugo me supo a verano.

El testamento se leyó en noviembre, en una notaría de San Antonio. Ahí estaban mi papá, mis dos tíos, la abuela y un abogado que no paraba de sonarse la nariz.

El abogado abrió un sobre café y empezó a leer. La casa y los cuarenta acres pasaban a nombre de la abuela, con una condición: que no se vendieran mientras ella viviera. Los otros dos terrenos, los que daban a la carretera, se repartían entre los hijos. Y luego dijo algo que me hizo soltar el aire que había estado aguantando:

—El huerto de duraznos, las cuarenta y siete parcelas de árboles frutales, pasan a nombre de mi nieto, el mayor de los hijos de mi hijo Ricardo.

Ese era yo.

Mi papá se puso serio. Mis tíos se voltearon a verme como si no me reconocieran. Mi abuela, en cambio, me sonrió desde el otro lado de la mesa, con los ojos aguados.

—¿Y por qué el huerto? —preguntó mi tío Héctor, el mayor—. Eso es tierra. Vale dinero.

—Pues eso dice el testamento —contestó el abogado—. Y está firmado, notariado, con fecha de julio del año pasado.

Salí de la notaría sintiendo que traía una doble responsabilidad. Por un lado, el huerto era yo: mi infancia, los veranos, las historias del abuelo. Por otro, sabía que mi tío Héctor no iba a dejar las cosas así.

Y no las dejó.

La primera pelea fue por teléfono. Mi mamá me dijo que no me metiera, que los adultos lo iban a resolver. Pero yo ya tenía diecisiete años y un testamento a mi favor. No podía no meterme.

Mi tío Héctor llegó al rancho un sábado de diciembre, con mi prima Daniela, una chamarra de esas carísimas y una actitud de dueño que me dolió más que sus palabras. Saludó a la abuela de piquito y luego me llamó aparte.

—Mira —dijo, con la voz baja, pero firme—. Lo del testamento está mal. Tu abuelo no andaba bien de la cabeza. Ese huerto le pertenece a la familia, no a un muchacho de secundaria.

—Voy en prepa —le contesté, idiota, porque no se me ocurrió nada mejor.

—Como sea. Vas en prepa. ¿Qué vas a hacer con cuarenta y siete durazneros? ¿Vender la fruta? ¿Contratar gente? No sabes nada de esto.

—Mi abuelo me enseñó a podar.

—Podar no es administrar.

Se cruzó de brazos y me miró igual que se mira a un perro que se orinó en la sala.

—Te propongo algo —dijo—. Yo te compro el huerto. Veinticinco mil dólares. Ya está. Con eso pagas tu universidad, te compras un carro, te olvidas del rancho. Todos felices.

Yo me reí, pero por dentro estaba temblando.

—El abuelo me dijo que no lo vendiera.

—Tu abuelo decía muchas cosas.

—Veinticinco mil no alcanzan ni para tres semestres.

—Pues es lo que hay. Piénsalo.

Me dejó parado junto al mezquite, sintiendo que se me subía la sangre a las orejas. Mi abuela salió al rato, con dos cafés en la mano, y me preguntó que qué habíamos hablado.

—Nada —le dije—. Cosas de negocios.

Ella me miró por encima de los lentes y me dio uno de los cafés.

—Tu tío siempre fue así. Desde chiquito. Se quería quedar con todo.

No dije nada. Me tomé el café despacio, quemándome la lengua a propósito, para no tener que hablar.

En enero, mi tío cambió de estrategia. Ya no me ofreció dinero. Me mandó una carta de un abogado, en papel membretado, donde decía que iban a impugnar el testamento. Que el abuelo no estaba en sus facultades mentales cuando lo firmó. Que yo, siendo menor de edad, no podía hacerme cargo de una propiedad agrícola sin un tutor legal.

—¿Y qué hago? —le pregunté a mi papá, enseñándole la carta.

Él la leyó dos veces. Luego la puso sobre la mesa y me miró con una calma que no le había visto en años.

—Nada. Será lo que el abogado diga. Yo no tengo dinero para pelear un juicio.

—¿Pero me van a quitar el huerto?

—No te lo pueden quitar así nomás. Pero te lo pueden hacer difícil.

Y me lo hicieron difícil. Mi tío empezó a hablar mal de mí con la familia, a decir que yo me estaba portando mal con la abuela, que no la visitaba, que solo había venido a recoger mi herencia y a largarme. Llamaba a mi mamá a cualquier hora, le decía que yo le andaba contando mentiras a la abuela, que la quería manipular.

Todo eso, mientras yo seguía yendo a la escuela, trabajando los fines de semana en una pizzería para sacar para la gasolina, y manejando hasta Uvalde cada quince días para ver a la abuela y revisar el huerto.

La abuela fue la que se cansó primero.

