# Los pantalones de pana del Marshalls

Esos pantalones aparecieron en nuestro apartamento un miércoles. Mi mamá volvió del trabajo con un paquete envuelto en papel de estraza. Lo puso sobre la mesa de la cocina, junto a la tetera esmaltada con el pico descascarado de tanto golpe contra el grifo. No dijo nada. Así hacía siempre que traía algo que se había esperado meses.

Desenvolví el papel. Pantalones de pana color vino, comprados en el Marshalls de la Bergenline. Anchos arriba, entallados hacia abajo, con remaches metálicos junto a los bolsillos. Olían a la tienda donde había que hacer fila desde las cinco de la mañana cuando llegaba mercancía nueva. Toqué la tela. Era más dura de lo que esperaba, pero no importaba. Eran los pantalones más lindos que había visto en mis once años de vida.

—Veintidós dólares —dijo mi mamá, y se quitó el abrigo—. Me los guardó la señora Carmen. Los tenía debajo del mostrador.

No le pregunté cómo había conseguido veintidós dólares justo esa semana, con la renta encima. En esa casa, en 1998, uno no hacía esas preguntas.

Me los probé el sábado. Salí del cuarto caminando como una modelo que había visto una vez en la tele, en un programa que pasaban de Nueva York. Mi mamá dejó de pelar papas. Con el cuchillo en una mano y la papa en la otra, me miró más tiempo del acostumbrado.

—No te encorves —dijo por fin.

Me volteé hacia el espejo del pasillo. La tabla del piso crujió. En ese espejo solo se veía la mitad de arriba del cuerpo, así que tuve que pararme de puntitas para verme las piernas. Se veían como sacadas de un catálogo de esos que llegaban por correo. Bajé los talones. La tabla crujió otra vez, como si estuviera de acuerdo.

Mi papá andaba de viaje de trabajo en Baltimore. Estaba instalando algo en el puerto, un equipo para descargar contenedores. Ya llevaba cinco semanas fuera. Escribía cartas en papel de bolsa de mandado porque se le había acabado el papel bueno. En cada carta dibujaba una gaviota. Mi mamá decía que era porque nos extrañaba.

El viernes íbamos a volar a verlo desde el aeropuerto de Newark. Primera vez en avión en mi vida. Mi mamá consiguió los boletos por un compañero suyo de la fábrica. Íbamos a pasar dos semanas enteras en Baltimore. Yo, mi mamá y los pantalones color vino.

La semana antes del viaje no podía dormir. Por las noches me levantaba, iba al pasillo, abría el clóset que crujía como un tren viejo del subway. Los pantalones colgaban de un gancho de madera. Los tocaba en la oscuridad. Revisaba que ningún remache se hubiera aflojado durante el día. Rocky, el perro de los vecinos de abajo, ladraba en las escaleras. Mi mamá suspiraba dormida al otro lado de la pared.

Al aeropuerto fuimos en el autobús 159. Me acuerdo del número porque mi mamá lo repitió desde el día anterior como una oración. En el autobús olía a tabaco y a abrigos mojados. Alguien me pisó el zapato. No dije nada, porque con esos pantalones puestos no se podía uno enojar.

La terminal de Newark era gris y ruidosa. Por el altavoz alguien leía nombres. Mujeres con pañoletas se sentaban sobre sus maletas. Los hombres fumaban cerca de las puertas —esto era antes de que lo prohibieran—. Todo olía a café de máquina y a cera de piso.

Caminé por el pasillo de salidas con el paso que había practicado toda la semana frente al espejo. Mi mamá cargaba la bolsa de mano donde llevaba sándwiches de queso y un termo con café. Me acuerdo que la correa de su bolsa estaba rota y amarrada con hilo. Decía que se compraría una nueva, pero solo después de regresar.

—Caminas como garza en zancos —dijo mi mamá, sin voltear.

No contesté. Con esos pantalones puestos, una no discute con nadie.

Luego vino el escalón. Un solo escalón a la entrada del área de salidas. Mi mamá lo vio y dijo "cuidado". Yo también lo vi. Pero se me resbaló el tenis. Me acuerdo de mis dedos en el borde del escalón. Me acuerdo de haber pensado: no, los pantalones no.

Me golpeé la rodilla contra el concreto. Escuché un sonido como de periódico rasgándose. El dolor llegó un momento después, y con él algo peor.

En la rodilla derecha se abrió un agujero del tamaño de una mano. La tela se descosió a lo largo de la costura, y de la herida empezó a salir sangre. Miré a mi mamá. Estaba parada sobre mí con la bolsa colgando, y su cara tenía la expresión de quien ve algo que ningún sastre puede arreglar.

Pero ella no era una mamá cualquiera. Era Rosa Delia, que sabía hacer cena para cuatro con lo que hubiera en la alacena, que reparaba la plancha y el radio, que el año anterior había puesto ella sola el azulejo del baño porque mi papá andaba de viaje. Que se sabía de memoria la mitad de los poemas de Julia de Burgos y tarareaba merengues viejos entre dientes, aunque cuando esos merengues salieron ella todavía ni había nacido.

