Mira, yo siempre me consideré un hombre práctico. Mi negocio de mudanzas en El Paso no se construyó con rezos, se construyó con viajes a las cinco de la mañana y una espalda que ya no me deja dormir del lado derecho. Mi abuela Licha vivía con nosotros desde que yo tenía doce años, en la casa de la Yarbrough, y creo que nunca la oí levantar la voz. Ni una sola vez. Ni cuando mi primo Héctor se robó la camioneta de mi papá, ni cuando se inundó el cuarto de atrás en las lluvias del noventa y ocho. Nada. Ella movía las manos sobre el comal, servía los frijoles, y decía lo suyo en un tono tan parejo que parecía que estaba contando historias de otra gente.
Yo la quería, claro. Pero no la entendía. Para mí, la fe de mi abuela era cosa de mujeres: veladoras en la sala, el rosario en la bolsa del mandado, misa de siete los domingos. Mi papá decía que eso era superstición de pueblo. Que aquí en el otro lado, el que no trabaja no come. Y yo le creí. Casi treinta y siete años le creí a ese hombre, que se levantaba a las cuatro y media todos los días y ni siquiera se persignaba al salir.
Cuando murió mi papá, en febrero del año pasado, la abuela Licha ya llevaba un mes en el Hospital Providence. A ella no le dieron la noticia hasta después del entierro, por miedo a que el infarto la rematara. Yo fui el que se lo tuvo que decir, sentado en esa silla de plástico verde del cuarto 314, mirando la bolsa de suero que goteaba con una paciencia infinita.
—¿Lo velaron con música? —me preguntó.
Nada de llantos. Nada de drama. Quería saber si alguien le puso las canciones de Los Freddy's que a él le gustaban.
—Sí, abuela. Se las puso mi hermana.
—Bueno —dijo ella, y se acomodó el rosario entre los dedos—. Entonces descansó contento.
Esa mujer era de otro planeta.
A los tres días me llamaron para darla de alta. Me dijeron que necesitaba cuidados, medicamentos, una dieta sin sal, que no podía estar sola. Yo tengo dos hijos, una casa chica en Montwood y una ex esposa que me cobra pensión por transferencia bancaria cada primero de mes. No había espacio. Literalmente no había. Mi hermana Mimi vive en San Antonio con su marido y dos perros. La abuela no cabía en ninguna parte.
Así que hice lo que hace cualquier hombre al que le cierran el camino: la metí en un assisted living cerca del Valle del Sol. Pagué el depósito de tres mil doscientos dólares con la tarjeta. Encargué una cama nueva, un sofá de segunda mano, un buró. Ni siquiera me asustó el precio. Quería resolverlo rápido, echarla a andar como un trámite, y volver a mi negocio. Mi vida ya estaba lo bastante llena de pendientes.
A los dos meses fui a visitarla. Porque mi madre me dijo que la abuela preguntaba por mí. Ni hablaba de quejarse, decía mi mamá. Solo preguntaba si el nieto había comido, si la niña ya se alivió de la gripa, si las mudanzas dejaban dinero.
Llegué un jueves por la tarde, con un café en la mano y la mente en la ruta del viernes. En el pasillo olía a cloro y a compota de durazno. La encontré sentada junto a la ventana, con un cuadernito de raya abierto sobre las piernas y un suéter rosa que yo no le conocía.
—¿Está escribiendo, abuela?
—No escribo. Estoy copiando recetas. Para que no se pierdan.
Ella me enseñó la página: caldo de res, mole poblano, capirotada. Con medidas raras, de las de antes: "un puño de arroz", "media tapa de anís".
—Usted no necesita copiar recetas —le dije—. Si quiere le saco fotocopias de las de mi mamá.
Me miró por encima de los lentes y siguió pasando las hojas. Aquella vez no me di cuenta de nada. Estaba de pie en el umbral, como hombre de paso, con el café a medio tomar y la prisa metida entre las costillas. La abuela cerró el cuaderno y me preguntó por el negocio. Yo le conté del seguro de la camioneta que me estaba queriendo transear, del chofer nuevo que me dejó botado un contrato en Horizon City. Ella asentía sin opinar. Al final me dijo:
—Mijo, a un hombre que corre mucho se le olvidan los nombres de los que van a su lado.
Esa frase se me quedó trabada como el hueso de un mango. Pero al día siguiente ya había vuelto a correr.
La segunda visita fue peor. El cuarto estaba lleno de plantas. Ella no tenía plantas en la casa de la Yarbrough, ni siquiera un nopal en el patio. Y ahora había macetitas en el buró, en la repisa, en el piso junto a la puerta.
—¿De dónde sacó todo esto, abuela?