—¿Ya vas a parar? —le gritó por teléfono a mi tío una tarde, mientras yo estaba ahí, en la cocina, armando un rompecabezas con mi hermana—. Tu papá dejó ese huerto a tu sobrino porque quiso. Porque lo vio crecer entre las ramas. Porque sabe que tú lo primero que harías sería venderlo.

No sé qué le contestó mi tío, pero la abuela colgó el teléfono de golpe y se sentó, con las manos temblando.

—Dios mío, cómo cambia la gente —dijo, más para ella que para nosotros.

En marzo, el huerto floreció. Yo manejé hasta Uvalde un domingo temprano, sin avisar. Me bajé de la Suburban y me quedé parado junto al portón de fierro, viendo los cuarenta y siete durazneros llenos de flores rosadas. Se oía el zumbido de las abejas. Olía a miel y a tierra húmeda.

Mi abuela salió al porche con un suéter beige y una canasta de mimbre.

—¿Viniste a ver las flores?

—Sí —dije.

—Tu abuelo decía que la flor del durazno huele a esperanza.

Me quedé un rato callado, viendo los árboles. Luego le pregunté:

—¿Usted cree que el huerto es mío?

—Yo no creo. Yo sé.

—Entonces, ¿por qué mi tío me lo quiere quitar?

—Porque para él es solo tierra. Para ti es otra cosa.

Esa tarde me llevó al cobertizo, el que estaba detrás del corral, el que yo nunca había abierto. Adentro había herramientas viejas, costales, una bicicleta roja de mi papá, y una caja de madera con el nombre de mi abuelo tallado a navaja.

—Tu abuelo me dijo que si algo pasaba, te diera esto.

Abrí la caja. Adentro había un cuaderno grueso, de esos de contabilidad, con las páginas amarillentas. En la primera hoja decía: *"Si estás leyendo esto, ya no estoy. El huerto es tuyo. No lo vendas."*

Debajo, con letra temblorosa, había una lista. Cuarenta y siete filas. Cada una con el número de un árbol, la fecha en que fue plantado y una descripción corta. *"Árbol 12: durazno melocotón, le gusta más agua."* *"Árbol 27: se le cae la fruta si no lo podas en luna llena."* *"Árbol 35: el más dulce de todos, lo sembré el día que naciste."*

Me quedé sentado en el piso del cobertizo, con el cuaderno en las piernas, leyendo cada línea. Mi abuela se sentó a mi lado, en un banco de madera, y no dijo nada.

El juicio fue en mayo, en la corte del condado de Uvalde. Mi tío Héctor llevó a su abogado, a un supuesto perito que había evaluado al abuelo y que juraba que ya no estaba en sus cabales cuando firmó el testamento. Mi papá no pudo entrar conmigo porque no era parte formal del caso. Mi abuela sí, la dejaron sentarse en primera fila.

El abogado de mi tío habló una hora. Dijo que yo era un muchacho sin experiencia, que no podía administrar una propiedad productiva, que el testamento era irregular, que mi abuelo había firmado en un momento de demencia senil.

Luego me tocó a mí.

No llevaba abogado. No tenía dinero para uno. Me representaba yo solo, con un cartapacio de hojas sueltas y el cuaderno del abuelo bajo el brazo.

—Señor juez —dije, con la voz que se me cortaba—. No soy abogado. No sé de leyes. Pero sé de duraznos. Y sé que mi abuelo no estaba loco cuando firmó el testamento, porque ese día me enseñó a podar los árboles. Me dijo por qué cada corte importaba. Me dijo cuáles estaban enfermos y cuáles no. Se acordaba de todos. De los cuarenta y siete.

Le enseñé el cuaderno.

—Esto lo escribió después de que firmó. Tiene fecha de la misma semana. Cada árbol, con su historia. Un hombre que no está en sus cabales no escribe cuarenta y siete descripciones.

El juez me miró por encima de los lentes, igual que la abuela. Luego miró el cuaderno.

—¿Y qué piensa hacer usted con esa propiedad, joven?

—Cuidarla. Podarla. Vender la fruta. Y no venderla nunca.

No supe si dije lo correcto. Solo supe que dije lo que sentía.

El juez anotó algo en una libreta y levantó la sesión. Dijo que daría el fallo en una semana. Mi tío salió primero, sin verme. Mi abuela me esperó afuera, con la canasta de mimbre llena de duraznos.

—Te compré un refresco —dijo.

Era un Sidral Mundet de manzana, mi favorito de niño.

El martes siguiente sonó el teléfono de la casa. Mi mamá contestó, escuchó, y me pasó el teléfono con la mano temblando.

Era el secretario de la corte. El juez había rechazado la impugnación. El testamento era válido. El huerto era mío.

Colgué y me quedé parado en la cocina, sin saber qué hacer. Mi hermana gritó. Mi mamá lloró. Mi papá me palmeó la espalda, fuerte, como si me estuviera reanimando.

