Estaba parada junto al guardarropa del auditorio de Rutgers, apretando un sobre contra el pecho, mientras a mi alrededor pasaba una marea de padres con ramos de flores y globos. Alguien se tomaba fotos junto a la fuente frente al edificio. Olía a champán derramado y a perfume — ese mismo que le regalé a Marcos las últimas Navidades, porque ahorraba en todo lo demás para poder comprárselo.
Me llamo Yolanda. Tengo treinta y un años. Hace ocho, Marcos y yo compartíamos pupitre en el primer año de la carrera de medicina — los dos queríamos ser médicos, los dos estudiábamos anatomía hasta las tres de la mañana, compartiendo un solo libro de texto porque el segundo no nos alcanzaba. Recuerdo que discutíamos sobre la estructura del corazón en la cafetería del campus, con un café instantáneo entre las manos, y yo pensaba: esto es mi futuro, este es el hombre con quien voy a envejecer.
Después el negocio de su familia se vino abajo. El papá de Marcos tenía un taller mecánico en Elizabeth, y cuando la empresa que le surtía las piezas quebró, todo se derrumbó en seis meses. Marcos llegó a mi apartamento una noche — llovía tanto que tuvimos que caminar bajo un solo paraguas desde la parada del autobús — y me dijo que iba a dar de baja su matrícula, que ya no había manera de pagar la universidad.
Esa noche no dormí. A la mañana siguiente fui a la oficina de admisiones y firmé mi propia baja.
—Con un médico en la familia basta —le dije esa tarde, parada en la cocina de nuestro apartamento de un cuarto en la calle Somerset, donde el papel tapiz se despegaba en una esquina y tapábamos la rendija bajo la puerta con una toalla vieja en invierno—. Yo voy a trabajar. Tú vas a terminar.
Él lloró. Prometió que era algo temporal, que en cuanto se graduara íbamos a abrir juntos una clínica privada, comprar una casa, por fin tener ese gato color canela que yo soñaba desde niña. Le creí como se cree en una plegaria antes de una cirugía.
Los siguientes seis años trabajé de cajera en un ShopRite desde las ocho de la mañana, y por las noches como recepcionista en un consultorio dental sobre la avenida Route 27. Llegaba a casa a las once, calentaba arroz con frijoles del día anterior, revisaba si Marcos había comido, planchaba sus camisas blancas para las rotaciones del hospital. La vecina, doña Carmen, que tenía un perro flaco llamado Rocky en el patio, siempre dejaba prendida la luz del pasillo para mí — decía que era "para que la muchacha no se tropiece llegando tan tarde del trabajo".
Nos casamos un año después de que yo dejara la escuela. La boda fue sencilla — un salón para veinte personas, un vestido prestado por una amiga. Mi mamá no lloraba de alegría, sino que me preguntaba en voz baja: "Yolanda, ¿segura que no estás cargando a ese muchacho tú sola?" Yo no le hacía caso.
Me sabía los exámenes de Marcos de memoria, mejor que los míos propios de antes. Cada vez que tenía que repetir una materia, yo sufría como si fuera mío. Y así llegó el día: terminó su residencia, le asignaron su primer puesto, y llegó el día de la graduación.
El auditorio de la universidad estaba repleto. Yo estaba sentada en la tercera fila, con un ramo de rosas comunes, rosadas, las únicas que había en el puesto de flores junto a la estación del tren en esa época del año, esperando que anunciaran su nombre. Lo llamaron. Marcos subió al escenario con la toga, recibió su diploma, sonrió hacia el público — no hacia mí, hacia algún punto por encima de las cabezas.
Después de la ceremonia se acercó. Traía en las manos un sobre blanco, grueso. Pensé — sorpresa, tal vez boletos para las Pocono Mountains, de las que hablábamos desde hacía tres años y nunca llegamos a ir. Sonreí, me acerqué a abrazarlo.
Me puso el sobre en las manos y dijo, con una voz plana, como si leyera un documento oficial:
—Yolanda, voy a pedir el divorcio. Los papeles ya están ahí. Lo siento, pero ya crecí más allá de esta vida.
Y se fue. Simplemente dio media vuelta y caminó hacia un grupo de compañeros de clase que ya destapaban botellas de champán junto a la salida.
