La última mandarina

No debí regresar temprano. Si el boiler del almacén no se hubiera roto, yo habría llegado a casa a las nueve, como siempre, y tal vez nunca me habría enterado. Pero el gerente cerró la tienda a las tres y media porque el agua estaba saliendo por debajo de la puerta trasera. Compré pan de la panadería de la calle Veintitrés, compré el paté que a Ramón le gusta desde que vivíamos en Fresno y compré mandarinas. Las mandarinas fueron mi error.

Vivo en un complejo de apartamentos en San Antonio, Texas, en el tercer piso, junto a la lavandería. Se oye el ruido de las secadoras desde las seis de la mañana. Ramón y yo llevamos viviendo ahí dieciocho años, desde que llegamos de California. El pasillo huele a suavizante y a comida recalentada. La alfombra del tercer piso tiene una mancha oscura junto al apartamento 3B, la de los Mendoza. La conozco de memoria.

Abrí la puerta con las bolsas en la mano y lo escuché. Hablaba por teléfono en el cuarto, con esa voz tranquila con la que le explica al mecánico lo que necesita, con la que le habló al agente de seguros cuando chocamos la camioneta. Esa voz.

—No le digas todavía. Primero tengo que cerrar lo del préstamo y ver cuánto me va a tocar si vendemos el apartamento.

Me quedé quieta en la entrada. Una de las bolsas se rompió por el fondo. Las mandarinas rebotaron en el piso de linóleo y una se fue rodando debajo del mueble de los zapatos. La miré. Una esfera naranja junto a una chancla vieja de Ramón, llena de polvo. No me moví.

—Pues tiene cuarenta y un años, ya es una mujer. Que se las arregle —siguió diciendo—. Yo no voy a esperar toda la vida por miedo a que ella se me venga abajo.

No dijo mi nombre, pero supe que hablaba de mí. Cuarenta y un años. Esa soy yo. La que se las arregla.

Caminé hasta el cuarto. Ramón estaba sentado en la orilla de la cama, con el teléfono en la oreja. Cuando me vio, se quedó helado. Dijo algo rápido en voz baja y colgó. Había una taza de café a medio tomar en la mesita de noche. El café se le estaba enfriando desde hacía una hora, porque cuando hay secretos el café siempre sabe amargo.

—¿Con quién hablabas?

—Lidia, por favor. No hagas un drama.

Esa frase me pegó más fuerte que todo lo que acababa de oír. Yo todavía no había dicho nada, y él ya había decidido que yo era la exagerada, la que complica las cosas, la que no entiende.

Le pregunté otra vez. Se pasó la mano por la cara y me dijo que era con Daniela. Daniela trabaja con él en la oficina de impuestos, la conozco de una fiesta de Navidad. Chiquita, callada, con un suéter tres tallas más grande. Treinta y siete años. Él tiene cincuenta y nueve.

—Empezó hace como un año.

Un año. Yo le planché las camisas todos los domingos durante ese año. Le llevé tacos al trabajo cuando se quedaba hasta tarde. Le renové las pastillas para la presión, porque a él le da flojera hablar con la enfermera. Hice la cena del Día de Acción de Gracias para su familia, y él se pasó el postre viendo el teléfono debajo de la mesa.

Lo peor no fue que me lo dijera. Lo peor fue la calma. No lloró. No me pidió perdón. Me dijo que me quería, pero de otra manera, y que con Daniela sentía que todavía podía empezar de nuevo.

—¿Y yo? —le pregunté—. ¿Yo soy el final o qué, Ramón?

No contestó.

Nuestra hija Érika se enteró tres días después. Vino el domingo con su esposo y con Mateo, que tiene tres años y le pega a la mesa con una cuchara de plástico mientras los adultos fingen que no está pasando nada. Ramón quiso decirlo "con madurez", como si hubiera madurez después de un año de mentiras. Puso la sopa en la mesa y luego soltó que se mudaba.

Érika dejó la cuchara. Miró a su papá como si acabara de escuchar que alguien se había muerto.

—¿Con ella? —preguntó.

—No quiero que me juzguen.

—Papá, tú le mentiste a mi mamá durante un año, y ahora me pides que no te juzgue.

Mateo aventó la cuchara al piso y se rio. La cuchara cayó junto a mi zapato y él la miró un rato, sin saber aún que las cucharas no regresan solas.

Ramón rentó un estudio en el lado sur, cerca de la interestatal. Al mes me mandó un mensaje diciendo que teníamos que hablar del apartamento, porque la mensualidad del préstamo lo estaba ahogando. El mismo préstamo que sacamos para remodelar la cocina, cuando me dijo que ahí íbamos a envejecer. No lo escribió con esas palabras, pero se entendía.

