Elena Gante
Lo primero que escuché fue el chillido del micrófono. Un sonido corto, filoso, que atravesó las copas, los globos blancos y el pastel con la palabra Harvard escrita
En la entrada del edificio no hacía frío por el clima, sino por lo que se había escuchado. Don Julián Ortega estaba frente al interfono de una torre
Cuando me casé con un hombre veinte años menor, en mi familia se activó una alarma que yo ni sabía que existía. Tengo cincuenta y ocho años. Él
Mariana vivió cinco años apretándose el cinturón porque creía que, al final, habría una recompensa. Un departamento propio en Querétaro. Pequeño, sí, pero suyo. Una recámara para
Paola estaba lavando los trastes cuando Germán entró a la cocina y apagó la luz. — Todavía se ve — dijo seco. — No hay que tirar dinero
— ¿Te estás burlando de mí? — Ricardo jaló la silla de la cocina con tanto ruido que la pata golpeó el azulejo. — ¿Ya viste la hora?
Lucía intentó salir tres días seguidos hacia su casita de descanso, pero el perro del vecino no la dejó. — ¡Max, quítate de ahí! ¡Por favor! Estaba parada
Tomás estaba sentado en la silla de ruedas junto a la ventana del hospital y miraba el patio interno como si allí pudiera pasar algo. Pero no pasaba
Teresa creyó durante años que amar era esperar. Esperar llamadas, esperar promesas, esperar que un hombre bonito acabara convirtiéndose en un hombre bueno. El primero se llamó Marcos
La sentencia familiar la dio la hija mayor, Rosario. — Una arrimada — dijo. Lo dijo con desprecio, como si la muchacha que estaba parada junto a la
