— Me dejaste por una mujer que decía que yo parecía tu madre. ¿Y ahora vuelves con una maleta? — preguntó Pilar. — ¿Te han contado lo que ofrecen por la antigua escuela?
Ernesto dejó la maleta junto al portón.
— He vuelto porque me equivoqué.
— Qué casualidad. Te has dado cuenta justo cuando los periódicos hablan de dinero.
Pilar tenía cincuenta y ocho años y había trabajado durante media vida en una gestoría de Valladolid. Ernesto dirigía un pequeño almacén de suministros para hostelería.
Durante treinta años, Pilar se ocupó de casi todo lo que no aparecía en las fotografías familiares. Las citas médicas de los padres de Ernesto, las facturas, los cumpleaños, las reparaciones y las comidas de los domingos.
No tuvieron hijos. Al principio les dolió. Después aprendieron a no hablar del tema.
Pilar soñaba con mudarse a un pueblo del norte. Quería una casa sencilla, lluvia en los cristales y una cocina grande donde pudiera recibir a sus sobrinos.
Ernesto siempre se burlaba.
— Tú has visto demasiados programas de reformas.
— Solo quiero una vida un poco distinta.
— A nuestra edad ya no se empieza nada.
Sin embargo, él sí empezó algo.
Se llamaba Verónica, tenía treinta y dos años y trabajaba como responsable de eventos en uno de sus hoteles clientes.
Ernesto comenzó a llegar tarde, a comprar perfumes caros y a cuidar de pronto el aspecto de sus zapatos.
Cuando Pilar le preguntó directamente, él no lo negó.
— Con Verónica siento que todavía puedo sorprender a alguien.
— A mí también podrías sorprenderme llegando a cenar a la hora que dices.
— Ese es el problema. Todo lo conviertes en rutina.
Se marchó una semana después.
Pilar pasó casi un año en el mismo piso. No cambiaba los muebles ni retiraba la taza de Ernesto del armario. Era como si una parte de ella siguiera esperando una explicación mejor.
Entonces su sobrina Lucía le envió un anuncio.
En un pueblo de Asturias se vendía una antigua escuela rural. Tenía dos aulas, una vivienda pequeña y un patio cubierto de maleza. El tejado necesitaba arreglo y el edificio llevaba cerrado doce años.
— Es una locura — dijo Lucía.
— Puede ser.
— ¿Vas a comprarla?
— Sí.
Pilar vendió el piso, pidió un préstamo y se mudó. Convirtió una de las aulas en comedor y la otra en una sala con libros, juegos de mesa y una estufa de hierro.
Al principio quería abrir una casa rural.
Pero el primer invierno una tormenta dejó incomunicados a varios vecinos. Pilar preparó sopa, encendió la estufa y abrió las puertas.
A partir de ese día, la antigua escuela se convirtió en algo más.
Los mayores del pueblo iban a leer el periódico. Los jóvenes que trabajaban a distancia utilizaban una mesa junto a la ventana. Una vez al mes, Pilar organizaba una comida para personas que vivían solas.
Lucía se trasladó allí para ayudarla.
El lugar empezó a aparecer en blogs de viajes. Un empresario de Madrid propuso comprar el edificio para convertirlo en un alojamiento de lujo.
La oferta era enorme.
Pilar pidió tiempo.
Una semana después, Ernesto apareció bajo la lluvia.
Verónica se había marchado a Barcelona con otro hombre. El almacén de Ernesto acumulaba deudas y él había vendido su coche.
— Me he acordado mucho de ti — dijo.
— ¿Antes o después de leer la noticia?
— No seas cruel.
— Cruel fue hacerme creer durante meses que yo era el problema.
Ernesto recorrió el comedor con la mirada.
— Esto era nuestro sueño.
— No. Era el mío. Tú decías que era una tontería.
— Podría ayudarte a gestionar el negocio. Conozco el sector. Y si aceptas la oferta, puedo negociar una cantidad mayor.
Pilar soltó una carcajada.
— Ahí está el Ernesto que recuerdo.
— Solo intento protegerte.
— He aprendido a protegerme desde que te fuiste.
Le explicó que había rechazado la venta. Junto con Lucía y cuatro vecinos, había creado una cooperativa. La escuela no podía venderse sin el acuerdo de todos.
— ¿Has rechazado ese dinero?
— Sí.
— Pilar, podrías vivir sin preocupaciones.
— Ya vivo sin la preocupación de que mi marido me mienta. Es un buen comienzo.
Ernesto bajó la voz.
— No tengo dónde quedarme. Solo necesito unos meses.
Pilar miró hacia la habitación de invitados. Estaba preparada para una mujer del pueblo que saldría del hospital al día siguiente y no podía pasar sola la primera semana.
— La habitación está ocupada.
— ¿Por quién?
— Por alguien que no viene a quitarme nada.
Ernesto recogió su maleta.
Antes de marcharse, se quedó bajo el alero.
— ¿De verdad no queda nada entre nosotros?
Pilar pensó en las noches en que había esperado el sonido de sus llaves.
— Queda la mujer que fui contigo. Pero ya no vive aquí.
Cerró la puerta con suavidad.
Dentro, Lucía colocaba platos en la mesa grande.
— ¿Cuántos seremos esta noche?
Pilar contó las sillas.
— Uno menos de los que él esperaba. Uno más de los que yo tenía antes.
