La paella que no tuvo que demostrar nada

A una semana del cumpleaños de su madre, Javier anunció que había invitado a toda la familia a comer en la casa de campo de Sagunto.

— Seremos veintinueve — dijo, satisfecho.

Elena dejó de corregir los exámenes que tenía delante.

— ¿Y quién va a cocinar?

Javier sonrió.

— Tú haces la paella mejor que nadie.

Durante once años, Elena había preparado las celebraciones de la familia de su marido. Compraba, cocinaba, limpiaba y servía. Javier encendía el fuego de la paella, removía el arroz cinco minutos delante de los invitados y recibía los elogios.

Ese año Elena preparaba unas oposiciones para conseguir una plaza fija como profesora de adultos. El examen era dos días después del cumpleaños.

— Voy a encargar la comida en una arrocería — dijo.

Javier reaccionó como si hubiera propuesto cancelar el cumpleaños.

— Mi madre distingue perfectamente una paella hecha en casa.

— Entonces puedes hacerla tú.

— Yo controlo el fuego.

— Eso no es hacerla.

Javier insistió en que su madre, Pilar, se sentiría menos querida si la comida venía de un restaurante.

Elena decidió preguntárselo directamente.

Pilar se quedó en silencio al teléfono.

— Yo le dije que prefería comer en el bar del puerto — respondió. — No quiero ver a nadie corriendo por la cocina.

Javier había rechazado la idea porque su primo había organizado una gran comida casera para su propia madre. Quería demostrar que su familia podía hacer algo todavía mejor.

Cuando Elena se lo dijo, él se enfadó.

— Ahora me haces quedar como un presumido.

— No te hago quedar de ninguna manera. Solo he dejado de sostener la imagen.

Finalmente contrataron una paella para todos, junto con entrantes sencillos. Elena llevó una tarta pequeña de almendra y pasó la mañana estudiando.

Llegó a la casa de campo media hora antes de comer, vestida y descansada.

Javier miró las bandejas del restaurante con desaprobación.

— Esto no parece una celebración familiar.

Pilar, que lo oyó, respondió:

— Parece una celebración en la que tu mujer también forma parte de la familia.

Durante la comida, los invitados elogiaron el arroz. Un tío dijo que estaba un poco más caldoso que el de Elena.

Javier aprovechó:

— ¿Ves? No es lo mismo.

Elena dejó el tenedor.

— Claro que no. Este lo ha cocinado alguien a quien le pagarán por su trabajo.

La mesa quedó en silencio unos segundos. No por escándalo, sino porque la frase era demasiado evidente.

Pilar cambió de tema y empezó a contar una anécdota de juventud. La conversación continuó.

Después del postre, Elena recogió solo su plato. Javier la miró.

— ¿No vas a ayudar?

— Ayudaré diez minutos. Igual que tú.

Pilar pidió a todos los nietos que llevaran los platos. Las cuñadas guardaron las sobras. Dos hombres limpiaron las mesas.

En menos de media hora todo estuvo hecho.

Javier parecía sorprendido.

— Siempre tardabas muchísimo.

— Porque siempre lo hacía sola.

Dos días después, Elena fue a su examen. Javier la llevó en coche y esperó fuera.

Cuando salió, no quiso preguntarle de inmediato cómo había ido.

— He estado pensando en lo de mi madre — dijo. — Creo que confundí cuidarla con impresionar a los demás.

— Y me usaste para hacerlo.

— Sí.

No pidió que lo perdonara en ese instante. Solo admitió lo ocurrido.

Meses después, Elena consiguió la plaza.

Pilar organizó una comida para celebrarlo. Esta vez fue ella quien reservó mesa en un restaurante pequeño de Valencia.

Javier quiso pedir una paella grande.

— Arroz al horno — corrigió su madre. — Hoy decide Elena.

Elena miró la carta.

— Hoy no decido yo. Hoy cada uno pide lo que le apetece.

Javier cerró la carta y sonrió.

Por primera vez, nadie tuvo que cocinar para demostrar cuánto quería a los demás.

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