Trabajo en el edificio de al lado desde hace nueve años. Portero de día, turno de siete a tres, y en ese tiempo uno se entera de todo lo que pasa en la cuadra sin proponérselo. La señora Yolanda Reyes vive en el 4B desde antes de que yo empezara aquí, en Passaic, Nueva Jersey, a media cuadra de la lavandería de la esquina de Main Street. Viuda, sesenta y tantos, maestra jubilada de la escuela primaria. Y tiene una cotorra que se llama Pepito, verde con la cabeza medio amarilla, de esas que uno ve en las jaulas de las tiendas de mascotas de la Route 46 y piensa "qué bonito animalito" sin saber en lo que se está metiendo.
Yo a Pepito lo conocía de antes, porque los sábados que Yolanda salía al mercado dominicano de la avenida yo le regaba las plantas del pasillo, y el loro desde adentro me gritaba "¡buenos días, buenos días!" aunque fueran las cuatro de la tarde. Tenía gracia el bicho. Repetía lo que fuera: el timbre del microondas, el "hola" del teléfono, hasta la tos de Yolanda cuando andaba resfriada.
Lo que yo no sabía, y nadie sabía, es que ese pájaro le había agarrado la vuelta al altavoz inteligente que la hija de Yolanda le regaló en Navidad. Uno de esos con el asistente de voz, el que uno pone en la cocina para pedir música o preguntar el clima. Yolanda lo usaba para eso nada más, para el pronóstico y para poner boleros mientras cocinaba.
El asunto se armó un martes de agosto, un calor pegajoso de esos que hay aquí en Jersey a mitad de mes, con la cigarra sonando todo el día en el arce de enfrente del edificio. Yo estaba sacando la basura hacia el callejón cuando vi al repartidor de la camioneta con el logo naranja parado en la puerta del 4B, con más cajas de las que un jubilado suele pedir. Le pregunté si estaba seguro del apartamento y me dijo que sí, que la orden decía 4B, tres entregas esa semana nada más para ese piso.
Subí después con el correo, porque a veces me toca repartirlo también, y me encontré a Yolanda sentada en la mesa de la cocina con una caja abierta enfrente. Adentro había una sandía —no una sandía chiquita, una entera, de esas que pesan como ocho kilos— y al lado una bolsa grande de pasas, dos paquetes de brócoli congelado, un pote de helado de vainilla ya medio derretido porque llevaba rato ahí, una cometa de esas con dibujos de superhéroe, y para completar el cuadro, una lámpara de mesa con pantalla de flores que ella juró jamás haber visto en su vida.
—Yo no compré nada de esto —me dijo, con la caja de la cometa en las manos como si fuera evidencia de un crimen—. Y esta ya es la tercera semana que llega algo raro.
Le pregunté si alguien más tenía acceso a su cuenta, la tarjeta, el teléfono. Ella negó con la cabeza, y me contó que la primera semana pensó que se había equivocado ella misma, capaz medio dormida pidiendo cosas sin darse cuenta. La segunda semana llegó un paquete de nueve rollos de papel de aluminio, y ahí ya empezó a sospechar de la hija, que vive en Elizabeth y a veces le hace pedidos "para ayudarla". Pero la hija juró que no había sido ella.
Yo me quedé un rato ayudándola a acomodar las cajas, y fue entonces cuando lo vi. Pepito estaba en su percha, cerca del aparato del asistente en la encimera, y de repente soltó, clarito como si fuera ella misma hablando, la frasecita: "Alexa, agrega sandía a la lista." Con el mismo tonito que usaba Yolanda, la misma cadencia, hasta la pausa entre las palabras.
Se hizo un silencio raro en la cocina. Yolanda se quedó mirando al pájaro con la boca entreabierta, y yo con la escoba a medio camino del rincón, sin terminar de acomodarla.
—Dilo otra vez —le dijo ella al loro, casi en un susurro, como si temiera espantar la magia.
Y Pepito, que para eso es artista, repitió la frase completa, más el sonido del pitido que hace el aparato cuando registra el pedido. Un pitido perfecto, calcado.
Yo tuve que sentarme en una de las sillas de la cocina porque me agarró la risa y no la podía controlar. Yolanda, en cambio, se llevó las manos a la cara y se quedó así un rato largo, entre la vergüenza y la carcajada que no le salía todavía.
