# El taller que dejó el padre de Beto Reyes

Beto Reyes tiene cuarenta y dos años y un taller mecánico en la Pilsen de Chicago, que heredó de su padre junto con una deuda de veintiséis mil dólares con el proveedor de partes. Tiene también dos hijos: Sofía, de nueve años, y Andresito, de seis. Y tiene esposa, Marisol, contadora en una empresa de transporte por la Cicero Avenue, que desde hace once años observa cómo él la trata delante de los niños.

Nadie anota eso en ninguna declaración de impuestos. Pero es lo único que de verdad se ve.

Beto no es de los que hablan de amor. Su padre no le enseñó eso —en su casa de la Little Village era más bien "lo que yo diga, se hace" que una conversación. Beto lo recordó distinto de como su padre seguramente hubiera querido: decidió que en su casa iba a ser al revés. No con discursos. Solo con lo que uno hace cuando nadie se lo manda.

Cuando Marisol llega después de las ocho de la noche porque le tocó cerrar el mes, él ya tiene la comida recalentada y no le dice "¿dónde andabas tanto tiempo?". Cuando se equivoca —y se equivoca, como aquella vez que olvidó pagar la renta del taller y llegó el aviso con los recargos— se lo dice claro, delante de los niños, sin rodeos: "Se me pasó, fue mi culpa, ya lo estoy arreglando". Sofía escuchó eso. Vio cómo su padre se equivocaba y cómo lo aceptaba, en vez de buscar a quién echarle la culpa.

Eso no quiere decir que en esa casa todo sea color de rosa. Marisol es capaz de azotar la puerta del baño cuando Beto otra vez se olvida de recoger a Andresito de la alberca. Él es capaz de contestarle de mal modo que en el taller hay un cliente esperando y que ella de todos modos necesita tener todo cuadrado al minuto. Hay cenas frías. Hay noches en que los dos se van a dormir sin terminar de arreglar las cosas.

La diferencia está en lo que pasa después.

En septiembre, un sábado, cuando afuera caía la primera lluvia fuerte del otoño y la tele de la sala murmuraba la repetición de un partido de los Fire que nadie veía, ocurrió la peor pelea en años.

Empezó por dinero. La suegra de Beto, doña Consuelo, llamó y preguntó directamente por qué Marisol "le permitía" gastar en una cabina de pintura nueva para el taller si la deuda todavía no estaba pagada. Beto lo oyó en el altavoz, porque Marisol no alcanzó a apagarlo desde la cocina. Y ahí estalló todo —ni siquiera por la cabina de pintura, sino porque desde hacía dos años alguien en esa familia decidía qué estaba "permitido", como si Marisol fuera su tutora y no su esposa.

—Yo no te pido permiso para nada —dijo Marisol, con la voz temblándole más de coraje que de miedo—. Y no quiero que tu mamá me pregunte por qué te "permito" las cosas.

—¡Yo no le dije que te pusieras a controlar los recibos!

—No hacía falta. Bastó con que en dos años nunca dijeras nada cuando ella lo repetía en cada comida familiar.

Sofía estaba parada en la entrada de la cocina con un vaso de chocolate caliente que se le enfrió antes de que le diera tiempo a tomárselo. Andresito estaba sentado en las escaleras, un piso más arriba, y hacía como que armaba sus bloques, pero no movió ninguno en como diez minutos.

Beto salió al taller. No azotó la puerta —simplemente salió, con la chamarra empapada, y se quedó ahí hasta las once de la noche, con los ojos puestos en el elevador donde llevaba una semana un Honda Civic plateado de un cliente que esperaba que le arreglaran la suspensión.

Volvió cuando los niños ya estaban dormidos. Marisol estaba sentada en la mesa de la cocina con una taza de té que hacía rato se había enfriado, y el celular boca abajo sobre la mesa —no estaba revisando nada, simplemente no quería mirar nada.

Se sentó frente a ella. No empezó de inmediato.

—Tenías razón —dijo por fin—. No sobre la cabina de pintura. Sobre que nunca le dije a mi mamá que se detuviera. Me daba miedo pelearme con ella, entonces prefería que tú cargaras con eso. Eso fue cobardía mía.

Marisol no contestó enseguida. Le dio vueltas al té con la cucharita, aunque ya no había nada que revolver.

—No quiero que Sofía crea que así es como funciona esto —dijo al fin—. Que una mujer tiene que pedir permiso.

—No va a pensar eso. Porque mañana le voy a hablar a mi mamá y le voy a decir que los recibos del taller son asunto mío y tuyo, y se acabó el tema. Delante de ti, si quieres.

Y le habló. En la mañana, durante el desayuno, con el altavoz puesto, para que Marisol oyera cada palabra y no tuviera que adivinar si lo había dicho de verdad o solo lo había prometido. Doña Consuelo trató de defenderse diciendo que "nomás preguntaba por preocupación". Beto repitió la misma frase tres veces, con calma, hasta que su madre por fin se quedó callada y dijo "está bien, está bien, ya no me voy a meter". Sofía comía su cereal y no decía nada, pero no le quitó los ojos de encima a su padre en todo lo que duró la llamada.

No fue el final del día como en las películas. Beto y Marisol no se abrazaron dramáticamente en la puerta. Ella simplemente se levantó, recogió el plato vacío de él junto con el suyo y dijo:

—La suspensión de ese Civic es el rin trasero, no el amortiguador, me lo dijiste anoche entre sueños.

Puso los platos en el fregadero y abrió la llave del agua. Beto se echó a reír, primero bajito, después tan fuerte que tuvo que apoyarse en la barra. Marisol todavía no se volteaba, pero ya se le notaban las ganas de reír mientras el chorro de agua seguía corriendo.

Like this post? Please share to your friends:
Odissea
Leave a Reply

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!: