El paro cardíaco en la habitación 214
Yo llevo doce años como técnico de mantenimiento en el Hospital Metodista de El Paso, y si hay algo que aprendí es que uno no debe meterse en lo que no le importa. Esa noche de agosto, con el calor todavía pegado al asfalto del estacionamiento aunque fueran las diez, me tocó arreglar un aire acondicionado que llevaba tres días fallando en el sótano, justo al lado de la morgue. Nadie quiere ese turno. El olor a formol se te mete en la ropa y no se va ni con dos lavadas.
Estaba con la linterna metida en el ducto cuando vi pasar a una mujer empujando una camilla. Llevaba el cabello recogido con un lápiz, la bata verde manchada de café, y esa cara de quien no ha comido nada desde el desayuno. Se llamaba Karina Fuentes, la forense de guardia, y la conocía de saludo, nada más. Le pregunté si el aire seguía dañado ahí adentro. Me dijo que sí, que llevaba media hora sudando con la camilla número tres.
La camilla número tres traía a una mujer joven, veintitantos años, que según el papeleo había muerto esa tarde en un choque en la I-10, cerca de Anthony. El carro había dado vueltas de campana tres veces. El reporte del forense de campo decía "lesiones incompatibles con la vida", esa frase que uno lee en las películas y que en la vida real suena igual de fría.
Yo seguí con mi ducto. Pero el pasillo de la morgue tiene esa acústica rara, como de iglesia vacía, y todo se escucha aunque uno no quiera. Escuché a Karina murmurar "qué caliente está esto" y luego un silencio que se sintió distinto, más largo de lo normal. Dejé la linterna sobre una caja de filtros y me asomé por la rendija de la puerta, nomás por curiosidad, lo admito.
Karina tenía la mano en el cuello de la muchacha. Se quedó así, quieta, como contando segundos. Y entonces la muchacha —Camila, decía la etiqueta plástica en su muñeca, Camila Reyes— abrió los ojos.
Yo casi suelto el destornillador.
No grité porque algo en mi cuerpo, no sé qué, me dijo que me quedara callado. Camila respiraba como si hubiera corrido diez cuadras, con la boca abierta, buscando aire, y se llevó el dedo a los labios apenas vio a Karina reaccionar. Yo escuché clarito lo que dijo, aunque la voz le salía rota, como si llevara días sin usarla:
—Doctora, por favor. No diga que estoy viva. Se lo suplico.
Karina retrocedió un paso, con la bata pegada a la espalda de puro sudor.
—¿Qué está pasando aquí?
—Silencio, por favor.
Camila giró la cabeza hacia la ventanita de vidrio esmerilado de la puerta doble. Yo desde mi rincón no veía lo mismo que ella, pero sí alcancé a distinguir dos bultos, dos sombras paradas justo del otro lado, esperando.
Karina preguntó si uno de esos hombres era su esposo. La muchacha soltó una risa seca, sin ganas, y dijo que no, que ese hombre no era nada de ella. Que era peor.
Yo tenía el celular en el bolsillo del pantalón de trabajo y pensé en marcar a seguridad del hospital, ahí mismo, con el pulgar temblando sobre la pantalla. Pero la puerta pesada de la morgue —esas puertas de acero que pesan como una tapa de tumba, se lo digo yo que las he engrasado mil veces— se abrió antes de que yo decidiera nada.
Camila cerró los ojos y se quedó dura como piedra sobre la camilla.
Entró un hombre alto, de traje oscuro, zapatos que sonaban a mármol aunque el piso fuera solo linóleo gastado. El otro se quedó recargado en la pared del pasillo, con los brazos cruzados, sin entrar. Yo me pegué más a la pared del ducto, con el corazón latiéndome en la garganta.
—Entonces, doctora —dijo el del traje, con esa calma que da más miedo que un grito—. ¿Está completamente muerta?
Karina tardó en contestar. La vi tragar saliva.
—Según el reporte del médico de emergencias, sí.
—A mí el reporte no me interesa.