Al otro día, mi tío Héctor llegó al rancho. Yo estaba en el huerto, con el cuaderno del abuelo abierto en la página del árbol 35. Lo vi acercarse desde lejos, pateando piedras, con las manos en los bolsillos de la chamarra.

—¿Ya estás contento? —me dijo.

No le contesté. Seguí leyendo.

—Nos partiste a la familia —insistió—. Por un puñado de árboles.

—Cuarenta y siete —dije, cerrando el cuaderno—. Y no fui yo quien empezó.

Se quedó callado. Por un momento me pareció que iba a decir algo más, algo que no fuera un reproche. Pero no. Dio media vuelta y se fue, igual que había llegado, pateando piedras.

Ese verano vendí la primera cosecha como dueño legítimo. La fruta se la llevó un comprador de San Antonio, y al final, entre la venta y los duraznos que me quedé, saqué lo suficiente para pagar mis tres primeros semestres de horticultura en la universidad. Nunca había llorado por dinero, pero ese día, cuando deposité la ganancia en la cuenta del banco, no pude hablar. Le enseñé a mi mamá el recibo y ella me abrazó fuerte, callada, como si no quisiera soltarme.

Mi tío Héctor, mientras tanto, había heredado su parte de los dos terrenos que daban a la carretera, junto con mi papá y mi otro tío. Pero esos terrenos estaban divididos entre los tres, y él quería venderlos completos, de una sola pieza, a un comprador que le ofrecía buen precio si conseguía las tres firmas juntas. Mi papá no quería vender. Mi otro tío tampoco.

Le mandé un mensaje una semana después, en Navidad, cuando estábamos cenando en el rancho y la abuela nos servía chocolate caliente:

*"Te compro tu parte de los terrenos de la carretera. Veinticinco mil dólares. Es lo que tú me ofreciste por el huerto. La diferencia es que yo sí te estoy dando el valor justo por algo que de verdad es tuyo."*

No me contestó esa noche. Pero en enero llegó al rancho, firmó los papeles frente al abogado de la familia, y no nos dirigimos la palabra más que para lo estrictamente necesario. La abuela no dijo nada. Solo se sentó, tomó su chocolate y miró hacia el huerto.

Dos semanas después, mi abuela mandó a llamar a todos a la casa. Cuando estuvimos sentados a la mesa, sacó los papeles del banco y nos dijo:

—Voy a vender la casa. No toda. Solo la parte que da a la carretera. Con eso pongo una beca para que los nietos de Tomás estudien. Y con lo que sobre, me voy a un asilo.

Mi papá se levantó de un salto. Mi tío Héctor se puso pálido.

—En un asilo no —dijo mi papá—. Usted se queda aquí.

—Ya estoy cansada —contestó ella—. Ya viví mi vida. Ahora quiero descansar sin pleitos.

A final de cuentas, mi abuela no se fue al asilo. Mi papá le construyó una recámara nueva en la casa de Dallas, con ventanas que daban al jardín, y mi hermana y yo nos turnábamos para visitarla cada fin de semana. Le llevábamos duraznos del rancho. Ella los partía en rebanadas, les ponía chile y limón, y se los comía despacio, con los ojos cerrados.

—Sabe a tu abuelo —decía.

Ahora tengo veintitrés años. Sigo estudiando horticultura. Sigo cuidando los cuarenta y siete durazneros. Cada vez que manejo de Dallas a Uvalde, lo primero que hago al llegar es abrir el portón, pararme junto al mezquite y respirar hondo, para ver si el aire todavía huele a tierra mojada.

Casi siempre lo hace.

El año pasado, mi prima Daniela vino al rancho con sus dos hijos. Yo estaba en el huerto, subido en una escalera, bajando duraznos. La vi caminando despacio por la fila de árboles, con los niños corriendo delante.

—¿Me regalas uno? —gritó desde abajo.

Le lancé un durazno. Lo atrapó al vuelo y le dio una mordida.

—Está bueno —dijo, con la boca llena.

—Es del árbol 35 —le dije, bajando de la escalera—. El más dulce de todos.

Se lo conté al niño, que me miraba con los ojos muy abiertos.

—¿Sabes cuántos duraznos hay aquí? —le pregunté.

—¿Cuántos?

—Cuarenta y siete árboles. Y cada uno tiene su nombre.

—¿Y este?

—Este se llama como tú.

El niño se rió, incrédulo. Luego se metió corriendo entre las filas, persiguiendo a su hermana, gritando que quería bajar uno él solo.

Me quedé viéndolos, con el cuaderno del abuelo en las manos, manchado de jugo en la esquina de una página. Pasé el pulgar por encima de la mancha vieja, ya seca, y busqué la fila del árbol 12, el que necesitaba más agua ese mes.

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