Nueve días después de firmar el divorcio, Teresa recibió una llamada del ayuntamiento de Valladolid.
— Señora Muñoz, debe pasar a recoger la licencia del puesto número treinta y dos del mercado de barrio.
Teresa pensó que se habían equivocado.
Llevaba treinta años trabajando como auxiliar de limpieza en un colegio. Nunca había solicitado un puesto de mercado.
La funcionaria comprobó el expediente.
— La solicitud está a su nombre. La presentó don Julián Robles.
Julián era el padre de su exmarido.
Teresa y Álvaro habían estado casados veinticuatro años. Cuando él se marchó con una clienta de su gestoría, ella descubrió que casi todo estaba organizado para que su nombre no apareciera en ninguna parte. El piso pertenecía a una sociedad de Álvaro. Los ahorros estaban en una cuenta profesional. Incluso el coche estaba registrado como vehículo de empresa.
Teresa se mudó a casa de su hermana con dos maletas.
Fue al mercado por curiosidad. El puesto treinta y dos llevaba cerrado más de una década. La persiana estaba oxidada y el interior olía a humedad.
Julián la esperaba con un manojo de papeles.
— Era la pescadería de mi mujer — explicó.
La suegra de Teresa había muerto hacía seis años. Antes de enfermar, preparaba conservas, escabeches y platos que vendía a restaurantes de la zona.
— ¿Qué tiene esto que ver conmigo?
Julián sacó un cuaderno.
Dentro aparecían recetas escritas por Teresa.
Durante años ella había preparado empanadas, croquetas y guisos para las reuniones familiares. Álvaro los llevaba a comidas de empresa y decía que los había encargado. Después empezó a pedirle bandejas para clientes importantes.
— Solo es cocinar un poco más — le decía.
Nunca le pagó.
Julián había visto cómo su hijo convertía el trabajo de Teresa en una herramienta para quedar bien.
— Mi mujer decía que tú debías tener un sitio propio — contó. — Yo pensé que mientras estuvierais casados ya lo tenías.
Teresa miró el local vacío.
— No quiero caridad.
— No te la ofrezco. La licencia está libre y el alquiler es bajo. Si no la quieres, renuncias.
Julián había presentado la solicitud para que no se perdiera el plazo. No había pagado maquinaria ni preparado el negocio.
Teresa estuvo a punto de marcharse. Tenía cincuenta y seis años, dolores en las manos y miedo de empezar algo sin garantías.
Su hermana le hizo una pregunta sencilla:
— ¿Te asusta más fracasar o volver a trabajar para que otro se lleve el mérito?
Teresa aceptó el puesto.
No abrió un restaurante. Empezó vendiendo comida preparada tres días por semana: lentejas, tortilla, pollo guisado y empanadas. Los primeros clientes fueron profesores del colegio donde trabajaba.
Álvaro apareció al segundo mes.
— Mi padre no tenía derecho a meter nuestro apellido en esto.
— Tu apellido no aparece en ningún sitio.
Sobre la persiana había un letrero nuevo:
“Cocina de Teresa”.
Álvaro miró las bandejas.
— Muchas recetas son de mi madre.
— Algunas. Otras son mías. La diferencia es que yo no fingiré haberlas inventado sola.
Él le recordó que durante el matrimonio había pagado la mayoría de los gastos.
Teresa se quitó el delantal.
— Y yo cociné, limpié, cuidé a tus padres y trabajé fuera. Si quieres hacer cuentas, tendrás que aprender a contar lo que nunca pusiste en una factura.
Julián escuchaba desde el pasillo. No intervino. Teresa no necesitaba que la defendieran.
El negocio creció despacio. Un año después, redujo sus horas en el colegio y contrató a una mujer divorciada que buscaba trabajo.
Julián iba los viernes a comprar bacalao con tomate. Siempre pagaba.
Un día llevó la antigua balanza de su mujer.
— Pensé que quedaría bien aquí.
Teresa la colocó en una estantería, no sobre el mostrador.
— Para recordar, no para pesar.
La persiana del número treinta y dos dejó de parecer una puerta rescatada del pasado. Cada mañana, cuando Teresa la levantaba, sonaba como algo nuevo que empezaba.
