Julia leyó la invitación en el chat del trabajo y sintió una alegría pequeña, casi culpable.
„Sábado, 18:00, café Menta. Música, tarta y karaoke. ¡Sin excusas!”
Tenía treinta años, dos hijos, un divorcio y una silla de oficina que sabía más de su espalda que cualquier hombre en los últimos tiempos. Su hija Alba quería trenzas de princesa. Mateo, de cuatro años, escondía zapatos como si fuera su misión.
El sábado, su ex, Pablo, llegó dos horas tarde. Julia casi no fue. Pero se puso un vestido azul, se miró al espejo y decidió que una hora no la convertía en mala madre.
En el café, sus compañeras brindaban. La cumpleañera, Clara, la abrazó.
— Has venido. Estás preciosa.
Julia sonrió, escuchó, bebió zumo. Entonces el cantante empezó una canción antigua. Una que sonaba cuando ella estudiaba y creía que el amor bastaba.
Lloró.
El cantante se llamaba Diego. Al día siguiente le escribió:
„Café? Negro, sin azúcar, si te gusta la verdad sencilla.”
Durante dos semanas, Diego fue ternura. Flores, mensajes, canciones, preguntas sobre Alba y Mateo. Decía:
— No me asustan tus hijos. Me asusta que alguien te haya hecho pensar que ya no puedes ser elegida.
Julia quiso creerle.
Su madre no.
— Hija, después de un divorcio, cualquier caricia parece destino.
Julia se enfadó.
Una noche decidió sorprenderlo. Dejó a los niños con su madre y fue al café.
Diego no estaba cantando.
Estaba junto a una columna con una mujer elegante. Reían. Él le tomó la mano. Después entraron por la puerta de servicio.
Julia se marchó.
En el portal estaba Pablo. Ojeroso, nervioso, enfadado.
— ¿Dónde estabas?
— Ya no tienes derecho a preguntarme.
— Los niños preguntaban por ti.
Julia sintió una rabia fría.
— ¿Ahora descubres que preguntan? Tú llevas un año apareciendo cuando te conviene.
Pablo bajó la mirada.
— Hoy no sabía cómo calmar a Mateo. No sabía qué cuento quería Alba. Me di cuenta de que he sido padre solo en las fotos.
Julia subió. Los niños dormían. Alba abrazaba su pañuelo. Mateo tenía un calcetín en la mano. Julia lloró en el pasillo, no por Diego, sino por lo mucho que había deseado ser vista.
Al día siguiente Diego explicó que la mujer era la dueña del local y hablaban de un contrato. Quizá era verdad.
Julia lo vio en un parque.
— No sé si hiciste algo malo — dijo. — Pero yo sí. Te convertí demasiado rápido en una salida de emergencia.
— ¿Y ahora?
— Ahora aprendo a no huir de mi propia vida.
Pablo empezó a estar más presente. No como marido. Como padre. Julia volvió a salir, pero ya no para que alguien la rescatara. Tomó clases de baile, se compró flores y dejó de pedir perdón por necesitar silencio.
Un día Alba le preguntó:
— Mamá, ¿estás feliz?
Julia sonrió.
— Estoy volviendo.
Y por primera vez, eso le pareció suficiente.
