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Valentina Reyes llegó a la Secundaria César Chávez, en el corazón del Este de Los Ángeles, un lunes de agosto, dos semanas antes del inicio de clases. Tenía
El portazo del maletero de la camioneta me arrancó del sueño como un balazo. Miré el reloj de la mesita: 7:48 de la mañana. Sábado. Mi único día
Margarita supo que Valentina se iba en serio cuando vio la caja con los discos de vinilo. Su hija siempre había tratado esas cosas como cachivaches: heredó la
Conocí a Valentina en un concierto en el centro de Los Ángeles, un sábado de agosto. El sudor, la cerveza tibia, el bajo retumbando en el pecho. Ella
El reloj marcaba las dos de la mañana cuando la fiebre me golpeó como un camión de carga. Para el amanecer, ni siquiera podía levantar la cabeza de
El frío ya no se sentía. O quizá sí, pero el cuerpo de Carmela había dejado de protestar. Llevaba tres días sin comer nada caliente. La pequeña estufa
A los cuarenta y tres años, Andrés había aprendido que la paternidad no se mide en fotos de Instagram. Se mide en las ojeras que llegan hasta el
El aroma a canela y manzana horneada todavía flotaba en el aire de nuestro apartamento en Hialeah cuando sentí que la sangre me hervía. Andrés había soltado la
Ese sábado de agosto el termómetro del banco marcaba 104 grados, y el aire acondicionado del autobús número 18 se había rendido antes del mediodía, así que a
Esa mañana, el café ya no olía igual Diez años. Una década entera despertándome con el mismo aroma de café colombiano, el mismo ruido de la cafetera y
