No soportaba tener animales en casa, pero un gato callejero terminó enseñándole que una casa demasiado silenciosa también puede estar vacía

Carmen tenía una obsesión con el orden.

En su piso de Zaragoza todo estaba colocado en su sitio.

Los zapatos perfectamente alineados.

Los cojines de la misma manera.

La vajilla limpia nada más terminar de comer.

Y polvo no había.

Al menos, eso decía Carmen.

— Los animales traen suciedad —repetía cada vez que alguien hablaba de tener mascota—. Pelos por todas partes, arena, olores… No sé cómo la gente puede vivir así.

Su hijo Daniel lo sabía perfectamente.

Por eso, cuando apareció un sábado por la tarde con un transportín en la mano, Carmen lo miró con desconfianza.

— ¿Qué llevas ahí?

— Mamá, antes de enfadarte…

— Ya me estoy enfadando.

Daniel dejó el transportín junto a la puerta.

Desde dentro llegó un pequeño maullido.

Carmen cerró los ojos.

— Daniel.

— Solo necesito un favor.

— No.

— Ni siquiera sabes qué favor.

— Hay un gato ahí dentro.

— Sí.

— Entonces ya sé suficiente.

Daniel respiró hondo.

— Una compañera del trabajo tiene que irse fuera durante unas semanas. Nadie puede quedarse con su gato.

— Y has pensado en mí.

— Solo temporalmente.

— ¿Cuánto?

— Unos días.

Carmen lo miró fijamente.

— Tres.

— ¿Tres qué?

— Tres días. Ni uno más.

Daniel sonrió.

— De acuerdo.

En ese momento el gato volvió a maullar.

Carmen se acercó al transportín.

— ¿Es pequeño?

— Tiene unos ocho meses.

— Abre.

Daniel levantó las cejas.

— ¿De verdad?

— Quiero verlo. Nada más.

La puerta se abrió.

Salió un gato naranja, delgado, con una mancha blanca en el pecho y unos enormes ojos verdes.

Miró el pasillo.

Después a Daniel.

Y finalmente a Carmen.

Caminó hacia ella.

— No vengas.

El gato se frotó contra sus piernas.

— Daniel, quítamelo.

— Creo que le caes bien.

— Acaba de conocerme.

El gato empezó a ronronear.

Carmen intentó mantenerse seria.

— Qué exagerado.

Daniel se marchó poco después.

Antes de cerrar la puerta dijo:

— Mañana te llamo.

— Llámame para decirme que vienes a recogerlo.

— Sí, mamá.

Cuando se quedó sola, Carmen miró al gato.

— Escucha. Estás aquí por poco tiempo. No te subas a los muebles. No arañes nada. Y no me obligues a limpiar detrás de ti.

El gato se sentó.

— ¿Entendido?

— Miau.

— Eso no es una respuesta.

El gato inclinó la cabeza.

Carmen fue a la cocina.

El animal la siguió y se sentó junto a la puerta.

— ¿Tienes hambre?

La respuesta fue inmediata.

Carmen abrió la nevera.

Sacó un poco de merluza que había preparado para la cena.

— Solo un trozo.

El gato comió con cuidado.

Después levantó la cabeza y volvió a ronronear.

Carmen sintió algo extraño.

Hacía mucho tiempo que su casa no tenía un sonido así.

Por la noche se sentó en el sofá.

El gato saltó a su lado.

No demasiado cerca.

Se instaló en la esquina opuesta.

Carmen lo miró.

— ¿Quién te ha dado permiso?

El gato no se movió.

— Baja.

Nada.

Carmen se levantó.

Cuando intentó cogerlo, el animal se asustó y le rozó la muñeca con una garra.

— ¡Ay!

Tres pequeñas marcas rojas aparecieron en su piel.

Carmen se enfadó.

Pero el gato se escondió inmediatamente detrás de un cojín.

Tenía las orejas hacia atrás.

Parecía aterrorizado.

Carmen suspiró.

— No voy a hacerte nada.

El gato asomó la cabeza.

— Solo me has hecho daño sin querer.

Se sentó otra vez.

El gato volvió lentamente.

Y, para sorpresa de Carmen, apoyó la cabeza sobre su mano.

Ella lo acarició.

— Eres un manipulador.

El gato ronroneó.

Aquella noche Carmen se despertó porque sentía calor en los pies.

El gato estaba dormido sobre sus piernas.

Ella intentó apartarlo.

Pero llevaba semanas con dolor de espalda y aquel pequeño calor resultaba agradable.

— Está bien. Solo esta noche.

A la mañana siguiente, cuando entró en la cocina, el gato ya la estaba esperando.

— Buenos días.

Carmen se quedó quieta.