Me llevó jalando hasta una banca junto a la ventana, cerca de una máquina de refrescos que no funcionaba. Alguien había metido un cartón de leche vacío por la ranura.

—Quítatelos —dijo.

Miré alrededor.

—Que te los quites, te digo. Quién te va a estar mirando.

Me quité los pantalones, los doblé y se los di. Me quedé sentada en la banca fría, en pantimedias, con el vendaje transparentándose porque mi mamá ya me había limpiado la rodilla con una servilleta empapada en agua de colonia. Ardía más que el hueco en la pana.

Mi mamá abrió la bolsa. Sacó una cajita de dulces vacía, y de adentro —una aguja, un dedal y carretes de hilo. Tres colores. Negro, blanco, verde. Vino no había.

Empezó a coser. El hilo negro entraba en la tela color vino como una puntada extranjera. Miré cómo sus dedos trabajaban rápido, como si lo hubieran hecho toda la vida. El dedal chocaba contra la aguja. Tac-tac-tac. Era el único sonido que me llegaba. Un avión rugía afuera al despegar, pero yo solo oía ese tac-tac-tac.

—Una vez hubo un muchacho —dijo mi mamá, sin dejar de coser—. En mi escuela, allá en Ponce. Tenía una chamarra de nailon, la primera que se veía por el pueblo. Todos le tenían envidia.

La miré. Tac-tac-tac.

—Se le enganchó en un clavo de la cerca. Le rasgó toda la manga. Él también pensó que se le acababa el mundo. ¿Sabes qué hizo?

No sabía.

—Se apoyó el codo contra un tronco y dijo que eso era un recuerdo. Usó esa chamarra rota todo el invierno. Y todos pensaron que era la nueva moda de Nueva York.

Se quedó callada un momento. Jaló el hilo. Tac-tac-tac.

—Solo él sabía que no era moda. Pero nadie le preguntó.

Terminó. Volteó los pantalones al revés. La puntada era pareja, pero se notaba. La costura negra sobre la rodilla color vino parecía una firma ajena, una línea torcida que alguien había puesto ahí sin permiso.

—Póntelos —dijo.

Me paré. El cierre estaba frío. La tela olía ahora a agua de colonia y al aire viciado de la terminal. Me subí los pantalones y me revisé la rodilla en el reflejo de la ventana. En ese vidrio la puntada negra parecía una araña que se hubiera posado en la tela.

—Así se puede salir —decidió mi mamá—. Parece un parche a propósito.

No lo parecía. Pero mi mamá ya se había puesto de pie, ya se había colgado la bolsa al hombro, ya caminaba hacia el mostrador de abordaje. Y yo iba detrás de ella, poniendo los pies con cuidado de no tropezar con ninguna baldosa, ningún escalón, ningún clavo que no existía.

En el control de seguridad me miró y me abotonó el cuello del abrigo. Tenía los dedos fríos. En la muñeca le colgaba el dedal.

En el avión me senté junto a la ventana. Afuera había hombres con conos anaranjados dirigiendo el tráfico de pistas. Mi mamá sacó de la cartera un pedazo de pan con azúcar, envuelto en papel encerado. Me lo dio. No lo comí. En vez de eso metí la mano en el bolsillo del pantalón.

En el fondo del bolsillo había un hilo negro. Un pedazo que a mi mamá se le había caído cuando dobló los pantalones sobre la banca. Lo saqué. Era largo, como del tamaño de mi mano. Lo enrollé en una bolita y lo volví a guardar en el bolsillo.

El avión arrancó. Vibraba entero, como el elevador viejo de nuestro edificio. Mi mamá cerró los ojos. Yo miraba por la ventana, la pista, cómo las losas de concreto se fundían en una sola línea gris.

Apretaba la bolita de hilo en el bolsillo. La sentía a través de la tela. Era dura, como una semilla de cereza de esas que uno se guardaba en el cachete de niño, para ver cuánto aguantaba sin tragársela.

Desde Baltimore le escribí a mi papá una carta corta, porque mi mamá me dijo que le agradeciera por los boletos. Al final agregué: "Los pantalones sobrevivieron el viaje". No mencioné el agujero. Mi papá contestó: "Qué bueno. Gaviota".

Usé esos pantalones dos años más. Después me quedaron cortos. Mi mamá los llevó a la colecta de ropa de la iglesia, la de la campaña escolar. Cuando los metía en la bolsa, del bolsillo se cayó la bolita de hilo negro. Rodó por el piso.

La recogí. Mi mamá se quedó parada con la bolsa en la mano.

—Déjala —dije.

Asintió con la cabeza y cerró la bolsa con un nudo. La bolita la guardé en la cajita de dulces, donde mi mamá tenía las agujas. Ahí sigue hasta el día de hoy.

Y en el clóset, a veces, todavía huele a pana, aunque no haya nada colgado.

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Odissea
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