—De las otras señoras. Cuando una se va, me encargan las matas. Y yo se las cuido hasta que alguien suba por ellas.
—¿Se va a vivir aquí mucho tiempo?
Solté la pregunta sin pensarla, como se suelta un costal viejo. Y ahí fue donde la oí decir lo que me terminó de desarmar.
—Mijo, yo no voy a salir de aquí con las plantas ajenas. Un día me voy a ir yo también. Y quiero que cuando tú subas por mis cosas, no te topes con puras deudas. Quiero que te lleves algo que te sirva, aunque sea una matita.
Eso era ella: no pensaba en quejarse. Pensaba en qué me iba a dejar.
La tercera noche no fue una visita. Fue una llamada a la una y media de la madrugada. La abuela se había caído en el baño. Fractura de cadera. La operaron el viernes en el mismo Providence. Yo estaba en un trabajo en Las Cruces y me devolví sin avisar al cliente. En la sala de espera no había nadie más que yo y un señor de Anthony que jugaba solitario en el teléfono. Cuando la subieron al cuarto, la abuela tenía los ojos cerrados y la boca seca. Me acerqué y le dije que ahí estaba.
Ella entreabrió los labios.
—No trajiste la camioneta de trabajo, ¿verdad? Es que no me gusta que la dejes cargada en el estacionamiento del hospital. Te la abren.
Nada. Ni una lágrima, ni una pregunta. Preocupada por la pinche camioneta.
Me quedé esa noche en un sillón de la clínica, con la espalda hecha nudo. A las seis de la mañana entró una enfermera filipina, le tomó la presión, revisó la bolsa del suero. La abuela abrió los ojos y me clavó la vista.
—Ven —dijo.
Me senté en la orilla de la cama. La cama crujió bajo mi peso. Ella buscó mi mano con la suya, la apretó con una fuerza que no le conocía.
—Mijo, yo tengo algo que decirte. Y quiero que lo oigas sin hablarme de trabajo ni de dinero.
—La oigo.
—La vida se va rápido. Tú tienes treinta y siete años y todavía crees que el tiempo es una carretera larga. Un día te levantas, te miras en el espejo del baño y ese señor de ahí adentro ya no se peina como tú, ya no se ríe como tú, ya no recuerda lo que juraste cuando tenías veinte. Y lo único que te va a quedar no es lo que juntaste. Es lo que sembraste. ¿Me entiendes?
Le dije que sí con un gesto, porque no me salía la voz.
—La hermosura se arruga. El dinero va y viene. La gente que te aplaude un día, al otro día ni te saluda. Las madrugadas que te madrugas, el trasteo que te dobla la cintura, la camioneta que pagas a cinco años… todo eso se queda aquí. Lo que te llevas es lo que hiciste por los tuyos. Lo que sembraste en un corazón. Y yo no te digo que dejes de echarle ganas. Te digo que no le eches ganas a lo que no llena.
Se calló un momento. La pantalla de la máquina parpadeaba en la pared, contando los latidos.
—Yo no te voy a dejar una herencia grande. Ni casa, ni terrenos, ni cuentas de banco. Te dejo esto, mijo, y por eso te lo digo ahorita, antes de que me pongan el suero con fentanilo y ya no sepa ni lo que digo: nunca fue el trasteo, ni el cheque, ni la troca. Es el alma. Y la gente con alma no se anda peleando por migajas.
Me quedé callado, viendo sus dedos. Eran dedos de masa, de tortillas, de deshierbar rosales. Dedos que habían criado a mi mamá, a mis tías, a medio barrio de la Yarbrough. Y sin darme cuenta, empecé a preguntarle, con la voz baja, qué quería que yo hiciera con sus recetas, con las plantas, con el cuadernito de raya.
Ella me contestó lo que yo no esperaba:
—Mijo, no. Ni cuadernos ni matas. Tú tráeme un lápiz y una hoja.
Se refería a los documentos de su testamento.
Fui al carro, saqué una libreta amarilla que traía en la guantera y un bolígrafo de tinta corrida. Volví a la habitación y me senté, con la hoja en la mano, como un chiquillo en la escuela. La abuela me dictó, despacio, mientras la enfermera le quitaba la bolsa vacía:
—Yo, Alicia Rendón de Salgado, quiero que mi cuerpo sea velado en la funeraria San José, en la Carolina, y no en la del norte. Y que la misa sea de siete, no de ocho. Y que me pongan las tres flores blancas del cempasúchil, y me toquen los salmos, no canciones de la radio. Y todo lo poco que tengo, la ropa, los santitos, el refri y el estéreo de la sala, se lo den a la muchacha que me cuidó en el asilo, la Genoveva. A los nietos no les dejo nada, porque a mí ustedes me tuvieron aquí como un paquete, y los paquetes no escriben cartas de perdón.
