Mi esposo Julián y yo vivíamos en un departamentito de dos cuartos en El Paso, junto a la interestatal. No es que fuera feo, pero las ventanas daban al estacionamiento y a un letrero de comida china que parpadeaba cuando el transformador se cansaba. Para cuando nació Valentina, nuestra segunda bebé, ya habíamos aprendido a dormir con el ruido del tráiler pasando a las tres de la mañana. Y también a despertarnos con el llanto de un recién nacido como si fuera la alarma de un reloj que nunca se programa.
A las dos semanas de nacida, Valentina armó un escándalo que espantaba. Le dábamos su leche, le cambiábamos el pañal, le poníamos ese osito que toca una melodía de cajita musical y nada. La niña apretaba los puños, se le ponía la carita colorada y soltaba unos gritos que parecía que se le iba a reventar algo adentro.
Yo ya no sabía si lloraba ella o si lloraba yo por dentro.
Entonces, una tarde, me habló mi tía abuela Rosa. Bueno, no me habló así nomás: me mandó un mensaje de voz con ese tono suyo tan suave, tan de pueblo, que se escuchaba como si estuviera pidiendo permiso para existir.
“Mija, ya me dijo tu mamá que andas batallando con la niña. Mañana me echo una vuelta por allá, quiero conocer a la bisnieta.”
Rosa no tenía ochenta, tenía ochenta y seis. Vivía en un pueblito chico, allá por el sur de Nuevo México, de esos donde el polvo se levanta con el viento y las calles ni nombre tienen. Yo pensé que venía en camión, pero no: su hija la llevó en la troca hasta Las Cruces y de ahí un primo la pasó para El Paso. Todo para cargar a una bebé que ni siquiera se iba a acordar.
Al día siguiente, cuando abrí la puerta, ahí estaba ella con su bolsa de mandado hecha de rafia tejida, su blusa floreada y una botellita de agua de ruda envuelta en una toalla. Olía a Vicks y a tortillas de harina recién hechas, aunque todavía ni había pisado la cocina.
—Ay, bendito —dijo al ver a Valentina en mis brazos—. Ya veo que no me mentiste.
La bebé estaba en plena función: berridos, pataleos, babero hecho bolas. Yo ya ni me peinaba. Julián se había ido a trabajar desde las cinco de la mañana y yo apenas podía mantener los ojos abiertos. Diego, el niño de cinco, andaba viendo una caricatura que ya se sabía de memoria.
Rosa dejó la bolsa en el suelo, se lavó las manos en el fregadero sin que nadie se lo pidiera, y me dijo con una calma que hasta me puso nerviosa:
—Dámela, mija.
Y yo, sin pensar, se la di.
Ella la cargó como se cargan las cosas que no se pueden romper. Con una seguridad que no venía de ningún libro, ni de ningún curso de maternidad, ni de ninguna aplicación en el celular. Venía de años de alzar chiquillos, de arrullar nietos, de cocinar para diez con lo que había, de espantar miedos en la madrugada con un vaso de leche tibia.
La empezó a mecer despacito. De arriba para abajo. Sin decir nada.
Y luego cantó.
Fue una canción vieja, de esas que ya ni en la iglesia se escuchan porque las abuelas se van muriendo y se llevan las tonadas. La misma que le cantaba su mamá a ella. La misma que le cantó a mi mamá. La misma que me cantó a mí una vez, cuando yo era una escuincla y me daban fiebres por cualquier cosa.
Su voz temblaba, pero no de miedo. Temblaba como tiembla un árbol cuando pasa el aire. Y en esa vibración había algo que yo no sé explicar. Ni el pediatra ni el aceite de almendras ni el baño de lavanda habían podido con Valentina en cinco días.
En cuatro minutos, la niña se quedó dormida como un tronco.
Yo me solté a llorar. Sin ruido. Lloraba de cansancio, de alivio, de vergüenza, de amor. Me quité los tenis, cerré la cortina del cuarto, y me acosté a un lado de Rosa, con la bebé en su pecho, en la orilla de la cama. Diego se subió también, se acomodó a los pies con su dinosaurio en la mano, y en menos de lo que tarda en hacerse un chocolate, estaba roncando suavecito.
El sol entraba por una rendija de las persianas y me daba en la frente. Había un letrero afuera que anunciaba tacos de barbacoa a $10,99. Pasó un carro con el radio a todo volumen; sonó una cumbia vieja. Y luego, silencio.
Nomás nuestro silencio.
Dormí dos horas. Dos horas seguidas que no dormía desde que nació la niña. Desperté con la boca seca y la espalda adolorida, pero con el cuerpo como desinflado. Rosa seguía ahí, despierta, viendo a la bebé con una paz que de veras da envidia.
—No llores, mija —me dijo, aunque yo ya no estaba llorando—. Eso se cura con una canción y con tiempo. Todo lo demás se va acomodando.
Yo no le respondí. Le apreté la mano, nada más.
Se quedó una semana. Una semana exacta. Le dio su té de manzanilla con anís a la bebé una madrugada, me enseñó a tortear las gorditas sin que se rompieran en el comal, y una noche se sentó en el porche con Julián a contarle de los tiempos en que su difunto marido trabajaba en el algodón por veinte centavos la libra.
El domingo en la mañana, antes de irse, me dejó una bolsita de tela con hojas de cedrón y una tarjeta de la Virgen de San Juan. Antes de subir a la troca, se volteó una última vez desde la puerta.
—Cuando la niña llore de noche —dijo—, no le subas la tele, ni le pongas el radio. Cántale tú. Con lo que sea. Aunque cantes feo. Eso llega antes que cualquier remedio.
Y se fue.
Esa noche, Valentina armó un berrinche de los suyos a las once y media. Julián me miró desde la cocina con la cara de un hombre que ya no puede más. Yo la cargué, la puse contra mi pecho, y empecé a tararear. No me sabía la canción completa. Le fui inventando la letra, metiéndole palabras que no rimaban, mezclando un pedazo del Padre Nuestro con un pedazo de una canción de Selena.
La niña fue bajando el llanto. Poquito a poquito.
Julián se acercó por atrás, me abrazó medio dormido y me dijo al oído:
—¿Esa canción es de la abuela Rosa?
—No. Es mía.
Y la niña se durmió antes de que yo terminara.