— ¿Acabo de saludar a un gato?

El gato maulló.

— No te acostumbres.

Le puso un poco de pescado en un plato.

— Toma.

El gato empezó a comer.

Carmen sonrió sin darse cuenta.

Los tres días pasaron.

Daniel llamó.

— Mamá, ¿cómo está Naranjito?

— Bien.

— ¿Te ha dado problemas?

— Ninguno.

— Entonces mañana paso a buscarlo.

Carmen miró al gato.

— ¿Mañana?

— Sí.

— Bueno… si estás ocupado, puede quedarse un poco más.

Hubo silencio al otro lado.

— Mamá.

— ¿Qué?

— Te has encariñado con él.

— No digas tonterías.

— ¿Entonces por qué le compraste una cama?

Carmen miró la pequeña cama junto al radiador.

— Estaba de oferta.

Daniel se echó a reír.

Al día siguiente llegó.

— Venga, Naranjito. Nos vamos.

El gato se escondió debajo de la mesa.

Daniel miró a su madre.

— ¿En serio?

— ¿Qué?

— No quiere irse.

Carmen se agachó y llamó al gato.

— Ven, pequeño.

El gato salió y se frotó contra sus piernas.

Daniel sonrió.

— Mamá, creo que el problema ya no es el gato.

— ¿Cuál es entonces?

— Que tú ya eres su persona favorita.

Carmen negó con la cabeza.

Pero no pudo evitar sonreír.

En ese momento recibió una llamada de la dueña.

Había surgido un problema y tardaría varias semanas más en regresar.

— Puede quedarse contigo un poco más, si no te importa.

Carmen respondió sin pensarlo:

— No me importa.

Colgó.

Se quedó mirando el teléfono.

Luego miró al gato.

— Parece que todavía no te vas.

El gato saltó al sofá.

— Pero no te emociones.

Pasaron otras semanas.

La dueña finalmente regresó.

Cuando llegó a casa de Carmen, abrazó a su gato.

— Gracias por cuidarlo.

Carmen lo sostuvo unos segundos más antes de entregárselo.

El animal miró a su dueña.

Después volvió la cabeza hacia Carmen.

La mujer lo llamó.

Pero el gato no se movió.

Finalmente regresó hasta Carmen y apoyó la cabeza contra su pecho.

La dueña sonrió.

— Creo que ya ha decidido dónde quiere estar.

Carmen tragó saliva.

— ¿Podría… quedarse conmigo?

— Si usted quiere, sí.

Carmen abrazó al gato.

— Quiero.

Desde aquel día, la casa cambió.

No de golpe.

Poco a poco.

Había pelos naranjas en el sofá.

Una pelota debajo de la mesa.

Una manta junto al radiador.

Y alguna que otra huella sobre el suelo recién fregado.

Carmen seguía protestando.

— ¡Naranjito! ¡Mira lo que has hecho!

Pero después limpiaba sonriendo.

Una tarde Daniel fue a verla.

Encontró a su madre sentada en el sofá, con el gato dormido sobre sus piernas.

— Entonces, mamá…

— ¿Qué?

— ¿Sigues pensando que los animales solo traen suciedad?

Carmen acarició al gato.

— No.

— ¿Qué ha pasado?

Ella guardó silencio unos segundos.

— Me equivoqué.

Daniel sonrió.

— ¿Tan fácil?

Carmen negó con la cabeza.

— No fue fácil.

Miró alrededor.

— Yo creía que quería una casa perfectamente limpia.

Luego bajó la mirada hacia el gato.

— En realidad, creo que quería una casa donde nada pudiera hacerme daño.

Daniel no dijo nada.

Carmen continuó:

— Si todo está ordenado, silencioso y bajo control, parece que nada puede salir mal.

El gato abrió un ojo.

Ella sonrió.

— Pero tampoco pasa nada.

Desde entonces, Carmen siguió limpiando.

Seguía ordenando.

Seguía molestándose cuando Naranjito tiraba algo.

Pero ya no le preocupaban tanto los pelos en la ropa.

Porque había descubierto que algunas pequeñas molestias son el precio de sentirse acompañado.

Y una mañana, mientras preparaba café, escuchó las patitas del gato detrás de ella.

— Buenos días, compañero.

Naranjito se frotó contra sus piernas.

Carmen lo acarició.

Su casa ya no era perfecta.

Había algo fuera de lugar.

Había ruido.

Había pelos.

Había una criatura que esperaba junto a la puerta cuando ella volvía.

Y, por primera vez en muchos años, Carmen entendió que eso no era desorden.

Era vida.

Porque una casa impecable puede parecer perfecta.

Pero un hogar empieza a ser hogar cuando alguien te espera dentro.

 

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Odissea
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