La niña que llegó con azúcar

Me llamo Beatriz, tengo setenta y dos años, y mi casa volvió a tener risa el día en que una niña de siete años tocó mi puerta con una taza azul en las manos.

Hasta entonces, mis días en Querétaro eran tranquilos. Demasiado tranquilos. Me levantaba a las seis, preparaba café de olla más cargado de lo recomendable, regaba mis macetas del patio y hablaba con ellas como si fueran comadres.

— A ver, bugambilia, no te hagas la ofendida — le decía. — Te puse agua, te quité hojas secas y hasta te dije bonita. ¿Qué más quieres?

Desde que murió mi esposo, Julián, doce años atrás, la casa parecía haber crecido. La misma sala, la misma cocina, el mismo patio con azulejos viejos. Pero el silencio lo hacía todo enorme. La mesa para seis era demasiado grande para mi plato. El sillón junto a la ventana seguía esperando a alguien que ya no iba a llegar.

Yo no era una mujer triste.

Era una mujer acostumbrada a no hacer ruido.

Una tarde de octubre, mientras intentaba convencer a un rosal de que no se rindiera nomás porque venía el frío, sonó el timbre.

Abrí.

En la puerta estaba una niña chiquita, con rizos alborotados, pecas en la nariz y una taza azul enorme sostenida con las dos manos.

— ¿Usted es la señora que platica con las plantas?

Me quedé viéndola.

— Depende. ¿Vienes de parte de las plantas a quejarte?

Ella levantó la taza.

— Traigo azúcar.

— ¿Azúcar?

— Sí.

— ¿Y por qué?

— Mi mamá dijo que usted es muy dulce, pero vive solita. Entonces pensé que tal vez se le estaba acabando.

Solté una carcajada tan fuerte que mi gato Jacinto salió corriendo como si hubiera visto al diablo.

— Tu mamá tiene sentido del humor.

— Tiene mucho trabajo — respondió la niña. — Pero sí dice cosas chistosas cuando no está tan cansada.

Se llamaba Camila y vivía dos casas más adelante con su mamá, Daniela. Su abuela había fallecido hacía tiempo y su papá no aparecía. Daniela trabajaba en una farmacia y luego hacía pedidos de repostería por las noches. Camila era una niña de esas que parecen pequeñas, pero miran como si ya hubieran entendido varias cosas difíciles.

La invité a pasar.

Le hice chocolate caliente. Caminó por la sala mirando las fotos hasta detenerse frente a la de Julián.

— ¿Quién es?

— Mi esposo.

— ¿Se murió?

— Sí.

— ¿Y todavía lo quiere?

— Muchísimo.

— ¿Dónde está?

— En mi corazón.

Camila se quedó pensando.

— ¿Y no le hace cosquillas?

Me reí como hacía años no me reía.

Desde ese día comenzó a venir seguido.

Siempre traía una excusa.

— ¿Tiene sal?

— ¿Tiene resistol?

— ¿Tiene una cuchara grande?

— ¿Tiene listón?

Un día llegó muy seria.

— ¿Tiene un dragón?

— No, mi cielo.

— Bueno. Mi maestra dijo que usemos la imaginación, pero yo quería verificar.

Mi casa empezó a cambiar. En el refrigerador aparecieron dibujos. En la mesa había vasos pequeños junto a mis tazas. Mis plantas recibieron nombres: la sábila era Doña Picos, el rosal era Señor Dramático, la escoba se llamó La Flaca Voladora y mi gato Jacinto terminó bautizado como Pan con Bigotes.

Jacinto fingía desprecio, pero cuando Camila tardaba, se sentaba frente a la puerta.

Una tarde hicimos galletas.

— Yo mezclo — dijo ella.

— Despacito.

Cinco minutos después había harina en la mesa, en el piso, en mis lentes y hasta sobre el marco de la foto de Julián.

— Camila, ¿cómo llegó harina hasta tu abuelo Julián?

Ella miró la foto.

— A lo mejor quería probar.

No pude regañarla.

Daniela empezó a venir por ella al anochecer. Al principio se disculpaba.

— Doña Beatriz, dígame si la molesta. Yo sé que se mete en todos lados.

— No se mete — le decía. — Entra. Que es distinto.

Poco a poco Daniela se quedaba a tomar café. Me contaba de sus turnos, de las cuentas, del miedo a no darle suficiente a su hija. Yo le daba caldo, pan, a veces dinero escondido en una bolsa de mandado que ella pretendía no notar.

Nos hicimos compañía sin pedir permiso.

Un día de lluvia, Camila llegó callada. Se sentó en el sillón y no buscó a Jacinto. Eso sí era grave.

— ¿Qué tienes?

Miró sus manos.

— En la escuela tenemos que dibujar a nuestros abuelitos.

— Ah.

— Yo no tengo.

Me senté a su lado.

— Lo siento, mi niña.

Camila me agarró la mano.

— ¿Puedo dibujarla a usted?

Sentí que se me apretaba el pecho.

— Pero yo no soy tu abuela.

— No de nacimiento — dijo. — Pero de chocolate sí.

Lloré.

No porque me doliera. Porque hacía mucho que nadie me elegía para un lugar tan bonito.

Desde entonces fui a festivales escolares, bailables donde Camila se equivocaba y seguía como si nada, cumpleaños con pastel embarrado en todas partes y carreras donde llegó casi al final, pero con la sonrisa más grande.

El problema llegó cuando Daniela recibió una propuesta de trabajo en San Luis Potosí. Mejor sueldo, seguro, horarios más claros. Vino a decírmelo una noche.

— Doña Beatriz, no sé qué hacer. Es bueno para nosotras. Pero Cami llora y dice que no puede dejar a su abuela Bety.

Yo dije lo que una adulta debe decir:

— Mija, piense en su futuro.

Pero cuando se fue, me senté en la cocina con la taza azul entre las manos. La casa volvió a sonar grande. Y entendí que la soledad duele más cuando ya recordaste cómo se siente no tenerla.

Camila apareció al día siguiente.

— Si nos vamos, le dejo la taza.

— ¿Por qué?

— Para que no se le acabe lo dulce hasta que regrese.

Daniela no aceptó ese trabajo. No solo por mí. La oferta tenía condiciones raras y vivienda compartida. Poco después encontró un puesto mejor en Querétaro. Yo quedé en la escuela como “persona autorizada para recoger a Camila”.

Guardé esa hoja como si fuera un título universitario.

En Navidad, Camila me regaló un dibujo. Salíamos ella, Daniela, yo, Jacinto-Pan con Bigotes y la taza azul. Abajo escribió:

“Gracias por abrir la puerta.”

Lo enmarqué.

Hoy mi casa ya no está vacía. A veces está demasiado llena de harina, risas, tareas, cuentos y preguntas imposibles. Mi mesa para seis ya no me parece absurda. Siempre hay alguien que llega con hambre, con pegamento en los dedos o con una emergencia del tamaño de una niña.

Cuando me preguntan quién es Camila, respondo:

— Mi nieta del corazón.

Porque la familia no siempre toca la puerta con el mismo apellido.

A veces llega con azúcar, rizos despeinados y la valentía de decirle a una anciana que hablar sola no es locura.

Es falta de compañía.

 

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