Los perros que no querían soltarse el uno del otro

Yo solo iba a dejar dos bolsas de comida en el refugio de East Los Ángeles y salir de ahí en diez minutos. Ni siquiera apagué el motor de mi camioneta. Pero entonces escuché algo: un quejido bajo, entrecortado, casi avergonzado de existir. No sonaba a un animal pidiendo ayuda. Sonaba a uno que ya había dejado de esperarla.

Seguí el sonido hasta la última jaula, al fondo del pasillo, donde el olor a cloro se mezclaba con el de la comida enlatada. Ahí estaban dos perros viejos. Él, grande, un pastor mestizo con el hocico completamente cano. Ella, chiquita, con un ojo nublado y el cuerpo pegado al de él, como si temiera que se lo fueran a quitar. No ladraban. No se movían. Solo estaban ahí, sentados, hombro con hombro, como dos ancianos que el mundo dejó esperando en una banca.

Una voluntaria —Marisol, según su gafete— me contó que habían llegado esa misma mañana. Su dueño, un señor de casi noventa años, había entrado a un asilo en Whittier y sus hijos decidieron que no se iban a hacer cargo de los perros. Doce años él. Once años ella. Diez de esos años, juntos, sin separarse ni una noche.

En un momento, la perrita intentó pararse. Las patas le fallaron. Y él —sin que nadie se lo pidiera— se acomodó despacio para ofrecerle el lomo como apoyo. Ella se recargó en él, igual que lo había hecho toda su vida. Algo se me apretó en la garganta, duro, como si hubiera tragado una piedra.

Salí al estacionamiento y le marqué a mi esposa.

—Rosa, creo que se nos acabó la vida tranquila.

Se quedó callada un rato.

—¿Cuántos son?

—Dos.

Suspiró.

—Pues claro que son dos.

Volteé otra vez hacia el vidrio de la jaula. La chiquita tenía el hocico metido bajo la barbilla del otro.

—Están bien viejitos —le dije.

—¿Y eso qué tiene?

Tragué saliva.

—Nada. Es que se quedaron solos.

Silencio largo. Y luego llegó el mensaje de texto: "Tráetelos."

Hoy se llaman Tommy y Lupe. Tommy camina despacio y siempre espera a Lupe frente a las puertas, aunque a veces se tarde tres minutos en cruzar la sala. Lupe casi no ve, pero reconoce el sonido de su collar y lo sigue a donde sea, chocándose con las patas de las sillas si hace falta. En las noches duerme con el hocico hundido en su pelo, junto al calentador que dejamos prendido porque a los dos ya les duelen los huesos.

Unas semanas después abrí la cajuela de la camioneta y ahí seguían las dos bolsas de comida. Se me había olvidado dejarlas en el refugio. Las miré un buen rato, dobladas en la esquina donde las había puesto ese primer día. Cerré la cajuela y entré a la casa, donde Tommy ya estaba parado junto a la puerta, esperando a que Lupe terminara de cruzar la sala.

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Odissea
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