En ese mensaje entendí algo feo: no me quedé sin marido. Me quedé sin plan. Se fueron los domingos juntos, las vacaciones en Port Aransas, la silla que él ocupaba en la mesa, sus pantuflas junto al calentador. Hasta el aire del apartamento cambiaba de ruido. La secadora de la lavandería sonaba distinta. Y yo, acostada a las once de la noche, tratando de no pensar en lo que significaba la palabra "préstamo". En lo que se siente cuando alguien te convierte en un trámite.

Las primeras semanas esperé. Me da pena decirlo, pero esperé. Cada vez que sonaba el teléfono, pensaba: es él, me va a decir que se equivocó. Una noche, estuve a punto de mandarle un mensaje. Lo escribí y lo borré ocho veces. La pantalla del teléfono se volvió azul, y yo me quedé dormida con el celular en la mano.

No llamó.

Una mañana fui a trabajar al supermercado después de haber llorado toda la noche. Me puse el delantal verde, me amarré el cabello y me paré en la caja registradora. Pasé como cien latas de frijoles negros, no sé cuántos paquetes de tortillas. Mi compañera Leticia me vio y no preguntó nada. Solo me puso un refresco en la mano al final del turno y me dijo:

—Lidia, tú no eres un descanso entre la vida de alguien y otra. Tú eres la vida.

Me dio una servilleta verde. Yo la apreté hasta que se hizo bolita y la tiré a la basura.

Esa noche abrí una libreta que Mateo había dejado en mi casa. Tenía un dinosaurio en la portada. En la primera hoja escribí: "Cuánto debo, cuánto tengo, cuánto puedo pagar". Tres columnas. Números. Nada de sentimientos.

Al día siguiente fui al banco, sola. La señora que me atendió se llamaba Marisol y masticaba chicle de menta. Yo le temblaban las manos, pero puse los papeles sobre el escritorio y dije:

—Quiero saber cómo quedarme con el apartamento.

Cuando uno no sabe qué hacer, pregunta la pregunta correcta y se calla. Marisol abrió una carpeta amarilla y empezó a marcar números con un bolígrafo azul. Me explicó que la tasa del préstamo había subido, que el refinanciamiento estaba a mi nombre, que podía solicitar una extensión del plazo. Siete años más. Trescientos cuarenta dólares al mes.

Érika me ayudó a calcular los gastos en esa misma libreta del dinosaurio. Comida, luz, internet, medicina. Casi no alcanzaba, pero alcanzaba. Iba a estar apretado. Tal vez no saldría de San Antonio en años. Pero por lo menos iba a decidir yo.

Ramón no se opuso. Mandó a su abogado a la oficina de la notaría y firmó lo suyo. Yo firmé lo mío. Ni siquiera tuvimos que vernos. Un trámite limpio, como de divorcio.

Hace dos semanas, Marisol del banco me entregó las copias. La deuda está solo a mi nombre. El apartamento está solo a mi nombre. Los papeles dicen mi nombre completo, Lidia Vega, y una dirección. La letra del notario es tan fea que parece una firma de doctor.

El lunes en la mañana, Ramón me llamó. Quería saber si le podía prestar mil doscientos dólares para el depósito de un apartamento más grande. Dijo que Daniela quería un lugar con balcón. Lo escuché. Luego colgué con calma.

Esa tarde fui al supermercado por mi turno. Me quité el delantal a las ocho. Me puse un suéter azul. Caminé a casa. Me detuve en el pasillo del tercer piso, junto a la puerta. Olía a suavizante. La secadora seguía sonando.

Entré sola al apartamento. Dejé las llaves sobre la mesa. Pelé una mandarina en la cocina. Los gajos se separaron fácil, con un ruidito húmedo. Me comí dos. Dejé el resto en un plato junto a la ventana, debajo de la repisa.

En la muralla de la sala todavía está la mancha que dejó Mateo cuando estampó su mano llena de pintura roja. Todavía están las pantuflas de Ramón junto al calentador, una encima de la otra, llenas de pelusa. Las recogí y las puse en la basura. No las tiré con rabia. Simplemente las solté, y cayeron al fondo del bote con un ruido hueco.

Luego me senté en el sillón, respiré hondo y destapé la libreta del dinosaurio.

En la última hoja escribí, despacio y con lápiz: "Deuda al día: 12,486 dólares. Plazo: 84 meses. Apartamento: mío." Debajo, como si alguien me lo dictara, anoté: "No le presté nada a nadie."

Cerré la libreta y la dejé sobre la mesa, junto a las llaves. Algo en el apartamento sonaba a paz. Ya no era él, era yo.

La secadora de la lavandería terminó su ciclo. Se hizo un silencio profundo, como cuando algo se termina y uno, por fin, puede acostarse a dormir.

Y me acosté a dormir.

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Odissea
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