Siete mil pesos por una caja de cartón

El perro apareció por primera vez un martes, poco antes del cierre. Yo estaba barriendo la entrada de la iglesia de Santa Teresita, en El Paso, cuando lo vi cruzar la calle con la pata trasera arrastrando. Un chucho viejo, gris, con los ojos ya nublados. Se sentó junto a la puerta y se quedó ahí, sin ladrar, sin intentar entrar. Solo esperando.

Yo creí que era un callejero más. En ese barrio hay muchos. La gente los alimenta, algunos duermen en los portales. Pero este perro no buscaba comida: aunque le dejaban agua o restos de tortilla, apenas probaba bocado. Cada vez que la puerta se abría, levantaba la cabeza de golpe y recorría con la mirada a los que salían. Luego volvía a bajar las orejas.

Lo bautizaron «el Viejito».

Fue la señora Carmen, que lleva cuarenta años vendiendo flores en la esquina, la que me dijo de quién era.

—Ese es el perro de doña Lupe —me soltó una tarde, mientras me ayudaba a recoger los bancos—. El que vivía con ella en la casa amarilla de la calle Chihuahua.

A doña Lupe la conocía de verla en misa. Una mujer menuda, de unos ochenta y tantos, que llegaba siempre cinco minutos antes del rosario y se sentaba en el mismo lugar: tercer banco, lado derecho. Nadie supo por mucho tiempo que vivía sola. Hablaba poco, sonreía y se iba.

El perro, según me contó Carmen, lo había encontrado de cachorro dentro de una caja de tamales vacía, cerca del contenedor del mercado. Tenía sarna, estaba lleno de pulgas y pesaba menos que un gato. Doña Lupe se lo llevó a casa envuelto en su chal y lo alimentó con una jeringa durante semanas, porque no tenía biberón. Desde entonces no se separaron.

Todas las tardes, ella venía a la oración y el perro la acompañaba hasta la puerta de la iglesia. Nunca entraba. Se quedaba afuera, echado junto a la pared, y cuando doña Lupe salía, ella le acariciaba la cabeza y le decía:

—Ya estoy aquí, mijo. Vamos a casita.

Doña Lupe murió una madrugada de diciembre, en el Hospital del Sol. Estuvo internada ocho días. El perro la esperó durante esos ocho días frente a la puerta de la casa amarilla, sin moverse, como si ella hubiera salido al mercado y estuviera por regresar.

Después del entierro, un sobrino lejano quiso llevárselo a su rancho. El perro se escapó dos veces. La segunda vez, el sobrino se cansó y lo dejó.

Desde entonces, todas las tardes el Viejito venía a la iglesia. Porque era el último lugar donde había visto a doña Lupe con vida. El punto exacto donde ella siempre volvía.

La tarde del miércoles dejé la puerta entreabierta.

El perro se quedó un rato afuera, olfateando el umbral. Luego entró despacio, con las orejas gachas, como quien pide permiso. Caminó entre los bancos husmeando el piso, subió los dos escalones del altar y se detuvo frente a la mesa donde yo había colocado la fotografía de doña Lupe, rodeada de veladoras. La familia la había dejado para la misa de los nueve días.

Se quedó inmóvil un minuto entero. Después apoyó el hocico contra el borde de la mesa, cerró los ojos y se echó a los pies de la foto.

Así lo encontré a la mañana siguiente.

Desde entonces, cada noche el Viejito llegaba al atardecer, entraba sin hacer ruido y se acurrucaba junto a la fotografía. Yo cerraba la iglesia más tarde de lo habitual para no interrumpirlo. A veces, mientras apagaba las veladoras, le hablaba en voz baja:

—Aquí estamos los dos, mijo.

No respondía. Pero al día siguiente volvía.

Un jueves no apareció.

Lo esperé hasta las diez. Salí a buscarlo por las calles del barrio. No estaba en la esquina, ni en el parque, ni junto al contenedor del mercado.

Lo encontré al amanecer, en la banqueta frente a la casa amarilla de la calle Chihuahua. La puerta estaba abierta. Los sobrinos habían vaciado la casa esa semana. Habían sacado muebles, ropa, cajas de la cocina. Todo lo que no servía lo dejaron en la acera para que se lo llevara la basura o el que pasara.

El Viejito se había echado sobre un abrigo de lana color café, viejísimo, que estaba tirado a un lado de una caja de cartón. Lo reconocí: era el que doña Lupe usaba todas las noches para venir a la iglesia. Tenía la cabeza recargada en una manga. No respiraba.

Me quedé de pie un buen rato, con las manos en los bolsillos. Un vecino pasó regando el pasto y se detuvo al verme. No dijimos nada. Los dos sabíamos.

Lo enterré en el jardincito de atrás de la iglesia, debajo del mezquite, a tres metros del altar. No soy de hablar mucho en estas cosas, pero necesitaba decir algo. Puse una piedra con una placa de plástico que mandé grabar en el mercado:

«Esperó hasta el último día. Aquí descansa quien quiso volver».

La misa de los nueve días terminó ese domingo. Cuando retiraron la fotografía de doña Lupe, pasé la mano por el borde de la mesa. Me quedé un rato con los dedos sobre la madera, sin saber por qué.

Hoy, otra vez es martes. Estoy barriendo la entrada cuando una mujer joven se acerca con un café y una bolsa de croquetas.

—¿Usted es el padre? —me pregunta.

Le digo que sí.

—Vengo por mi suegra —dice—. La familia no quiso quedarse con las cenizas. Voy a ponerlas en el nicho del cementerio municipal. ¿Usted lo conocía?

Le pregunto a quién. Cuando me dice el nombre de doña Lupe, dejo la escoba.

—Espere —le digo.

Entro, abro el cajón de la sacristía y saco el abrigo café, el que recogí de la banqueta aquella madrugada. Lo he tenido guardado doce días, sin saber para quién era. Se lo doblé con cuidado y lo metí en una bolsa de papel.

—Llévelo —le digo—. Entiérrelo con ella. Al perro le habría gustado.

La mujer me ve sin entender.

—¿El abrigo?

—Se lo pongo a la entrada de la tumba —dice—. Había una piedra. ¿Es del perro, verdad?

Asiento.

La mujer aprieta la bolsa contra el pecho y se va caminando rápido. No le pregunto cuánto costó el nicho. No quiero saberlo.

Esa tarde, antes de cerrar, me siento un rato en los escalones de la iglesia. El sol se está metiendo detrás de la sierra y el cielo se pone color durazno, como todos los días por aquí. Pasa la señora Carmen con su carrito de flores. Se detiene.

—¿Ya cerró?

—Todavía no —digo.

Se queda callada un momento.

—La casa de doña Lupe ya la compraron —comenta—. Ochocientos cincuenta mil. La van a tumbar para hacer un edificio.

—Lo sé.

Ella se acomoda el rebozo y se va. Yo me quedo un rato más, mirando la calle. En el jardín de atrás, bajo el mezquite, la placa de plástico se ha torcido un poco con el viento. La enderezo al día siguiente con dos piedras.

Por la noche, alguien deja un plato de croquetas en la entrada de la iglesia. No sé quién fue. Mañana se lo doy al gato del estacionamiento.

El Viejito no va a regresar.

Y sin embargo, el martes por la tarde, cuando la puerta de la iglesia se abre, yo levanto la cabeza de golpe, como si alguien fuera a entrar.

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