El apartamento que devolví con las llaves puestas

Faltaban cuatro días para el Día de Acción de Gracias cuando llegué al apartamento en Bayamón y encontré las maletas de Yolanda ya hechas, puestas en fila junto a la puerta como si esperaran un taxi. Yo venía de terminar un turno doble en el taller — dieciséis horas entre aceite de motor y el calor de noviembre pegado a la camisa — y lo último que esperaba era eso.

—¿Nos mudamos? —preguntó ella, todavía con las llaves del carro en la mano.

—No nos mudamos. Yo me voy —le dije, sin mirarla, doblando mi ropa de trabajo.

—Camilo, esto no es gracioso.

—No estoy bromeando, Yoli.

Y ahí fue cuando lo solté, así, sin anestesia: que había vuelto a ver a Patricia, mi novia de la high school en Caguas, que nos habíamos encontrado en una gasolinera de la PR-52 hacía dos semanas y que desde entonces algo se había reacomodado dentro de mí, algo que llevaba ocho años dormido.

Sé cómo sonó. Sé cómo suena ahora, contándolo yo mismo. Un hombre que agarra sus camisas y se va tres días antes de una fecha que su pareja llevaba semanas planeando, con el pavo ya comprado y descongelándose en la nevera. No tengo forma de maquillar eso. Lo que sí puedo decir es lo que yo cargaba adentro y que Yolanda nunca llegó a ver, porque nunca se lo dije bien dicho.

Llevábamos un año viviendo juntos, íbamos a casarnos en la primavera — ya habíamos apartado el salón en Dorado —, y sin embargo yo pasaba las noches despierto sintiendo que estaba actuando en una obra que no había elegido. No es que no quisiera a Yolanda. La quería, de una manera tranquila, de sofá y de rutina compartida. Pero con Patricia había algo distinto: los mensajes de texto a las once de la noche, la risa que se me quedaba pegada todo el día siguiente, la sensación de tener diecisiete años otra vez, antes de las facturas, antes de la hipoteca que estábamos por firmar.

Cobarde, sí. Ahora lo sé. Debí sentarme con ella, decirle "tengo dudas, necesito tiempo, hablemos", como hacen los adultos. En cambio agarré las camisas y salí por esa puerta sin voltear, porque mirarla a la cara mientras lloraba era algo que en ese momento no soportaba hacer.

Me fui a un motel en la Kennedy esa noche. Al día siguiente, a la casa de mi hermano en Caguas, tres cuadras de donde vivía Patricia. Apagué el teléfono. No porque no me importara lo que Yolanda estuviera sintiendo — me importaba, y por eso mismo no aguantaba verlo —, sino porque no tenía ni una sola respuesta decente que darle si me llamaba llorando.

Patricia y yo no duramos ni cinco semanas.

Fue el 2 de enero, exactamente. Estábamos en su carro, afuera de un Denny's en Caguas, y ella me dijo algo que se me quedó grabado: "Camilo, tú no estás aquí conmigo. Tú sigues en esa sala con ella, nomás que con el cuerpo aquí." Tenía razón. Lo que yo había sentido en la gasolinera no era amor recuperado — era pánico disfrazado de nostalgia, miedo a firmar una hipoteca y a un compromiso de verdad, vestido con la cara de una novia de dieciséis años que ya ni siquiera existía. Patricia terminó ahí mismo, en el estacionamiento, y se bajó del carro sin voltear a ver atrás.

Me tomó dos semanas más de vergüenza pura reunir el valor para llamar a Yolanda. No para pedirle que volviéramos — sabía que eso ya no existía, que lo había roto con mis propias manos la noche que hice las maletas — sino para al menos decirle la verdad completa, la que le debía desde noviembre.

Me contestó al cuarto timbre.

—¿Qué quieres, Camilo?

—Necesito hablar contigo. En persona, si puedes.

—No puedo.

—Yoli, por favor.

Hubo un silencio largo. Y entonces:

—El apartamento ya no es tuyo. Cambié la cerradura la primera semana de diciembre. Fui a Legal Aid en Bayamón y una abogada me explicó que como el contrato de alquiler estaba a mi nombre, tenía todo el derecho. Tus cosas están en tres cajas en el cuarto de mi hermana. Puedes pasar por ellas el sábado a las diez, ella va a estar ahí.

—Yolanda, yo solo quería…

—Ya sé lo que querías. Yo también quería algo, Camilo: quería casarme en abril con un hombre que no se iba a ir corriendo la primera vez que le entrara miedo. Ya me enteré, por cierto, lo de Patricia. Caguas es un pañuelo.

Me quedé con el teléfono pegado a la oreja sin saber qué decir.

—El sábado —repitió—. A las diez. Y Camilo: no llames más a este número después de eso.

El sábado fui al edificio en Bayamón. La cerradura efectivamente era otra: una Kwikset nueva, todavía con el brillo de fábrica. Toqué el timbre de la hermana, Marisol, que me abrió la puerta sin decir palabra, señaló las tres cajas apiladas junto al zafacón del pasillo y me extendió un sobre. Adentro había un papel con los números de mi seguro social, mi licencia y una nota escrita a mano: "Camilo — esto es todo lo que quedaba en el buzón a tu nombre. Ya avisé al correo que te desvíen la correspondencia a la dirección de tu hermano. El pavo lo regalé a la señora del 4B, tiene cinco nietos y no tenía nada para Nochebuena. Yolanda."

Marisol me miró con los brazos cruzados.

—Ella no está. No va a bajar. No insistas.

No insistí. Cargué las tres cajas hasta mi carro, un Corolla del 2015 con ciento diez mil millas encima, y las puse en el asiento de atrás. Al arrancar vi, por el retrovisor, que Marisol seguía parada en la puerta del edificio, viéndome irme, hasta que doblé la esquina de la avenida Betances y ya no pude verla más.

Nunca volví a ese apartamento. Nunca volví a tener ese número de teléfono. Yolanda se casó tres años después, me enteré por un primo, con un ingeniero de Guaynabo, y según dicen le fue bien. Yo sigo en el taller de Caguas, ahora como gerente, y todavía tengo esas tres cajas en el clóset de mi cuarto. Una de ellas sigue cerrada con la misma cinta plástica que Marisol le puso ese sábado, arrinconada detrás de las botas de invierno que casi nunca uso, y cada vez que muevo algo ahí adentro, la esquina de la caja se me atora en la manga de la camisa.

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Odissea
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