La cena que sirvió con la vajilla equivocada

Yolanda Reyes movía el arroz de un lado a otro del plato, tenedor arriba, tenedor abajo, sin llevarse casi nada a la boca. En el apartamento tres cuadras más allá de su antiguo edificio, la nevera nueva hacía un ruido como de moto vieja cada vez que arrancaba el motor. Marisol Fuentes, sentada frente a ella, no se dio cuenta de nada de eso. Comía con gusto su propio arroz con pollo, el que le había quedado espectacular, servido en los platos hondos de porcelana que había comprado en Sedano's hacía años.

Había invitado a Yolanda a cenar apenas se enteró de que su vecina de toda la vida había perdido el trabajo en el hospital y tuvo que mudarse. "Para que no se sienta sola", le dijo a su esposo mientras cortaba el sofrito. Puso mantel plástico de flores, prendió el ventilador porque el aire acondicionado del edificio llevaba días fallando, sacó dos Materva bien frías. Yolanda había llegado con una caja de pastelitos de guayaba, todavía tibios, y los había dejado sobre la nevera antes de sentarse.

Comieron. O, mejor dicho, Marisol comió. Yolanda tomaba agua entre bocado y bocado, se reía de los chistes, ayudaba a recoger los platos al final. Nunca mencionó que llevaba semanas con problemas digestivos que el médico del centro comunitario todavía no lograba diagnosticar bien, ni que el arroz condimentado, con todo ese sofrito y ese picante disimulado, era justo lo que su estómago no toleraba esa noche. Se despidió con hambre y se fue a su casa con un malestar que le duró hasta la madrugada.

—Estuvo rico, ¿verdad? —le preguntó Marisol al día siguiente, en el pasillo del edificio.

—Sí, sí, muy bueno —contestó Yolanda, y siguió caminando hacia el elevador con la cartera colgada del hombro y los ojos puestos en el teléfono, como si de pronto hubiera recordado algo urgente.

Pasaron dos semanas. Yolanda invitó a Marisol a su apartamento un sábado, con la excusa de devolverle el favor. Preparó algo distinto: un caldo claro, casi sin sal, con pollo desmenuzado y fideos finos, de esos que su mamá le hacía cuando estaba enferma de niña en Camagüey antes de emigrar. Lo sirvió en tazones hondos, bien calientes, con cucharas grandes, un plato de galletas de soda al lado y una jarra de agua con limón.

Marisol se sentó, miró el caldo y frunció el ceño. Ella venía preparada para otro tipo de comida —algo con más cuerpo, más condimento, algo "de verdad"— y aquello le pareció, sinceramente, comida de enfermo. Lo probó por cortesía. Removió los fideos con la cuchara, comió media taza y dejó la cuchara apoyada en el borde del tazón.

—¿No te gustó? —preguntó Yolanda, sin ánimo de reproche, solo constatando.

—No, está bueno, está bueno —dijo Marisol, aunque su plato decía otra cosa—. Es que yo como con más sazón, tú sabes cómo soy.

Yolanda no insistió. Terminó su propio tazón despacio, disfrutándolo de verdad, mientras afuera un perro del vecino de abajo ladraba cada vez que pasaba el camión de la basura, algo que llevaba haciendo puntualmente los martes por la tarde desde hacía años.

Esa noche, ya en su casa, Marisol lavó dos tazas que ni siquiera había usado, solo por tener las manos ocupadas. Las secó, las guardó en la alacena, sacó otra vez la de la izquierda y la volvió a poner bien derecha, alineada con las demás. Recordó el arroz con pollo de dos semanas atrás, el tenedor de Yolanda moviendo la comida sin comer, la disculpa rápida en el pasillo con los ojos en el teléfono. Cerró la alacena y se quedó un momento con la mano en la manija, sin abrirla de nuevo.

No hubo pelea. No hubo reclamo directo. Pero al domingo siguiente, cuando Marisol volvió a tocar la puerta de Yolanda con una fuente tapada entre las manos, encontró la puerta apenas entreabierta y algo distinto en la cara de su vecina.

—Antes de que sigas cocinando para mí —dijo Yolanda—, dime: ¿sabes lo que yo puedo comer o cocinas lo que a ti te gusta comer?

Marisol se quedó con la fuente entre las manos. Bajó la vista al pernil que traía, preparado con el mismo empeño de siempre, y dijo, despacio:

—La verdad, no sé. Nunca te pregunté.

—Yo tampoco te pregunté a ti —contestó Yolanda.

Se rieron las dos, ahí mismo, en la puerta, con una risa corta que no arreglaba nada todavía pero que aflojaba algo. Yolanda la invitó a pasar. Se sentaron en la cocina, esta vez sin cocinar nada, solo con dos vasos de agua, y Marisol sacó el teléfono para anotar, en las notas, lo que Yolanda sí podía comer: sin picante, sin lácteos por las noches, arroz blanco simple, nada de sofrito fuerte después de las seis. Yolanda, a su vez, apuntó que a Marisol le gustaba la comida con sazón, que odiaba el cilantro y que tomaba el café bien cargado.

Al mes siguiente, cuando le tocó cocinar de nuevo, Marisol no hizo arroz con pollo. Hizo un pollo al horno con muy poca sal, papas suaves, sin el sofrito de siempre, y lo sirvió despacio, preguntando primero si a Yolanda le caía bien esa noche o si prefería esperar. Yolanda comió el plato entero, hasta la última papa, limpió el fondo con un pedazo de pan, y esa vez sí repitió.

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Odissea
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