Se detuvo para respirar. La voz se le había ido aflojando, como un hilo de agua.
—Y al único que le dejo mi rosario de cuentas claras es a mi nieto, el de las mudanzas. Aquel que me trajo café una tarde y no se quedó a tomárselo conmigo.
Al final, me pidió que le firmara de testigo. Mi propia abuela me puso la pluma en la mano y me dijo:
—Firma como si juraras. Porque en esta vida, la palabra de un hombre vale más que la firma, y yo te quiero con palabra, no con garabato.
Firmé.
A la semana siguiente, mi ex esposa me mandó un mensaje: los niños preguntaban por su bisabuela. Fui por ellos a la casa de la Montwood, los traje al hospital. La abuela estaba sentada en el sillón, con el suéter rosa y las dos trenzas grises. No lloró al verlos. Les pidió que le cantaran "La guadalupana" bajito, porque en el cuarto de al lado había una señora que se estaba muriendo.
Y ellos cantaron. Mis dos hijos, con sus voces flaquitas, cantando en un hospital a media tarde. La abuela cerró los ojos y movió los labios, rezando o cantando, quién sabe. Yo me quedé de pie junto a la puerta, con el teléfono en la mano, con tres llamadas perdidas del negocio, y esa vez no contesté ninguna.
Cuando salimos, mi hijo mayor me preguntó:
—Papá, ¿por qué la abuela no se vino a vivir con nosotros?
No supe qué contestar. En lugar de eso, me detuve en la entrada del hospital, saqué del bolsillo el rosario de cuentas claras, ese que ella me dejó en el testamento, y se lo puse a mi hijo al cuello. Ni siquiera supe por qué lo hice. Fue un acto sin pensarlo, como ponerle gasolina a la camioneta: algo que hay que hacer para seguir.
El viernes a las seis y media de la mañana, la abuela Licha se fue. Me avisó mi madre por teléfono, llorando. Yo estaba en una mudanza en el Valle, cargando un librero. Me quedé con el librero a media altura, sin saber si subirlo o bajarlo. Al final lo bajé.
La velamos en la funeraria San José, como ella pidió. La misa fue de siete, no de ocho. Genoveva, la muchacha del asilo, se sentó en la primera fila con nosotros y lloró más que todos. Le dimos la ropa, los santitos, el refri y el estéreo. Y se llevó el cuadernito de recetas, porque yo se lo di, sin que estuviera en el testamento. Fue lo único que no estaba escrito.
Cuando firmé los papeles de la funeraria, en esa mesita de fórmica con carpetas verdes, vi la cantidad: dos mil setecientos cuarenta dólares. La pagué sin regatear, con la tarjeta que ya iba por la mitad. No sé si ella habría querido que la funeraria fuera la del norte, más barata. Ya no importaba. Lo que importaba era que había dejado escrito cómo quería irse, y se fue como quiso.
Esa noche, de vuelta en mi casa, me senté en la sala, ya sin muebles nuevos de asilo, sin cuadernos, sin plantas. Mi hijo mayor vino y se sentó a mi lado. Traía el rosario de cuentas claras puesto, dormido. Yo no lo desperté. Me quedé viendo sus dedos de niño, iguales a los de mi abuela, y esa noche recé.
No sé si recé bien. Seguro que no. Pero le pregunté a Dios, sin rodeos, que si Él también estaba en esa sala, en ese silencio, que me lo aguantara hasta que yo aprendiera.
No me contestó con palabras. Me contestó con el calor del niño dormido contra mi costado.
Hoy, once meses después, todavía me levanto a las cuatro y media. Todavía cargo muebles y me duele la espalda del lado derecho. Pero en el cajón de la camioneta, junto a la caja de herramientas, traigo una hoja de libreta amarilla, doblada en cuatro. Es la hoja que me dictó la abuela, la que firmé de testigo. La llevo conmigo no por miedo a que se pierda, sino porque cada vez que abro ese cajón y la veo, me acuerdo de su letra, lenta y pareja, y de la palabra que le di.
La abuela Licha no me dejó casas ni cheques. Me dejó el rosario de cuentas claras. Y un día, no sé cuándo, se lo voy a dar a mi hijo mayor, como ella me lo dio a mí.
No en un hospital. No en un testamento.
Se lo voy a dar sentado en la sala de mi casa, un domingo por la tarde, con la puerta abierta para que entre el aire de la Yarbrough, y le voy a poner el rosario al cuello, despacio, con los dos nudos que ella me enseñó a hacer esa madrugada en el Providence, sin decir una palabra más.
