Trabajo en una funeraria del East Side de San Antonio desde hace diecisiete años. He visto de todo: familias que se pelean por un anillo antes de que el cuerpo se enfríe, viudas que firman papeles sin quitarse los lentes oscuros, hijos que llegan de California sólo para preguntar cuánto vale la casa. Pero lo de la señora Elisa y su cuñada Dora no lo voy a olvidar.
Me tocó atenderlas un martes de agosto, con un calor de esos que derriten el asfalto del estacionamiento. Había llegado temprano porque tenía que terminar unos permisos antes del mediodía; mi hija cumplía quince y la quinceañera era ese sábado. La madre de ellas, doña Carmen, había fallecido la noche anterior en el Methodist Hospital. Ochenta y tres años, un infarto mientras veía el noticiero de Univision.
Elisa llegó primero. Vestida con una blusa blanca sencilla, el cabello recogido con una pinza de plástico. Traía una carpeta azul bajo el brazo y un café de H-E-B que ya se le había enfriado. Se sentó frente a mi escritorio y me dijo, sin preámbulos:
—Mi mamá dejó todo arreglado. Quiero ver los papeles.
Le expliqué que necesitábamos esperar a su hermana para abrir el expediente. Me quedó viendo fijo, como si le hubiera dicho que la tierra era plana.
—Mi hermana no puso un centavo en los últimos once años. Ni para los medicamentos. Ni para el entierro de mi papá. Yo pagué todo. Hasta la alfombra del cuarto donde mi mamá se cayó el año pasado.
Sacó de la bolsa un recibo arrugado y lo puso sobre el escritorio. Cuatrocientos ochenta dólares con sesenta centavos. Una cama de hospital alquilada.
—La cama —dijo—. Dora ni se enteró.
En ese momento sonó la campanita de la puerta principal y entró Dora. Llegó con su esposo, un tipo alto que traía una camisa de marca con el cuello desabrochado y un reloj que brillaba hasta en la penumbra del pasillo. Dora caminó directo al escritorio sin saludar a su hermana.
—Ay, Elisa —dijo, abanicándose con una revista que agarró de la mesita—. ¿Otra vez con tus dramas? Ya ni difunta dejas a la señora en paz.
Elisa apretó la carpeta contra el cuerpo con los dos brazos, como si fuera lo único que la sostuviera de pie. No dijo nada. Yo abrí el expediente y les pedí que se sentaran. Dora revisaba su celular. El esposo, parado junto a la puerta, masticaba un chicle con la boca abierta.
Doña Carmen había dejado un testamento registrado en una notaría del centro. La casa, una de madera con porche amplio por la Nogalitos, quedaba a nombre de ambas hermanas. Pero había una cláusula adicional. La leí dos veces antes de hablar.
—Su madre dejó una nota firmada —dije—. Estipula que todos los gastos funerarios y médicos de los últimos años tienen que deducirse de la parte de quien no contribuyó. Se refiere a usted, señora Dora.
Dora soltó la revista sobre la mesita.
—Eso es mentira.
—Son diecisiete mil doscientos treinta y cuatro dólares con once centavos —dijo Elisa, sin levantar la voz.
Los había contado. Mejor dicho, los había vivido: las estancias en el hospital, la enfermera que iba los miércoles, los frascos de medicina en la mesita de noche, la rampa de madera que un vecino les ayudó a construir.
Dora se puso de pie. Su esposo le buscó el brazo, pero ella se soltó antes de que él terminara de sujetarla, y el hombre se quedó con la mano estirada en el aire, sin saber dónde ponerla.
—Mi mamá no haría algo así. Tú la manipulaste.
—Tú ni siquiera fuiste al hospital la noche que la internaron —respondió Elisa.
—Tengo una familia que atender. Tú te quedaste con ella porque no tenías nada mejor que hacer.
Fue la única frase en la que a Elisa se le quebró la voz. No lloró. Apoyó las dos manos en el borde de mi escritorio, como quien se detiene al filo de un escalón. Luego se enderezó y le pasó a su hermana un documento que yo no había visto antes: un desglose notariado, línea por línea, con fechas y comprobantes.
Dora lo tomó con dos dedos, como si oliera mal. No lo leyó. Lo dobló y lo metió en su bolsa de piel color vino.
El esposo se aclaró la garganta.
—Vamos a revisarlo con nuestro abogado.
—Hagan lo que quieran —dijo Elisa—. Pero el entierro es el jueves. Los gastos se van a dividir conforme al testamento. O los pagas, o se descuentan de tu parte de la casa.
Salieron sin despedirse. La campanita de la puerta volvió a sonar y me dejó un zumbido en el oído. Elisa se quedó un momento más, con las manos cruzadas sobre la carpeta. Me dio las gracias. Yo no supe qué decir. Le ofrecí un vaso de agua. Lo dejó sobre la mesita sin probarlo. Luego se fue también.
El jueves, el entierro fue austero. Elisa llegó con sus dos hijos y una vecina de la cuadra que cargaba una cazuela de arroz con pollo en el asiento trasero de su troca. Dora apareció con el esposo diez minutos antes de que cerraran el ataúd. No se acercaron al panteón. Se quedaron atrás, junto a una lápida ajena, como si estuvieran en la fila equivocada.
Cuando todo terminó, Elisa se me acercó con la misma carpeta azul en la mano. Le pregunté si quería que le enviara las copias del acta a la casa de su madre.
—Ya no es la casa de mi madre —dijo—. El lunes un martillero va a valuarla. Mi hermana no entregó los papeles de la parte. No respondió llamadas. El abogado mandó una carta certificada.
Abrió la carpeta y me mostró una hoja membretada. Un juez había ordenado la venta del predio por vía judicial. La mitad de Dora se iba a reducir en proporción a cada centavo que no había puesto. Alcanzaba para cubrir los gastos completos y sobraba para los nietos. Elisa había pedido que el remanente se depositara en un fondo universitario a nombre de los hijos de ambas hermanas. Sin importar de quién fueran.
—¿Y su hermana ya lo sabe? —pregunté.
—Va a saber el lunes, cuando llegue el citatorio a su casa del Dominion.
Me quedé con una copia en la mano. Todavía la tengo en el cajón del escritorio, en un fólder que dice «caso Gálvez». No lo he botado. Esa tarde, cuando Elisa cruzó el estacionamiento hacia su carro, se detuvo un segundo junto a la puerta, acomodó la carpeta bajo el brazo del mismo modo que la traía la primera vez, y siguió caminando sin voltear.
El vaso de agua se quedó sobre la mesita, intacto, hasta que lo levanté yo mismo para lavarlo antes de que llegara la siguiente familia.