Se acercó a la camilla despacio. Yo pensé, por un segundo, en salir del ducto y hacerme el que andaba revisando algo, distraerlo, pero las piernas no me respondieron. El hombre se inclinó sobre Camila, tan cerca que su sombra le tapó la cara entera, y le dijo algo al oído que yo no debía escuchar y que sin embargo escuché, porque el silencio de esa morgue amplifica hasta los pensamientos:
—Siempre fingiste muy mal, Camila.
A mí se me heló la sangre nada más de oírlo, imagínense a ella.
El hombre se enderezó, miró a Karina y le pidió el informe para esa misma noche. Ella dijo que en un par de horas estaría listo. Él asintió y caminó hacia la puerta. Yo ya respiraba más tranquilo, pensando que se iba.
Pero se detuvo justo en el marco.
Se dio media vuelta, miró la camilla otra vez, y dijo:
—Doctora, ¿por qué no revisa bien el certificado de defunción? Quiero el nombre completo de la familia ahí, sin errores. Apellido Reyes Domínguez. Que quede constancia legal de que Camila Reyes Domínguez murió esta noche, sin ninguna duda.
Y ahí entendí, aunque tardé un par de segundos, que ese hombre no quería un informe médico. Quería un papel. Un papel que la borrara del mundo.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, Karina se quedó parada, blanca como la pared, hasta que oyó el motor del carro alejarse en el estacionamiento. Yo salí del ducto sin decir nada, con el destornillador todavía en la mano, y ella me miró como si me viera por primera vez en doce años de trabajar en el mismo edificio.
—Usted no vio nada —me dijo, no como amenaza, sino como quien pide un favor de vida o muerte.
—No vi nada —le contesté. Y no mentí del todo, porque lo que había visto no me cabía en la cabeza.
Camila se sentó en la camilla, temblando, envuelta todavía en la sábana blanca del forense de campo. Contó, entre lágrimas, que ese hombre era el socio de su esposo en un negocio de camiones de carga en Sunland Park, y que llevaba meses robándole al negocio, falsificando facturas por más de ciento ochenta mil dólares. Ella había encontrado los papeles. Por eso el "accidente" en la I-10 no fue accidente: alguien le tocó los frenos antes de que saliera esa tarde.
Karina no llamó a seguridad del hospital. Llamó directo al FBI, porque fraude cruzando la línea entre Texas y Nuevo México ya no era asunto solo de la policía local. Yo me quedé ahí, sin saber bien qué hacer con las manos, hasta que llegaron dos agentes como cuarenta minutos después y se llevaron a Camila escondida en una ambulancia sin sirenas, tapada con una cobija gris, como si de verdad fuera un cuerpo.
Pasaron seis semanas. Yo seguí arreglando aires acondicionados, y de esa noche solo hablé con Karina, un par de veces, en la cafetería del segundo piso, en voz baja.
Me enteré de cómo terminó por el noticiero de Univisión, el del mediodía, mientras almorzaba un burrito de machaca en el cuarto de descanso. Camila, con el cabello ahora corto y teñido, entró a la corte del condado de El Paso con una carpeta azul bajo el brazo: las facturas falsificadas, los estados de cuenta del banco, y una copia certificada de su propio certificado de defunción, ese mismo que el hombre de traje había pedido esa noche.
Lo presentó como evidencia de que él, Andrés Villalobos, había intentado cobrar el seguro de vida de la empresa a su nombre —doscientos treinta mil dólares— usando ese certificado falso antes de que su cuerpo si quiera llegara frío a la morgue.
El juez fijó la fianza en cien mil dólares. A Villalobos se lo llevaron esposado, y por la pantalla del noticiero se le vio buscar con los ojos a alguien entre el público, tal vez a su socio de siempre, que ya no estaba ahí para sostenerle la mirada.
Camila caminó hacia la salida del juzgado con esa carpeta azul apretada contra el pecho, sin voltear, y subió a un carro que no era el suyo, uno rentado a su nombre nuevo, con las llaves de un departamento en Las Cruces que había firmado esa misma mañana, lejos de Sunland Park, lejos del negocio de camiones, lejos de todo lo que una vez estuvo a punto de enterrarla viva.
