Los crisantemos blancos

 

En el autobús hacia Atocha solo quedaba un asiento libre: junto a la ventana, al lado de un hombre mayor con un abrigo gastado y el cuello deshilachado. Tendría unos setenta años. Iba sentado muy recto, como si temiera estropear el ramo de crisantemos blancos que llevaba sobre las rodillas, atado con una cuerda sencilla.

Laura se sentó a su lado con el bolso lleno de papeles del trabajo. Tenía cuarenta y tres años, demasiados correos pendientes y el cansancio pegado detrás de los ojos.

Al principio intentó mirar el móvil. Pero el hombre miraba su reloj una y otra vez, y después acariciaba los tallos de las flores con una ternura que no parecía de este tiempo.

— ¿Va a una visita? — preguntó ella.

Él sonrió, avergonzado.

— A una cita. La primera en más de cincuenta años.

Se llamaba Julián. Y, mientras el autobús avanzaba por Madrid, le contó la historia de Carmen.

Habían sido novios en un pueblo de Castilla. Él le llevaba margaritas del campo, ella le guardaba cartas en una caja de galletas. Luego Julián tuvo que irse a la mili. Se escribieron durante meses, hasta que las cartas de ella dejaron de llegar.

— Pensé que me había olvidado — dijo. — Todos me dijeron que una chica tan bonita no esperaría.

Cuando volvió, Carmen ya no estaba. Su madre la había llevado a Valencia. Alguien dijo que se había casado. Julián también se casó con el tiempo. Tuvo una vida correcta, una esposa buena, hijos, trabajo. Pero jamás volvió a comprar crisantemos blancos sin acordarse de ella.

Su mujer murió hacía cuatro años. Y la semana anterior, un antiguo compañero le escribió por Facebook:

“Carmen está viuda. Y cree que fuiste tú quien dejó de escribir. Su madre escondía las cartas. Quería separaros.”

Julián no durmió aquella noche.

Carmen pasaba por Atocha ese día. Su tren paraba solo diez minutos. Diez minutos para mirar a los ojos a la mujer que el engaño le había quitado.

Entonces el autobús se detuvo.

El conductor anunció:

— Señores pasajeros, por un accidente en la avenida vamos a desviarnos. Habrá retraso.

Julián se quedó sin color.

— No llegaré — murmuró. — Pensará que la he dejado esperando otra vez.

Laura miró la fila inmóvil de coches. Miró las flores. Miró a aquel hombre que no tenía miedo de perder un tren, sino de perder la última oportunidad de corregir una mentira.

Se levantó.

— Venga conmigo.

— ¿Qué dice?

— Que no va a faltar a esa cita.

Fue hasta el conductor.

— Abra la puerta, por favor.

— No puedo abrir aquí.

— Puede. Y algún día se alegrará de haberlo hecho.

El conductor protestó, pero vio el ramo, vio la cara de Julián y abrió.

Laura pidió un taxi. Ayudó al anciano a subir y dijo:

— Atocha. Entrada principal. Lo antes posible.

Julián quiso pagarle.

— ¿Cómo la encuentro?

— No me encuentre a mí. Encuéntrela a ella.

Laura llegó tarde a la oficina, con los zapatos mojados y el abrigo salpicado de barro. En la reunión apenas habló. Estaba en otro lugar: en un andén que ni siquiera veía.

Al mediodía recibió una foto de un número desconocido.

Julián estaba en el andén con una mujer de pelo blanco, elegante y nerviosa. Carmen sostenía los crisantemos contra el pecho. Él tenía la mano cerca de su brazo, sin atreverse del todo a tocarla, como si aún temiera que desapareciera.

El mensaje decía:

“Llegué. Ella dijo: ‘Julián, nunca dejé de esperar una explicación.’ Yo le dije: ‘Aquí está, aunque llegue tarde.’ Mañana nos vemos otra vez. Gracias, Laura. Usted no pagó un taxi. Pagó el puente sobre cincuenta años de silencio.”

Laura leyó el mensaje varias veces.

A su alrededor, la oficina seguía con sus informes, llamadas y prisas. Pero ella pensó que quizá la vida no siempre pide grandes gestos.

A veces solo pide que alguien, en un autobús lleno, mire al desconocido de al lado y entienda que lleva en las manos el último capítulo de su historia.

 

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Odissea
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