Me quedé parada con el ramo de rosas en una mano y el sobre en la otra. La gente me esquivaba como si fuera un poste. Algún padre de otro graduado me miró raro, alguien me preguntó si estaba bien. No recuerdo qué contesté. Las piernas me llevaron solas hacia la salida, pasando el guardarropa, pasando el pizarrón de horarios de exámenes que me sabía de memoria después de tantos años.
Justo en la puerta me alcanzó un muchacho — Ricardo, creo, había estudiado en el mismo grupo que Marcos, lo había visto un par de veces en reuniones familiares. Estaba pálido, como si le costara trabajo acercarse.
—Yolanda… espere. Antes de que se vaya, tiene que saber algo.
Me detuve, secándome la mejilla con el dorso de la mano — no sé si era por la lluvia o ya no.
—Marcos no pidió el divorcio hoy porque sí —dijo Ricardo, mirando alrededor como si temiera que alguien lo escuchara—. Lleva tiempo saliendo con la doctora Fernández. La directora del departamento. La misma que le escribió la carta de recomendación para la residencia en Nueva York.
Me quedé callada. Algo se rompió por dentro, pero no como en las películas — no de golpe, sino sordo, como una cuerda que se revienta en una guitarra desafinada.
—Consiguió el puesto en la clínica de Manhattan gracias a ella. Y… el apartamento también lo consiguió ella. A su nombre. Desde hace un mes. Se muda mañana.
Me quedé mirando el sobre entre mis manos. Las rosas, no sé por qué, todavía olían — una tontería, pero fue ese olor lo que me quedó grabado para toda la vida.
—Gracias por decírmelo —logré decir, y caminé hacia la parada donde justo llegaba el autobús de la línea 810, salpicando la banqueta mojada por la lluvia reciente.
En casa, en la calle Somerset, en ese mismo apartamento con el papel tapiz despegado, no lloré durante tres días. Al cuarto día saqué una carpeta de documentos — la azul, gastada, donde guardaba todos los recibos de seis años: comprobantes de sus libros, el contrato de matrícula, los comprobantes de las transferencias a la universidad, hasta el recibo del tutor de fisiopatología que le pagué con mi segundo cheque.
Le llevé esa carpeta a una abogada — conocida de mi mamá, la licenciada Patricia Reyes, que tenía su despacho en un edificio viejo sobre la calle Main. Extendió los documentos sobre el escritorio, los hojeó, soltó un silbido.
—Yolanda, aquí hay inversión documentada en su educación por casi ochenta y cinco mil dólares. En seis años. Al momento del divorcio, esto cuenta como tu aportación al patrimonio matrimonial y a su formación profesional. ¿Tienes todos los recibos?
—Todos —dije—. Guardé cada papelito porque… ni yo sé por qué. Tal vez algo presentía.
El divorcio se resolvió rápido — Marcos no puso resistencia, tenía prisa por mudarse a Nueva York. Pero cuando llegó el momento de dividir bienes, la licenciada Reyes presentó una demanda por compensación económica, alegando el sostenimiento efectivo de un estudiante durante el matrimonio y antes de él. Marcos tuvo que pagar una compensación — no el monto completo, el juez lo redujo, pero al final transfirió cincuenta mil dólares, porque de lo contrario se arriesgaba a un embargo sobre su nuevo sueldo en la clínica de Manhattan.
No sentí ninguna satisfacción cuando llegó ese dinero a mi cuenta. Simplemente cerré el certificado de depósito viejo que había abierto pensando "para nuestra futura casa", y abrí uno nuevo — solo a mi nombre. Y también me inscribí en un curso preparatorio nocturno para reingresar a la escuela de medicina, de esos programas para quienes interrumpieron sus estudios hace más de cinco años.
Doña Carmen, al verme esa noche con la carpeta de documentos, cuando regresaba del despacho de la abogada, solo asintió con la cabeza y dijo:
—Mira, Rocky ya está viejo y todavía sale a caminar todos los días. Eso quiere decir que a ti también te toca caminar todavía, Yolanda.
Sonreí, y por primera vez en mucho tiempo, no le llevé la contraria.