Lo que había pasado, atando cabos, era esto: cada vez que Yolanda salía —al mercado, a la iglesia de la calle Lexington, a jugar dominó con las vecinas del segundo piso— dejaba al loro solo en la cocina, cerca del altavoz, y el bicho aprovechaba para repetir cualquier frase que hubiera escuchado antes con la palabra "Alexa" adelante. No entendía lo que pedía. Solo sabía que decir esa frase hacía que la máquina se prendiera con una lucecita azul, y a veces, unos días después, llegaba algo interesante en una caja de cartón. Para un loro eso es puro entretenimiento: sonido, luz, y de premio una fruta nueva para picotear.
La hija de Yolanda, cuando se enteró por teléfono esa misma noche, se reía tanto que casi no podía terminar las frases. "Mamá, tu loro tiene mejor crédito que yo", le dijo, y Yolanda no le vio la gracia hasta el día siguiente.
Ahora bien, ahí no terminó la cosa, porque quedaba el numerito de la lámpara, que costaba cuarenta y tres dólares con noventa centavos, y las devoluciones no son gratis cuando uno ya destapó la caja de la sandía y se la comió. Yolanda hizo cuentas con el estado de cuenta de la tarjeta esa noche, sentada otra vez en la mesa, con los anteojos en la punta de la nariz y una calculadora vieja de las de pilas. Entre las tres semanas de pedidos fantasma sumaban ciento dieciocho dólares con veinte centavos.
Al otro día, un miércoles, la vi bajar al primer piso con una carpeta azul bajo el brazo, de esas que se compran en la farmacia de la esquina, con el estado de cuenta impreso, los recibos de las entregas y una lista escrita a mano de cada artículo, la fecha y el precio. Se sentó en la mesita del lobby, donde a veces la gente espera el correo, y desde ahí llamó al banco con el teléfono en altavoz porque, según ella, "así no se me olvida lo que me van a decir".
Explicó el asunto completo a la señorita del banco, que al principio no le creía, hasta que Yolanda le puso el manos libres cerca del loro —que se había traído en la jaula pequeña, la de viaje, colgada del brazo como quien lleva una cartera— y le pidió a Pepito que hiciera "el numerito". El loro, fiel a su repertorio, soltó el "Alexa, agrega sandía a la lista" con el pitido incluido. Del otro lado de la línea se escuchó a la empleada del banco reírse y decir que jamás había recibido una reclamación así en once años de trabajo.
Le devolvieron el dinero de la lámpara porque todavía estaba sin abrir, y por las demás compras Yolanda decidió no pelear, primero porque ya se las había comido o regalado, y segundo porque, como me dijo después mientras cerraba la carpeta azul, "algo hay que aprender de esto, aunque sea a las patadas".
Y lo que aprendió, lo hizo con papel, no con sentimiento. Al llegar a su apartamento esa misma tarde, se puso a los pies del altavoz con un destornillador chiquito y desatornilló la base del aparato de la encimera. Lo cambió de lugar: lo llevó al pasillo, adentro de un armario con puerta, lejos de la percha de Pepito, y conectó ahí mismo un temporizador de esos que se enchufan en la pared, comprado esa misma tarde en la ferretería de la avenida por seis dólares con cincuenta centavos, para que el aparato solo se prendiera entre las seis y las nueve de la noche, cuando ella estaba en casa y podía vigilar quién le hablaba al micrófono.
También llamó a la compañía y activó, con ayuda de la hija por teléfono, un código de voz que el asistente exige antes de confirmar cualquier compra, cuatro dígitos que ella eligió y que ningún loro del mundo, por más que la imite, va a lograr adivinar diciendo un número al azar con el pico.
La última vez que pasé por el 4B a dejar un paquete —uno de verdad, pedido por ella misma, un molde para hacer pasteles— la encontré con el aparato ya guardado en el armario del pasillo, la lucecita apagada, y a Pepito en su percha de siempre, mirando fijo hacia esa puerta cerrada como quien extraña un juguete que le quitaron. Yolanda me sirvió café, me contó lo del temporizador con orgullo de quien resolvió un caso policial, y en eso el loro, como despidiéndose de su antigua vida de comprador compulsivo, soltó bajito, sin que nadie se lo pidiera, un último "buenos días" a las cuatro y media de la tarde.
